20 octubre, 2017

Por Julio Fernández Baraibar //La obra de arte es el resultado de cien errores

He leído por ahí que un pequeño simio que baila por los maníes que le tira el tano que le da vuelta a la manivela del organito ha sostenido en su programa que no deben hacerse 140 películas, sino diez de calidad. Ello en el marco de una ofensiva contra la política que impulsó el Instituto Nacional de Cinematografía y Artes Audiovisuales durante las presidencias de Néstor y Cristina.

Esta espectacular zoncera -toda zoncera tiene que tener el envase de una afirmación seria y meditada, prudente y respetable, a riesgo de perder efectividad- es uno de los ejes centrales del antiperonismo desde los ya lejanos días de 1955 y ha sido aplicada por el antiperonismo al uso, no solo en lo referente a algo tan específico como podría ser la política de fomento cinematográfico, sino a toda la política estatal de fomento a la producción industrial propia. Pero remitamosnos al cine.

La Argentina, por un desarrollo cultural singular, ha sido históricamente un país latinoamericano donde el cine adquirió un temprano desarrollo. Más allá de los intentos iniciales basados en esfuerzos individuales, ya en la década del ’30 y bajo un gobierno conservador, la cinematografía argentina adquirió un volumen y desarrollo que la ubicó entre las principales de Hispanoamérica, junto con la mexicana. El peronismo supo entender la potencialidad de este arte industrial y las películas y los actores argentinos se convirtieron, en los años ´40 y ’50, en figuras queridas y admiradas por toda la América Latina que hablaba español. Luis Sandrini y Mario Moreno “Cantinflas”, Tita Merello y Libertad Lamarque, Arturo de Córdova y Enrique Muiño fueron actores familiares, admirados y recordados por generaciones de hombres y mujeres de este continente. Obviamente, la revancha gorila de 1955 quebró este desarrollo, con argumentos similares, por no decir calcados, a los que se pueden escuchar por estos días en el torrente cloacal en que se ha convertido la televisión comercial.

Pero la especial predilección por la creación cinematográfica pudo sobrevivir a las horcas caudinas del gorilismo rampante y una nueva generación de cineastas, nacidos en la clase media creada por el peronismo, con nuevas preocupaciones estéticas e influídos por el cine europeo, logró abrirse camino a fines de la década del ’50. Argentina, junto con el Uruguay, son los dos países que primero descubrieron el genio de Ingmar Bergman, el gran demiurgo del alma humana nacido en Uppsala, Suecia, mucho antes que su filmografía fuese reconocida en el resto del mundo. Ese cine de los años ’60, aunque con una temática y una estética muy referida a las preocupaciones de un sector de la sociedad porteña, logró, no obstante, mantener una estructura industrial, con técnicos, actores, laboratorios y directores, produciendo nombres que figuran en la historia mundial de la cinematografía, como Leonardo Favio y Fernando Solanas.

Incluso la dictadura cívico militar de 1976 mantuvo esa actividad artística e industrial, aún cuando la calidad de los filmes, su temática y factura, estuviera impregnada de la mediocridad, la censura, el envilecimiento de la opinión pública y la miserable pacatería que caracterizaron esos años. No obstante, Adolfo Aristarain, un hombre surgido de la “industria”, es decir un cineasta venido de los fierros, logró irrumpir como un viento fresco en la medianía de la época.

Y el retorno al régimen constitucional dio un nuevo aliento a la actividad. En esos años se inicia un proceso muy singular, que no tiene réplica en los países vecinos: la creación de escuelas cines que satisfacen una necesidad en las nuevas generaciones por expresarse en imágenes. Al fin del siglo pasado, eran cientos las escuelas de cine, algunas de muy alto nivel y varias de carácter universitario, que formaban a miles de jóvenes como futuros directores, productores, directores de fotografía, montajistas, directores de arte, etc. Y se corría, en esos años, el riesgo de que esas escuelas se convirtieran en lo mismo que Arturo Jauretche decía acerca de los conservatorios de piano: no formaban músicos, sino profesores de conservatorios de piano. Esos cientos de escuelas de cine, en lugar de formar cineastas, terminarían formando miles de profesores de escuelas de cine, ya que no existía una industria capaz de absorberlos.

Los gobiernos de Néstor y Cristina evitaron ese menguado destino y a lo largo de esos doce años irrumpió esa nueva generación, esos nuevos guionistas, directores, técnicos, montajistas que le dieron nuevamente un gran impulso al cine argentino, con resultados que aún hoy, dos años después todavía se pueden apreciar. Las exitosas serie televisivas hechas en la Argentina y que se pasan en canales de cable como TNT y similares, que se pueden ver en Netflix, son el resultado de esa reinversión del fondo de fomento cinematográfico que, como se sabe, es el resultado de un impuesto que es generado por la actividad y que, por ley, se vuelca a la actividad bajo distintas formas.

Una película exitosa, un director exitoso, un gran montajista, un genial director de fotografía es el resultado de cientos de películas fallidas, mediocres, equivocadas, malas, aburridas o, simplemente, sin éxito de público. El cine de Ingmar Bergman es el resultado de un proceso artístico creador que se remonta a los lejanos tiempos del danés Carl Dreyer y cuyo ámbito no es el pequeño país de ocho millones de habitantes que es Suecia, sino el espacio de la cultura europea, del mercado cultural europeo que paralelamente producía y estrenaba miles de películas fallidas, mediocres, equivocadas, malas, aburridas o, simplemente, sin éxito de público. Por un Ettore Scola, hubo cientos de filmes y directores cuyas producciones no alcanzaron el conocimiento más que de un pequeño público, que fueron un fracaso comercial y ni siquiera quedaron en la memoria.

Somos uno de los pocos países de la región, junto con Brasil y México, que tenemos una verdadera industria cinematográfica, que no está basada en el afán de lucro de dos grandes productoras vinculadas al monopolio mediático, sino en decenas de pequeñas productoras, con experiencia, conocimiento, eficiencia y un profundo amor por el cine, sin el cual toda película, hasta una premiada con un Oscar, se convierte en algo muerto, incapaz de transmitir nada.

Acusar a las producciones filmadas durante estos doce años de ser una mera propaganda del gobierno es una mentira descomunal que no se sostiene. En estos años filmaron todos los directores que quisieron hacerlo, las películas que propusieron hacer y concurrieron a festivales y encuentros todos los directores y actores de todos los colores políticos. El director argentino-norteamericano Juan José Campanella puede mostrar, si tiene la dignidad de hacerlo, la foto con la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y los actores de su película, exhibiendo la estatuilla del tío Oscar que ganó El Secreto de tus Ojos, realizada con todas las facilidades que otorga la ley de cine por la que se rige el INCAA.

Que el miserable simio deje de bailar al compás del organito. Que los sacerdotes del becerro de oro saquen sus huesudas manos de una actividad que ha puesto a la Argentina entre los grandes países cinematográficos. Que los argentinos podamos seguirle mostrando al mundo nuestras debilidades y nuestras grandezas. Que podamos equivocarnos las veces que sea necesario para que una, dos o tres películas hechas por nosotros, con nuestros sueños y pesadillas, integren ese patrimonio de la humanidad que es el cine.

No queremos que nos den una mano, solo pedimos que saquen las manos de encima.

Buenos Aires, 26 de septiembre de 2017

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