Arranca 2026 y para el argentino de a pie el panorama es desolador. Cae el consumo, los alquileres están por las nubes, el transporte no para de aumentar, la inflación sigue mordiendo los ingresos y ni siquiera el verano logra disimular la crisis. Mar del Plata, termómetro histórico del humor social, muestra números que preocupan: apenas un 65% de ocupación en enero, cuando debería rozar el lleno total.
Los datos confirman lo que se vive en la calle. Según la Cámara Argentina de la Mediana Empresa (CAME), el comercio minorista pyme cerró diciembre con una caída interanual del 5,2% a precios constantes, coronando un año completo de retroceso. No fue un tropiezo aislado: seis de los siete rubros relevados terminaron en rojo.
Los golpes más fuertes se registraron en Bazar y decoración (-15%), Perfumería (-9,8%) y Textil e indumentaria (-8,5%). El único sector que mostró una suba marginal fue Ferretería, materiales eléctricos y de la construcción (+0,8%), una excepción que no alcanza para revertir el derrumbe general del consumo.
Alquileres por las nubes, salarios por el piso
Desde la llegada de Javier Milei y la desregulación total del mercado inmobiliario, alquilar se convirtió en una carrera imposible. Los precios se dispararon muy por encima de la inflación y hoy la vivienda se come la mayor parte del salario. Según datos del propio sector, uno de cada seis inquilinos sufrió un desalojo por no poder pagar, y miles debieron endeudarse o buscar trabajos extra para no quedarse en la calle.
Los contratos son cada vez más cortos y los aumentos trimestrales pulverizan cualquier previsión. El resultado es brutal: casi el 50% de los trabajadores que alquilan tuvo que sumar más de un empleo, 9 de cada 10 recortaron consumos básicos como ropa o salidas, y el 60% dejó de comprar algunos alimentos. Aun así, el 80% de los inquilinos está endeudado.
La libertad de mercado prometida terminó siendo libertad para aumentar y condena para pagar.
Verano flaco y consumo cuidado
Con el dólar planchado y los bolsillos vacíos, la temporada de verano en Mar del Plata refleja la crisis. Enero, el mes clave, no logró despegar como se esperaba. El vicepresidente de la Asociación Empresaria Hotelera y Gastronómica (AEHG), Hernán Szkrohal, confirmó que la ocupación ronda el 65%, un número apenas mejor que el 50% del año pasado, que ya había sido considerado catastrófico.
Pero el dato más revelador no es solo cuántos llegan, sino cómo consumen. Los restaurantes de alta gama trabajan a pleno, con reservas por semanas, mientras que el consumo masivo está planchado. “Los consumos están cuidados”, admitió Szkrohal, dejando en claro que la clase media veranea mirando el precio de cada café.
El comercio local y la actividad teatral, dos motores clásicos de la temporada, siguen muy por debajo de las expectativas. El turista está, pero no gasta.
La postal es clara y dolorosa: una economía que ajusta por abajo, un verano que no alcanza para tapar la crisis y una vida cotidiana cada vez más cuesta arriba. Milei prometió libertad y prosperidad, pero entregó precios desatados, salarios licuados y consumo en caída libre. Cuando hasta alquilar, viajar o salir a comer se vuelve un lujo, ya no hay relato que alcance. No son “malas rachas”: es un modelo que excluye y empobrece.
