El anuncio llegó desde la Casa Blanca, pero el show tuvo dueño. La semana pasada, Donald Trump presentó ante el mundo su último experimento geopolítico: la llamada “Junta de Paz” para Gaza, un organismo paralelo que busca licuar el rol de la ONU y maquillar el avance militar de Israel sobre la población palestina. Entre los invitados de honor apareció Javier Milei, alineado sin matices con la nueva arquitectura trumpista.
La Junta fue conformada por una constelación de gobiernos de derecha dura y regímenes autoritarios, entre ellos Argentina, Israel, Hungría, Kazajstán, Uzbekistán, Bielorrusia, Paraguay, Arabia Saudita, Turquía, Egipto, Jordania, Indonesia, Pakistán y Qatar, además de Canadá. Como detalle no menor, los países participantes deberán aportar alrededor de mil millones de dólares para financiar el esquema impulsado por Washington, un dato que refuerza la lógica de negocios detrás del discurso pacifista.
Trump se apuró a aclarar que la Junta no busca reemplazar a la ONU, aunque dejó en claro su desprecio por el organismo multilateral. “Hay grandes personas en Naciones Unidas, pero no se ha sabido aprovechar su potencial”, dijo durante la firma de la Carta fundacional, cuyo contenido no fue hecho público.
“Creo que la combinación de esta Junta de Paz con las Naciones Unidas puede ser algo único para el mundo”, afirmó Trump, asegurando que 59 países se comprometieron con la iniciativa, aunque la lista completa nunca fue difundida. La Unión Europea, por ejemplo, no dio respuesta y estuvo ausente del acto.
Entre los firmantes hubo una fuerte presencia de representantes árabes y musulmanes, involucrados en negociaciones previas entre Israel y Hamas y en la aplicación del plan de 20 puntos de Trump para Gaza. Entre ellos, el canciller turco Hakan Fidan y el primer ministro de Qatar, Mohammed bin Abdelrahman Al Thani.
El gran ausente fue el primer ministro israelí Benjamín Netanyahu, quien aceptó integrar la Junta pero no viajó a Davos debido a la orden de arresto emitida por la Corte Penal Internacional de La Haya, que Suiza debería ejecutar en caso de su ingreso al país.
Según Reuters, Rusia evaluaba a último momento sumarse al esquema, mientras que Francia se negó de plano y el Reino Unido aclaró que, por ahora, no participará. China fue invitada, pero tampoco confirmó su incorporación.
La puesta en marcha de la Junta fue respaldada por una resolución del Consejo de Seguridad de la ONU, aunque el propio portavoz del organismo, Rolando Gómez, aclaró que la participación de Naciones Unidas se limitaría estrictamente a ese marco.
Milei en Davos: ruido ideológico y poca relevancia
En ese contexto, la participación de Javier Milei en Davos pasó sin pena ni gloria para los grandes medios internacionales. Opacado por Trump y sus amenazas de anexión territorial —como el caso de Groenlandia—, el presidente argentino volvió a repetir un discurso ya conocido.
En su exposición, Milei cargó nuevamente contra la agenda “woke”, el populismo y los “parásitos socialistas”, reivindicó los supuestos logros de su gestión y atribuyó la crisis de Occidente al socialismo, citando como ejemplo a Venezuela y calificando al gobierno de Nicolás Maduro como una “narcodictadura sangrienta”.
También insistió en la necesidad de “retomar los valores judeocristianos para salvar Occidente” y reclamó que los políticos “dejen de molestar” a quienes producen riqueza, reforzando su narrativa de outsider, a pesar de gobernar con poder concentrado y respaldo empresarial.
Para cerrar, volvió a atacar al “populismo empobrecedor”, elogió la defensa de la propiedad privada y la libertad, y dejó su habitual consigna final: “Maquiavelo ha muerto y es hora de enterrarlo. Viva la libertad, carajo”.
Mientras Trump arma organismos paralelos y redefine la geopolítica a su antojo, Milei aplaude desde la tribuna creyendo que juega en primera. Mucho discurso libertario, mucha obediencia ideológica y cada vez menos peso real en el mundo. El “Consejo de Paz” promete estabilidad, pero huele más a negocio, alineamiento ciego y diplomacia de cartón.
