Como si el brutal ajuste, la recesión y el deterioro social no alcanzaran, ahora Javier Milei va por más: el Presidente aspira al Premio Nobel de Economía. Sí, leyó bien. El mandatario presentó un trabajo académico con el que intenta darle sustento teórico a la experiencia libertaria que impulsa desde la Casa Rosada, una gestión que en menos de dos años ya necesitó dos salvatajes financieros y consumió buena parte del ahorro de la sociedad argentina.
Lejos de la modestia, Milei no oculta su ambición. Siguiendo los pasos de Donald Trump, que supo fantasear con el Nobel de la Paz, el Presidente argentino reconoció en reiteradas ocasiones su deseo de ser distinguido por sus ideas económicas. El trabajo fue elaborado en sociedad con el doctor en física Demian Reidel y, según palabras del propio Milei, tendría una magnitud tal que “implicaría reescribir el 80% de la teoría económica”.
El planteo contrasta de manera brutal con la realidad cotidiana: salarios pulverizados, consumo en caída libre, cierre de empresas y tarifas por las nubes. Mientras la economía real se achica, el Presidente apuesta a construir un relato académico que lo proyecte al Olimpo intelectual, aun cuando los resultados concretos de su programa siguen siendo, como mínimo, discutibles.
La paradoja es evidente: Milei se presenta como un revolucionario del pensamiento económico global, pero gobierna un país que ajusta, se endeuda y sobrevive a fuerza de licuaciones. El experimento libertario todavía no logró estabilizar la economía ni mejorar la vida de la mayoría, pero ya busca premios internacionales.
Mientras millones cuentan las monedas para llegar a fin de mes, Milei cuenta votos imaginarios en Estocolmo. Nobel mediante o no, la economía real no se premia con papers, sino con resultados. Y por ahora, el único galardón visible es el del desconcierto social.
