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7 febrero, 2026
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El famoso “acuerdo” entre Estados Unidos y Argentina, no hace más que ratificar el sometimiento de Milei a Donald Trump

Por estas horas, desde los medios hegemónicos no hacen más que aplaudir lo que presentan como un acuerdo comercial entre Estados Unidos y Argentina. Sin embargo, basta analizar la letra chica del supuesto convenio, para llegar a la conclusión de que poco y nada tiene de acuerdo, ya que nuestro país asume 113 obligaciones, mientras que solamente 8 son deberes mutuos, y 2 únicamente de la nación del Norte.

La prueba concluyente está dada por el hecho de que el documento oficial -que fue publicado en inglés por la propia embajada norteamericana-, no incluye los beneficios que prometió la Cancillería argentina.

Por ejemplo, se establece que Argentina deberá permitir que las mercancías originarias de Estados Unidos y que cumplan con sus reglamentos técnicos y procedimientos de evaluación, ingresen al país sin revisiones adicionales.

De esta manera, según revela Página/12, la aprobación de la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA), el ANMAT estadounidense, será suficiente para la importación de medicamentos, alimentos y químicos, entre otros. Lo mismo con el Servicio de Inocuidad e Inspección de los Alimentos (FSIS), el equivalente al SENASA local: carnes, aves y derivados ingresarán al país solo con la autorización del FSIS.

En tanto, el acuerdo no establece beneficios importantes para el agro argentino a cambio de importar bienes industriales, sino que Argentina se abre en ambos campos, determinándose cupos anuales de alimentos producidos en Estados Unidos que ingresarán al país sin pagar aranceles, como, por ejemplo: 1000 toneladas de queso, 870 toneladas de almendras, 80 toneladas de pistachos, 1100 toneladas de papas, 80.000 litros de vino y 10.000 autos.

Mientras, con bombos y platillos el Gobierno Nacional anunció un supuesto cupo de 100.000 toneladas de carne argentina que ingresaría sin aranceles a Estados Unidos, pero eso no solo no aparece en el acuerdo, sino que es al revés. “Es una decisión del Gobierno de Estados Unidos que no está comprendida dentro del acuerdo”, sostuvo el canciller Pablo Quirno, en una entrevista televisiva reciente.

“No parece que hubiera existido una negociación, sino una concesión por parte de la Argentina. Lo único que se defendió fue la preferencia coyuntural de un gobierno, no los intereses nacionales”, sostiene Juan Gabriel Tokatlian, doctor en Relaciones Internacionales, a Página/12.

“Uno hubiera pensado que iba a ser un acuerdo para ingresar más productos agrícolas a Estados Unidos, que tampoco hubiera generado puestos de trabajo porque es un sector poco intensivo en generación de empleo. Pero ni siquiera, esto es más desigual aún”, advierte Guido Bambini, investigador económico del Centro de Economía Política Argentina (CEPA).

Al mismo tiempo, se eliminan los derechos de importación para computadoras portátiles, cables de fibra óptica y otros elementos tecnológicos, sin cupo. Tampoco se podrán establecer impuestos para software o plataformas de streaming. Este punto es recíproco, pero en los hechos beneficia a Estados Unidos, ya que se trata de la primera potencia mundial en estos rubros.

En tanto, Argentina permitirá y facilitará la inversión de Estados Unidos en su territorio para la exploración y explotación de minerales críticos y recursos energéticos, como así también para proporcionar servicios de generación de energía, telecomunicaciones, transporte e infraestructura.

El acuerdo agrega que Argentina no debe imponer nuevas barreras a proveedores estadounidenses ni darles un trato menos favorable que a empresas nacionales o de cualquier otro país. Al mismo tiempo, el país se compromete a “abordar las prácticas desleales de empresas de terceros países”, en clara referencia a China.

Por un lado, Argentina no podrá imponer impuestos que “discriminen a las empresas de Estados Unidos”. Por el otro, insta a que, si Estados Unidos impone medidas fronterizas o comerciales para defender su seguridad nacional, nuestro país tome inmediatamente las mismas medidas “cuando sea apropiado”.

También se compromete a cooperar con Estados Unidos “de manera consistente” para que se cumplan las sanciones y controles de comercio internacional que Estados Unidos aplica a los diferentes países.

Por otra parte, en el campo de la energía nuclear y energética, quedará prohibido comprar reactores nucleares, barras de combustible o uranio enriquecido de ciertos países, con el foco puesto en China y Rusia.

Además, nuestro país no podrá subsidiar a sus empresas públicas “de manera tal que eso distorsione el comercio internacional” y en caso de que Estados Unidos lo solicite, deberá proporcionar información sobre todas las asistencias que brinda a empresas manufactureras nacionales.

En cuanto a lo que gana Argentina con el acuerdo, poco y nada a la luz de lo que vendrá: ingresarán sin aranceles a Estados Unidos productos como té, mate, mangos y frutas tropicales, algunos jugos y café, entre otros pocos más.

En productos animales farmacéuticos y en acero y aluminio, siempre que sean para aviación civil y no para otros fines industriales, Estados Unidos promete no poner aranceles extra, o sea que quedan en el 10% estándar.

Si bien el acuerdo tiene que ser aceptado por ambas Cámaras, tanto Diputados como Senadores, el texto asegura que “entrará en vigor 60 días después de que las partes hayan intercambiado notificaciones certificando el cumplimiento de los procedimientos legales aplicables”. Cualquiera de las partes puede rescindir el acuerdo, pero el aviso debe ser de al menos seis meses de anticipación.

 

 

 

 

 

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