Netflix presenta un documental tan perturbador como necesario que se sumerge en uno de los casos más oscuros de la cultura influencer: el de la terapeuta y coach de vida Jodi Hildebrandt y la madre influencer Ruby Franke, cuyo arresto por maltrato infantil dejó al descubierto un entramado de manipulación sectaria, fanatismo religioso y violencia en el corazón de Utah, territorio históricamente dominado por la Iglesia mormona.
Las protagonistas del escándalo supieron construir una imagen pública impecable. Hildebrandt se presentaba como terapeuta especializada en “valores” y disciplina moral; Franke, como una youtuber exitosa y madre ejemplar de seis hijos. Pero detrás del éxito en redes sociales, los discursos de autoayuda y la estética de familia perfecta, se escondía un sistema de control psicológico y abuso extremo.
El documental muestra cómo la popularidad digital funcionó como una cortina de humo perfecta para ocultar el horror. A través de testimonios directos, material de archivo y análisis de especialistas, la producción intenta responder una pregunta tan inquietante como urgente:
¿Cómo fue posible que dos figuras públicas llegaran tan lejos sin que nadie las detuviera?
La respuesta incomoda. El caso expone los peligros de la cultura influencer, la idolatría digital, el uso de la fe como herramienta de sometimiento y la falta de controles reales sobre quienes monetizan su vida privada —y la de sus hijos— frente a millones de seguidores.
Más allá del caso judicial, el documental funciona como una advertencia brutal sobre lo que ocurre cuando la autoayuda se vuelve dogma, la fe se transforma en negocio y el algoritmo reemplaza al sentido común.
Netflix expone cómo la fe, el fanatismo y las redes pueden convertirse en una secta con ring light. Cuando el éxito digital vale más que la vida real, el infierno también se transmite en streaming.
