El odio de la oligarquía fue tal que Juan Domingo Perón sufrió varios intentos de asesinato —fallidos, por suerte—, por lo cual podemos afirmar que, como los gatos, tuvo siete vidas: el número de la suerte y de la resistencia en la historia universal.
Desde la Secretaría de Trabajo y Previsión, Perón se encargó de armar una nueva estructura de leyes laborales: mejoró los convenios, modificó las condiciones de trabajo en las fábricas —especialmente en el interior del país— y promovió a miles de nuevos dirigentes sindicales.
La Secretaría de Trabajo siempre se inclinaba hacia los trabajadores en todas las audiencias laborales; en cada huelga se beneficiaba a los obreros; la policía tenía prohibido reprimir a los trabajadores cuando lo solicitaban los patrones. Lentamente, miles y miles de obreros, la mayoría del interior del país, reconocían sus derechos y comenzaban a hacerse “peronistas”, sin que todavía esa palabra existiera.
