A las 20:59, minutos antes de que Javier Milei ingresara al Congreso para inaugurar las sesiones ordinarias, Claudio “Chiqui” Tapia publicó un mensaje que alteró el clima político de la noche: “Gracias a un trabajo silencioso y mancomunado con la Federación Venezolana de Fútbol y CONMEBOL, hoy, después de 448 días, Nahuel Gallo regresa a Argentina y puede reencontrarse con su familia”.
El anuncio cayó como una bomba en la Casa Rosada. Según trascendió, el Presidente, el canciller Quirno y Patricia Bullrich reaccionaron con furia. El mandatario llegó al Palacio Legislativo con visible malestar. Lo que debía ser un discurso institucional terminó siendo una puesta en escena cargada de insultos, provocaciones y ajustes de cuentas.
No hubo grandes anuncios económicos ni propuestas estructurales novedosas. El eje fue otro: la confrontación.
Desde el estrado, Milei disparó contra el peronismo y la ex presidenta detenida. Repitió calificativos como “chorros”, “delincuentes”, “brutos” y “parásitos”, y volvió a insistir con la idea de que “la culpa es de ustedes”, en referencia a la oposición. Ya lo explicó el psicoanálisis cuando expone que el psicópata pone siempre la culpa en el otro para no sentir culpa de sus propios errores.
Cuando desde las bancas opositoras le recordaron los audios atribuidos a Diego Spagnuolo —amigo del mandatario—, el presunto “3%” vinculado a Karina Milei y el escándalo por las criptomonedas, el Presidente respondió a los gritos que los “audios son falsos”.
La escalada verbal continuó. A Juan Grabois lo llamó “oligarca disfrazado de pordiosero”. A Myriam Bregman la bautizó “Chilindrina trotska”. A Nicolás del Caño le dijo que si representara realmente a los trabajadores “tendríamos un problema grave”, porque “no son más del 5%”.
También acusó a la oposición de “golpista” y aludió a las declaraciones del gobernador Ricardo Quintela, quien había dicho que el Gobierno “no puede llegar a 2027”. Milei respondió: “Tenemos la fuerza para hacerle frente a cualquier golpe que quieran llevar adelante los agentes del antiguo régimen”.
Ni siquiera los empresarios quedaron a salvo. Apuntó contra los “empresarios prebendarios”, a quienes calificó de “cómplices de la corrupción”. Volvió a mencionar a Paolo Rocca y cuestionó el precio del acero en el mercado local: “¿Les parece normal pagar la tonelada de tubo a 4.000 dólares cuando en el mundo se paga 1.400?”.
En el tramo final buscó exhibir su alineamiento con Donald Trump y lanzó un “Make América Great Again” desde el recinto argentino. Cuando se mencionó el conflicto en Medio Oriente y la relación con Irán, redobló la apuesta y reavivó viejas heridas, aludiendo al memorándum con Irán y al caso Nisman, en uno de los momentos más tensos de la noche.
El contraste fue inevitable: mientras el fútbol mostraba capacidad de gestión internacional y diálogo —“construir puentes”, según Tapia—, el Presidente convertía el acto institucional más importante del año en un ring verbal.
Nahuel Gallo regresaba al país tras 448 días detenido gracias a una negociación silenciosa entre federaciones deportivas. En el Congreso, en cambio, el clima era de ruptura total.
La política puede ser confrontación, pero gobernar exige algo más que gritos. Cuando un presidente entra al recinto más importante de la democracia alterado por un tuit y sale dejando una estela de insultos, el problema ya no es la oposición: es el equilibrio. Y mientras algunos construyen puentes en silencio, otros parecen empeñados en dinamitar cada uno de ellos en cadena nacional.
