Mientras el presidente Javier Milei se autoproclama “el presidente más sionista del mundo” y afirma que “somos enemigos de Irán, vamos a ganar la guerra”, involucrando discursivamente al país en conflictos lejanos, miles de mujeres argentinas volvieron a ocupar las calles en el Día Internacional de la Mujer Trabajadora para visibilizar reclamos urgentes: la violencia de género, la desigualdad laboral y el deterioro de las condiciones de vida producto del brutal ajuste económico del gobierno libertario.
La convocatoria fue impulsada por el colectivo Ni Una Menos y contó con la participación de organizaciones sindicales como la Confederación General del Trabajo y las dos Centrales de Trabajadores de la Argentina (de los Trabajadores y Autónoma), además de agrupaciones feministas, partidos políticos y movimientos sociales. Entre ellas se destacó la agrupación Pan y Rosas, vinculada al Frente de Izquierda e integrada por la diputada Myriam Bregman, así como la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito, entre muchas otras organizaciones.
En la Ciudad de Buenos Aires, la movilización principal comenzó alrededor de las 16.30, cuando columnas de manifestantes partieron desde el Congreso de la Nación hacia la Plaza de Mayo. La jornada se replicó en distintas provincias con marchas y actividades en ciudades como Tucumán, Paraná y Mar del Plata.
Las organizadoras habían decidido trasladar la movilización central al lunes 9 de marzo, un día después de la fecha oficial del 8M, con el objetivo de reforzar el impacto del paro de mujeres en los ámbitos laborales, educativos y productivos.
Durante la lectura del documento central, la periodista y referente feminista Liliana Daunes sostuvo que “el gobierno nos ha colocado como enemigas políticas porque el movimiento feminista y transfeminista es hoy una de las principales fuerzas de resistencia”. Su intervención buscó invocar la memoria colectiva de las grandes marchas feministas que marcaron a la sociedad argentina en los últimos años.

En la movilización convivían múltiples luchas: las jóvenes que comenzaron a militar al calor de la marea verde, las jubiladas golpeadas por el ajuste, las que luchan contra los abusos sexuales y los femicidios, las trabajadoras que saben que la reforma laboral impacta especialmente sobre sus derechos y también quienes sostienen la vida cotidiana en los barrios populares. Estaban las mujeres con discapacidad que reclaman leyes que el Estado no aplica, las artistas que transforman la protesta en expresión cultural y las militantes que entienden al feminismo no solo como una demanda de igualdad, sino como una forma de habitar el mundo.
“Organizar la rabia es también construir una alternativa de vida”, fue una de las frases más potentes del documento leído durante la jornada.
El contraste con el discurso oficial quedó expuesto el mismo 8 de marzo, cuando el gobierno difundió un spot en el que hablaba de “causas nobles convertidas en estafa” y defendía una supuesta igualdad basada únicamente en la libertad de mercado.
“Este es un gobierno absolutamente misógino y machista que enaltece las violencias y lo demuestra a diario”, respondió Ludmila López, referente de Género de la Juventud Sindical de la CGT. En la misma línea, la enfermera del Hospital Garrahan, Bárbara Acevedo, cuestionó la narrativa oficial sobre el gasto público: lo que el gobierno llama “saqueo”, dijo, es en realidad el presupuesto que falta para que un niño no muera por falta de insumos oncológicos.
Durante la jornada también se produjo un momento particular cuando un grupo de manifestantes se acercó al domicilio de la expresidenta Cristina Fernández de Kirchner en el barrio de Constitución, donde cumple prisión domiciliaria por la causa Vialidad. La exmandataria salió al balcón y saludó a quienes se habían congregado frente al edificio antes de que la movilización continuara hacia el centro porteño.
Participaron de ese momento dirigentes como Mayra Mendoza, Juliana Di Tullio, Teresa García, Vanesa Siley, Mónica Macha, Julia Strada y Florencia Saintout, entre otras.
Como en años anteriores, el 8M se replicó en todo el país con marchas, actos y actividades culturales que buscan visibilizar las desigualdades de género y las condiciones sociales y económicas que golpean con mayor fuerza a mujeres y diversidades.
Mientras el gobierno predica guerras lejanas y celebra la libertad del mercado, en las calles argentinas vuelve a escucharse otro mensaje: cuando el ajuste aprieta y los derechos retroceden, las mujeres no se callan. Y cada 8 de marzo recuerdan algo que la historia ya enseñó más de una vez: cuando ellas se organizan, el poder empieza a temblar.
