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La Plata
26 septiembre, 2022
PAÍS

El nuevo embajador norteamericano tras los pasos de Spruille Braden

Por Alfredo Silletta

Como  hace más de un siglo, los embajadores de Estados Unidos en América Latina siguen creyendo que somos el patio trasero. En los últimos días, el embajador designado para Buenos Aires, Marc Stanley, manifestó al comité de Senado norteamericano su crítica a la política de derechos humanos de Argentina al “no cuestionar” las dictaduras de Nicaragua, Cuba y Venezuela y mantener relación comercial con China. De paso criticó al gobierno por la falta de un plan económico y no poder resolver el problema de la deuda con el FMI. “La deuda del FMI, 45 mil millones de dólares, es enorme. El problema, sin embargo, es que es responsabilidad de los líderes argentinos elaborar un plan macro para devolverla, y aún no lo han hecho”, dijo sin mencionar que fue Estados Unidos el que ordenó ese préstamo impagable para ayudar en la campaña electoral de Macri. Y, en forma burlona, expresó que “la Argentina es un hermoso micro turístico al que las ruedas no le funcionan correctamente”.

Hace 76 años atrás, en mayo de 1945 llegaba a Buenos Aires el nuevo embajador de Estados Unidos, Spruille Braden. Ingeniero en minas y ex diplomático en Cuba, estaba convencido que llegaba al país para derrocar el régimen nazi-fascista que conducía Perón. Lo primero que hizo fue organizar reuniones y actos contra el gobierno militar.

Para comprender mejor el contexto merece aclararse que los norteamericanos no estaban tan solo ‘preocupados’ por la ideología nazi del régimen militar sino que querían aprovechar la debilidad  de Gran Bretaña para que Argentina pasase a la orbita de Washington. Un funcionario del Foreign Office en Londres relató que: “Uno no puede eludir la sensación de que el ‘fascismo’ del coronel Perón es tan solo un pretexto para las actuales políticas del Sr. Braden y sus partidarios en el Departamento de Estado: su verdadero objetivo es humillar al único país latinoamericano que ha osado enfrentar sus truenos. Si la Argentina puede efectivamente ser sometida, el control del Departamento de Estado sobre el hemisferio occidental será total. Esto contribuirá simultáneamente a mitigar los posibles peligros de la influencia rusa y europea sobre América latina y apartara a Argentina de lo que se supone es nuestra orbita”.

Braden se convirtió, durante cuatro meses, en el jefe de la oposición  y no eludió tribuna para criticar abiertamente al régimen militar. Paralelamente como buen embajador intentó negociar con el gobierno la autorización para que las líneas aéreas de su país pudieran volar en territorio argentino como así también controlar las empresas alemanas y japonesas confiscadas por el gobierno luego de la ruptura con el Eje.

El embajador se reunió cuatro veces con el coronel Perón. La primera fue protocolar y la segunda y tercera tuvo que ver con la libertad de prensa de los corresponsales norteamericanos. Fue la cuarta, realizada el 5 de julio de 1945 la última y más conflictiva. La misma se concretó en el edificio del Ministerio de Guerra y Braden le planteó la necesidad del gobierno norteamericano para hacerse cargo de las empresas alemanas expropiadas por el gobierno argentino y la utilización de espacio aéreo para las compañías aéreas norteamericanas. Si Perón aceptaba, los Estados Unidos no interferirían en una posible candidatura del coronel. Perón le señaló que había un solo problema para aceptar la propuesta.

¿Cual es el problema?, le dijo un intrigado Braden

-Pues, que en mi país, al que hace eso, se lo llama hijo de puta.

Braden quedo sorprendido. Se levantó y se marchó sin despedirse.

Perón le relató con detalles a Félix  Luna en enero de 1969  cómo fue aquella reunión: “Braden se había incorporado a la Unión Democrática y yo lo utilice porque, ¡claro!, era un elemento urticante… ¡Cómo no lo iba a aprovechar! (…) El llegó, dejó su sombrero y nos pusimos a hablar a calzón quitado, como hablamos siempre. Y me empezó a plantear una serie de problemas. Yo le dije: Vea, embajador, nosotros, como movimiento revolucionario, queremos liberar al país de toda clase de férulas imperialistas. Usted se ha embarcado en una tendencia totalmente contraria a la nuestra y nosotros estamos en contra de la que ustedes, los americanos, quieren, de acuerdo con su embajador’. Me acuerdo que me hablo de Cuba, me dijo que él había estado allí y que Cuba no era una colonia  –porque yo le había dicho que no estábamos dispuestos a ser una colonia-. Entonces le dije: Mire, no sigamos, embajador, porque yo tengo una idea  que por prudencia no se la puedo decir. ´No dígamela’, replico él. Bueno –le conteste-, yo creo que los ciudadanos que venden su país a una potencia extranjera son unos hijos de puta… Y nosotros nos queremos pasar por hijos de puta…”

Se enojó y se fue. Y con el enojo se olvido el sombrero. Estuvimos solos en la entrevista; por allí andaban cerca los edecanes… ¡Después los muchachos estuvieron jugando al fútbol con el sombrero de Braden!”.

Hace 76 años, el pueblo definió aquellas elecciones de febrero de 1946 llenando los paredones de Buenos Aires con la leyenda Braden o Perón. El miércoles el presidente Alberto Fernández en el acto de Morón y ante la multitud afirmó que “no vamos a hacer un acuerdo que deje más postergados a los argentinos; si todavía no cerramos un acuerdo es porque no nos vamos a arrodillar por pagar una deuda”.  El Pepe Mujica siempre cuenta que “en Estados Unidos nunca va a haber un golpe de Estado, porque ahí no tienen la Embajada”. Los argentinos deberían estar atentos de personajes como Patricia Bullrich, una asidua visitante a la embajada de los Estados Unidos en Buenos Aires y a los llamados “golpes blandos”.

 

 

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