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27 septiembre, 2022
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Todos con Cristina: A pesar de las bombas, de los fusilamientos, los compañeros muertos, los desaparecidos, no nos han vencido

Por Alfredo Silletta

Luego del ver el show del partido judicial, decidido a meter presa a Cristina e inhabilitarla de por vida, y la represión de la policía de Horacio Rodríguez Larreta, se me vino a la mente el querido Dalmiro Sáenz y aquel viejo libro El día que mataron a Alfonsín.  Lo empecé a ojear y me sorprendió este párrafo:

“— Es mucha plata. ¿Es tan importante? ¿A quién hay que matar?… ¿A

Alfonsín?

— Sí.

— ¿En serio?
— Sí. En serio.
— Sabés una cosa Garlopa. Tal vez vos y yo seamos más amigos de lo que
creemos. Recién te miraba con ese palo en la mano y pensaba: este hijo de puta sostiene ese palo como una varita mágica. Ese palo le va a transformar su vida y al mismo tiempo con ese palo va a cambiar la historia del país… Llevate el palo y practicá, probalo con alguien si querés. Mañana podemos almorzar juntos.

La muerte de Alfonsín deberá́ ser un símbolo, el poder deberá́ desangrarse entre las manos del pueblo enfurecido. Yo hablo de Alfonsín masacrado por el pueblo y hablo del día siguiente con Doña María aterrada pidiendo una mano dura contra la delincuencia y las patotas, hablo de consumidores pidiendo el control policial de la inflación, hablo de la burguesía diciendo que con los militares no pasaba esto… hablo de Brecht diciendo “Nada es más parecido a un fascista que un burgués asustado”…

Aquella novela de política y ficción de 1985 intentaba mostrar la debilidad de un presidente elegido democráticamente en 1983 y que tenía decidido juzgar a la Junta Militar, pero en paralelo el error de no haber realizado la reforma judicial que necesitaba la democracia y confirmar al 80 por ciento de los jueces de la dictadura.

Hace 77 años que la derecha en este país sueña con hacer “desaparecer” al peronismo. Les molesta y no soportan que les haya dado derecho a los trabajadores, vacaciones pagas, aguinaldo o asignación universal por hijo. No soportan que los pobres tengan algún derecho en este país y cada vez que creen que sus líderes están débiles van por ellos.

En 1945, la derecha más rancia junto a los militares y al Poder Judicial derrocó a Perón, obligándolo a renunciar a la vicepresidencia y a la Secretaría del Trabajo. Hasta ahí pareció un golpe palaciego, pero decidieron, en ese odio brutal de los poderosos, que además había que meterlo preso y quizás luego asesinarlo en la isla Martín García, donde había quedado en custodia de la Marina.

Paralelamente a la detención de Perón, en el gran Buenos Aires y en el interior del país, la situación se empezó a poner tensa y los sindicatos entraron en estado deliberativo. La razón no estaba tanto en la detención de Perón sino en que muchos patrones les empezaron  a anunciar a los trabajadores que el aumento de salario que había informado la Secretaría de Trabajo se lo fueran a “cobrar a Perón” y que se olvidara de las nuevas leyes laborales.

Ya sabemos qué sucedió. Los trabajadores, los humildes, hasta entonces casi espectadores de la vida institucional, irrumpieron con fuerza para hacer sentir sus reclamos y exigieron la liberación de Perón en aquella jornada del 17 de octubre.

Durante 10 años el peronismo transformó la Argentina con un desarrollo económico y social que se trasladó a todas las clases sociales, especialmente a las más humildes. Hubo educación y salud pública, viviendas y derechos consagrados en la nueva Constitución como el voto de la mujer y los derechos de la ancianidad. En aquellos días, el 58 por ciento de los ingresos del país correspondían a los trabajadores y eran años de pleno empleo.  

Los sectores reaccionarios se organizaron una y otra vez para derrocar al peronismo. La derecha no lo soportó y no le tembló el pulso: realizaron sabotajes, colocaron bombas en manifestaciones populares y hasta bombardearon Plaza de Mayo con un saldo de 500 muertos.  En septiembre de 1955 un golpe cívico-militar logró derrocarlo.  

El exilio de su líder duro 17 años. En Caracas atentaron con bombas contra el vehículo que lo trasladaba para asesinarlo. El odio fue de tal magnitud que por un decreto – el  4.161- se prohibió su nombre, la marchita, la mención de cualquier otro símbolo y se proscribió al peronismo de todo acto eleccionario. No conformes con ese resentimiento, robaron del local de la CGT el cadáver de Evita, sin que Perón ni la madre o las hermanas de Eva se enteraran de su destino por más de 15 años.  

El pueblo comprendió rápidamente que solo un gran hombre podría  ser perseguido de esa manera y por eso le respondió con un amor inmenso, único. Los trabajadores -sus grasitas, como decía Evita- sufrieron humillaciones, cárcel, tortura, fusilamientos, pero no se doblegaron y, luego de una larga lucha y resistencia, lograron que el líder regresara a la Patria. 

En 1972 regresó al país y un año después ganó las elecciones con el 62 por ciento de los votos. A los pocos meses murió, pero el amor del pueblo se prolongó inalterable luego de su muerte, como contrapartida, los enemigos prolongaron su odio profanando su mausoleo en la Chacarita para cortarle las manos.  Antes, para exterminar al peronismo llenaron las cárceles de presos e hicieron desaparecer a 30.000 compañeros.

En la década del noventa la derecha coptó al peronismo y parecía que el movimiento nacional y popular que había nacido en 1945 desaparecería para siempre y se convertiría en el partido Conservador de la Argentina, pero llegó Néstor Kirchner y recuperó las banderas e incorporó nuevos conceptos como los derechos humanos y el pueblo volvió a creer en ese movimiento que le daba derechos y dignidad a los trabajadores y a los más humildes.

La derecha, esta vez agrupada bajo la consiga “todos somos el campo”, intentó un golpe destituyente en 2008, pero no lo logró. Cristina no dudó en avanzar y nacionalizó las AFJP, Aerolíneas, YPF y estableció la Asignación Universal por Hijo.

En el 2015 se perdieron las elecciones por dos puntos, luego de una feroz campaña de los medios hegemónicos contra Cristina Kirchner y de las falsas promesas de Mauricio Macri de “pobreza cero”. Durante cuatro años, el macrismo persiguió a la expresidenta con el apoyo de los medios hegemónicos y del Poder Judicial, lo que se conoce como lawfare. Luego de que el macrismo endeudara al país en 100.000 millones de dólares, en una jugada inteligente de Cristina con la creación del Frente de Todos se volvieron a ganar las elecciones en 2019.

La pandemia, la guerra en Ucrania y la presión del establishment económico y del FMI produjeron una situación caótica con riesgo de una hiperinflación que llevó al macrismo a creer que el peronismo caería y se llamaría a una Asamblea Legislativa. No sucedió y en el Frente de Todos hubo acuerdo para que Sergio Massa se encargara de la economía sin la brusca devaluación que exigía el campo y el establishment, lo que hubiera producido una espiral inflacionaria que destruiría el salario de los trabajadores.

No conforme con que el peronismo se recupere y pueda ser competitivo en las próximas elecciones, la Justicia, con el apoyo de la oposición y los medios hegemónicos decidieron ir por más: meter presa a Cristina e inhabilitarla de por vida.

Frente al show mediático de los fiscales el peronismo se abroqueló. Con horror se vio que la policía de Rodríguez Larreta apaleaba a quienes se acercaban a mostrar su cariño a la vicepresidenta y protegían a los odiadores.

Todos los sectores, desde La Cámpora a la CGT, salieron a bancar a la expresidenta. Cristina fue clara y contundente -seguramente hoy lo será más en su alocución de las 11 de la mañana- cuando afirmó que “no estoy ante un tribunal de la Constitución sino ante un pelotón de fusilamiento mediático-judicial”

Néstor Kirchner siempre decía que florecerían mil flores. La derecha quiere muertos o presos a quienes defienden a los humildes. Sucedió con Perón y ahora con Cristina. Quizás ha llegado el momento para aquella frase tan cara al peronismo: “Cuando los pueblos agotan su paciencia, hacen tronar el escarmiento”.

 

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