El gobierno de Javier Milei, a través del Banco Central, volvió a recurrir al manual más viejo de la economía argentina: endeudarse para pagar deuda. En una operación acordada con seis bancos internacionales, cuya identidad el propio BCRA se negó a revelar, la Argentina tomó un préstamo por USD 3.000 millones, a 372 días y con una tasa del 7,4% anual, una cifra elevada incluso para los estándares de los mercados financieros internacionales.
Según informó el Banco Central, la operación se cerró “por el monto total licitado”, con una tasa equivalente a la SOFR en dólares más un spread promedio de 400 puntos básicos, lo que consolida un costo financiero alto para un país con reservas frágiles y sin acceso pleno al crédito voluntario.
El objetivo fue claro y urgente: juntar los dólares necesarios para afrontar un vencimiento de USD 4.200 millones que debe pagarse este viernes, sin que las reservas muestren una caída abrupta. Es decir, patear el problema unos meses más adelante, a costa de asumir nuevos compromisos financieros.
Voceros del BCRA confirmaron que no se informará quiénes son los seis bancos internacionales “de primera línea” que participaron de la operación. El hermetismo alimenta sospechas y revive viejas prácticas: deuda cara, nombres ocultos y decisiones tomadas sin debate público ni control parlamentario.
La jugada se completó el primer día hábil del año, cuando el Ejecutivo envió el aviso oficial de pago a los tenedores de bonos con vencimientos en 2030, 2035, 2036, 2038, 2041 y 2046, tanto en dólares como en euros. Se trata de los títulos emitidos en agosto de 2020, producto de la reestructuración de la deuda que llevó adelante Martín Guzmán, justamente para corregir el desastre heredado del endeudamiento tomado por Luis Caputo durante el macrismo.
Hoy, el dato político es imposible de esquivar: el mismo Caputo, ahora ministro de Economía de Milei, vuelve a ser protagonista de un esquema que reproduce el ciclo de endeudamiento que ya fracasó.
Mientras el Gobierno predica austeridad, ajuste y “fin de la emisión”, la dependencia del endeudamiento externo vuelve a ocupar el centro de la escena. No hay plan productivo, no hay dólares genuinos, no hay crecimiento que sostenga los compromisos: hay préstamos caros para ganar tiempo y sostener un relato de estabilidad que se apoya en alfileres.
El discurso libertario de “no volver al pasado” choca de frente con los hechos. Endeudarse a tasas elevadas para pagar vencimientos inmediatos no es una novedad revolucionaria: es la repetición exacta de un modelo que ya dejó al país al borde del abismo.
Milei prometió dinamitar el viejo sistema, pero gobierna con sus peores recetas. Deuda cara, bancos ocultos y vencimientos pateados: el déjà vu es inquietante. Cambian los discursos, pero no las prácticas. Y cuando el ajuste ya golpea salarios, jubilaciones y tarifas, la pregunta vuelve a ser la misma de siempre: ¿quién paga la deuda cuando el plan vuelva a estallar?
