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16 febrero, 2026
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Contra las cuerdas: la CGT va al paro general porque las bases ya no esperan

“Los pueblos marchan con los dirigentes a la cabeza o con la cabeza de los dirigentes”. La frase de Juan Domingo Perón volvió a retumbar en los pasillos sindicales. No por nostalgia, sino por necesidad. La conducción de la CGT entendió —tarde, pero entendió— que con un gobierno libertario avanzando sobre derechos laborales históricos, la pasividad podía costarles más que una huelga general.

Presionada por las bases y por los gremios más combativos, la Confederación General del Trabajo convocará a una reunión clave de su Consejo Directivo para definir un paro nacional con transporte incluido, en la antesala del tratamiento de la reforma laboral en la Cámara de Diputados. Ya no se trata de un gesto simbólico: el clima en los lugares de trabajo es de bronca creciente frente a un proyecto que recorta vacaciones, habilita jornadas de hasta 12 horas mediante el banco de horas y permite reducir salarios en caso de enfermedad.

Transporte parado, país parado

La señal más contundente llegó desde el transporte. La Unión Tranviarios Automotor (UTA) anticipó que acompañará la medida si la CGT la define. La Fraternidad, la Confederación Argentina de Trabajadores del Transporte (CATT) y otros gremios estratégicos también confirmaron su adhesión. Si el transporte se detiene, el paro será total. Y el Gobierno lo sabe.

“Somos un sindicato confederado y si la CGT decide un paro, acompañaremos”, señalaron desde la UTA. Cristian Jerónimo, uno de los secretarios generales de la central, afirmó que “están dadas las condiciones y existen los consensos necesarios para avanzar en una huelga nacional”. La frase es diplomática; la realidad es más cruda: la presión desde abajo se volvió inocultable.

El ala dialoguista —encabezada por Andrés Rodríguez (UPCN), Héctor Daer (Sanidad) y Gerardo Martínez (UOCRA)— había apostado a negociar cambios con el oficialismo. La esperanza era moderar el proyecto. Pero la respuesta fue la contraria: el texto avanzó sin contemplar los reclamos sindicales y, en algunos puntos, se endureció. La posibilidad de que el empleador reduzca el salario en caso de enfermedad terminó de dinamitar cualquier expectativa de acuerdo.

Esa estrategia de “esperar y ver” encendió la interna. La UOM, conducida por Abel Furlán, junto a otros gremios de la CGT y las dos CTA, impulsó el Frente de Sindicatos Unidos (FRESU), que ya salió a la calle el miércoles pasado. Furlán fue directo: “No había nada para negociar. Este proyecto representa una pérdida de dignidad para los trabajadores”. Y exigió formalmente un paro general con movilización el día que la reforma se trate en Diputados.

La hora de las definiciones

La discusión ya no es técnica ni jurídica; es política y moral. ¿Puede la CGT mirar para otro lado mientras se retrocede en derechos conquistados durante décadas? ¿Puede sostener una mesa de diálogo cuando del otro lado sólo hay imposición?

Perón, en 1951, advertía sobre aquellos dirigentes que viven de la organización pero no la construyen, más preocupados por conservar privilegios que por defender causas populares. Hoy esa advertencia vuelve a tener actualidad.

La CGT llega al paro no por convicción, sino por supervivencia. Porque cuando las bases empiezan a caminar solas, los dirigentes corren el riesgo de quedarse sin pueblo… y sin cabeza. El Gobierno puede subestimar una movilización; lo que no debería subestimar es el momento en que la paciencia obrera se transforma en historia.

 

 

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