Pese a los triunfos legislativos y a la batería de más de 50 proyectos que el jefe de Gabinete, Manuel Adorni, anticipa para el Congreso, el clima social empieza a mostrar señales de desgaste. Mientras el presidente de la Cámara de Diputados, Martín Menem, cuestiona los paros y pone bajo la lupa a empresas como FATE por los subsidios recibidos, las encuestas revelan que, más allá de las victorias parlamentarias, crece el malestar frente a las políticas de Javier Milei.
Un exhaustivo trabajo de Raúl Kollmann en Página/12, que relevó distintas consultoras, expone un dato central: la aprobación del Gobierno ya no es mayoría. Según Hugo Haime y Asociados, el 57% desaprueba la gestión, frente a un 41% que la respalda. En paralelo, el 55% se manifiesta en contra de la reforma laboral, mientras apenas el 36% la apoya.
La consultora Analogías, dirigida por Marina Acosta, coincide en el diagnóstico: el 56,6% considera que la reforma laboral beneficia principalmente a los empresarios y sólo el 13% cree que favorece a los trabajadores. Más allá de matices metodológicos, la mayoría de los encuestadores detecta un mismo fenómeno: deterioro de la vida cotidiana y temor creciente a perder el empleo.
La percepción social es clara: el transporte aumenta, las tarifas de luz y gas suben, los alimentos no dan tregua y los alquileres se disparan, mientras los salarios permanecen congelados o corren por detrás. El bolsillo es hoy el principal termómetro político.
En febrero, según Haime, la aprobación de la gestión cayó cinco puntos respecto de diciembre (de 46% a 41%), y la imagen personal de Milei bajó de 50% a 44%. “Cuando ganás una elección, crecés; cuando aparecen los problemas, volvés a tus valores previos”, explica el consultor. La inflación persistente y los bajos salarios siguen encabezando las preocupaciones. Más del 55% no cree que el Gobierno pueda controlar la suba de precios.
Para Analogías, la centralidad del problema incluso se desplazó: la inflación ya no es el único eje. El desempleo empieza a ocupar ese lugar. Cada vez más personas temen perder su trabajo, mientras crece el endeudamiento para cubrir gastos básicos. Más de la mitad reconoce haber perdido poder adquisitivo y recurrir a préstamos —familiares, tarjetas o financieras— para llegar a fin de mes.
Marina Acosta advierte que el apoyo “esperanzador” que parte del electorado depositó en Milei podría transformarse en una deslegitimación profunda si el sacrificio no se traduce en mejoras tangibles. El riesgo es que el ajuste deje de percibirse como transición y pase a verse como destino.
Artemio López, de Equis, suma otro elemento: el malestar existe, pero está fragmentado y carece de articulación política. Sin una oposición consolidada, ese descontento podría prolongarse sin convertirse en alternativa de poder. Raúl Timerman, del Grupo de Opinión, aporta otro dato inquietante para el oficialismo: aunque la imagen positiva ronda el 45%, el rechazo alcanza el 52%. Y lo más significativo es que parte de ese rechazo proviene de votantes propios y de quienes apoyaron a Patricia Bullrich en las generales.
No todas las consultoras comparten el diagnóstico pesimista. Federico Aurelio, de Aresco, habla de un escenario equilibrado: la mitad del país acompaña al Gobierno, aunque dividida entre convencidos y expectantes. Analía Del Franco sitúa la aprobación entre 43% y 45%, y define el momento como de “cierto disgusto social”, marcado por despidos, cierre de empresas y dudas sobre los índices oficiales.
La consultora Proyección, dirigida por Santiago Giorgetta, aporta otro dato contundente: el 55,6% considera que las medidas del Gobierno tuvieron un impacto negativo en su familia; sólo el 36,2% las evalúa positivamente. Apenas un tercio respalda las reformas, mientras el 57% pidió dinero prestado para cubrir gastos.
El Gobierno conserva aún un núcleo duro y una oposición dispersa que no logra capitalizar el malestar. Pero las señales son claras: el respaldo ya no es expansivo, sino defensivo. La paciencia social no es infinita y el crédito político tampoco.
Milei puede acumular leyes en el Congreso, pero si el changuito del supermercado sigue vacío y el sueldo no alcanza, la verdadera votación se hará en la calle y en el bolsillo. Y ahí, ningún decreto tiene mayoría automática.
