
Mientras hace más de 30 días los titulares de los medios hegemónicos ponen a la AFA y al Chiqui Tapia en la marquesina principal, el Gobierno avanza casi en silencio con reformas de fondo: cambios en la Ley de Glaciares, una reforma laboral que recorta derechos históricos —menos horas extras, modificaciones en el régimen de vacaciones— y un esquema que, según distintas estimaciones, implicará quitarle a los jubilados unos 2.600 millones de dólares anuales para subsidiar a empresas que despidan sin costo. El resultado: menos recursos para la ANSES y más incertidumbre para los abuelos.
Mientras el Presidente insiste en que “todo es maravilloso” y celebra divisiones ajenas —incluso alentando fracturas en el peronismo en el Senado y repartiendo cargos entre aliados—, los datos muestran una realidad más compleja que el relato oficial y que los zócalos complacientes. Los consultores coinciden en que, aunque todavía conserva un núcleo duro cercano al 40 por ciento, el nivel de críticas crece mes a mes.
El problema para la oposición es otro: aún no termina de consolidarse una figura capaz de canalizar ese malestar con una propuesta integral y competitiva. Entre los nombres que asoman con mayor nitidez aparece Axel Kicillof.
Un reciente estudio de la consultora Proyección, dirigida por Santiago Giorgetta, realizado sobre 1.464 casos en la primera semana de febrero, ofrece datos reveladores. Ante la pregunta por la empatía, Kicillof alcanza un 45 por ciento de valoración positiva frente a un 43 que opina lo contrario. En el caso de Milei, apenas el 25 por ciento considera que tiene empatía, mientras que el 61 por ciento cree que no.
El estudio también indaga cuáles deberían ser los atributos del “presidente ideal”. Para los encuestados, en proporciones similares, debe tener capacidad para resolver problemas (51%) y honestidad y transparencia (49%). Luego aparecen visión de futuro y proyecto de país (más del 45%), empatía con los más vulnerables (más del 40%), cercanía con la gente (23,6%), firmeza (21,5%), apertura al diálogo (13%) y, en último lugar, prioridad al orden (casi 9%).
Cuando esos atributos se contrastan con la figura presidencial actual, la brecha es evidente. A Milei se le reconoce apenas un 23 por ciento en capacidad de resolución y un 19 en honestidad. Su punto más alto es la “visión de futuro”, con 37 por ciento, todavía lejos del ideal planteado por los encuestados.
Entre quienes lo apoyan, el principal atributo que le asignan (37%) es el proyecto de país; un 31% destaca su actitud y firmeza, y un 22% que priorice el orden. Sin embargo, sólo un 10% percibe cercanía con la gente, un 4% apertura al diálogo y un 3,3% empatía con los más humildes.
En el ranking de dirigentes “del lado de la gente”, Kicillof encabeza con más del 45 por ciento (sumando “totalmente” y “algo”). Lo siguen Myriam Bregman (41,5%), Patricia Bullrich (38%), Juan Grabois (36,7%) y, recién en quinto lugar, Milei con menos del 35%. En contrapartida, el Presidente aparece segundo —con 61%— entre quienes son vistos “del lado de los poderosos”, sólo superado por Donald Trump, que lidera con más del 71%.
En cuanto a la firmeza, tanto Milei (31%) como Kicillof (28%) superan el piso del 21% que la sociedad considera necesario para un presidente. Es decir: la discusión ya no pasa por quién grita más fuerte, sino por quién resuelve mejor y para quién gobierna.
Un dato no menor surge entre los jóvenes de 16 a 29 años: muchos no se identifican con ninguna ideología —no se asumen progresistas, peronistas ni de derecha—, pero siguen siendo el único segmento etario que mantiene expectativas positivas sobre el futuro del país. Allí se juega buena parte de la disputa que viene.
Milei demostró que no necesitaba gobernadores ni intendentes para llegar a la Casa Rosada con un discurso claro y disruptivo. Kicillof hizo algo parecido en 2019, cuando recorrió los 135 municipios bonaerenses en un viejo Clio y terminó derrotando a una figura que parecía intocable como María Eugenia Vidal.
Kicillof hoy lidera en empatía. Pero la empatía, por sí sola, no alcanza: debe transformarse en programa, en equipo y en una propuesta clara capaz de convencer a una mayoría que empieza a desilusionarse. Si logra convertir esa cercanía en un proyecto concreto de desarrollo, trabajo, mejores salarios, jubilaciones dignas, más ciencia, salud y educación pública de calidad, el escenario político puede cambiar más rápido de lo que muchos imaginan.
Porque mientras algunos siguen hablando del Chiqui Tapia, en la Argentina real lo que está en juego no es un campeonato: es el bolsillo, el empleo y el futuro. Y ese partido recién empieza.
