En los pasillos y despachos de la Casa Rosada ya no se disimula el clima: hay nerviosismo, desorden y, sobre todo, pánico. El presidente Javier Milei está cada vez más irritable. No entiende qué está pasando, busca explicaciones en conspiraciones y enemigos externos —llegó a señalar incluso a “los rusos”— y, en esa lógica, terminó apuntando contra la prensa: la acusa, la hostiga y hasta decidió restringir su acceso a la Rosada.
Pero el problema no está afuera. Está adentro.
Las últimas encuestas encendieron todas las alarmas. En algunos sondeos, la imagen positiva del Presidente no supera el 25%.
El escándalo que rodea al jefe de Gabinete lo arrastra, pero no logra despegarse. Y en el corazón del poder la interna está al rojo vivo: Karina Milei lo sostiene, pero deja correr una advertencia —si alguien tiene que caer, será Santiago Caputo, su archirrival dentro del esquema libertario.
Como si fuera poco, empiezan a aparecer nuevos competidores dentro del propio espacio.
Patricia Bullrich ya mide mejor que Milei en varios estudios. Ni los escándalos por las criptomonedas ni las polémicas que rodean a Manuel Adorni parecen afectarla. La ministra se mueve con comodidad y empieza a proyectarse más allá del presente: sueña con disputar la presidencia, o al menos asegurarse poder territorial propio.
En paralelo, otro dato inquieta aún más al oficialismo: el crecimiento sostenido de Axel Kicillof.
El fallo favorable en Estados Unidos por la estatización de YPF y su presencia en Tierra del Fuego junto a los veteranos de Malvinas fortalecieron su imagen. Y no solo eso: empieza a tejer puentes inesperados.
En los últimas horas recibió en la Gobernación a Emilio Monzó y Nicolás Massot, dos referentes de la centro derecha. El mensaje fue claro: la crisis es tan profunda que empieza a romper barreras ideológicas. “Milei nos está empujando a dialogar a todos”, deslizaron.
Pero más allá de la política, lo que verdaderamente golpea es la economía real.
Cierre de fábricas, despidos, salarios congelados y un consumo en caída libre. A eso se suma un dato que impacta directamente en la vida cotidiana: el transporte público empezó a funcionar a medias.
Las empresas redujeron un 30% la frecuencia de los servicios por falta de subsidios y el fuerte aumento del gasoil, que subió un 40% en pocas semanas.
El resultado es evidente: si antes viajar era un problema, ahora es directamente un calvario.
Y mientras la sociedad ajusta, el contraste dentro del poder se vuelve cada vez más obsceno. El jefe de Gabinete viaja en avión privado a Punta del Este y al Caribe, mientras se acumulan versiones sobre operaciones inmobiliarias financiadas con dinero difícil de explicar.
La bronca crece. Y no es solo política: es social.
En medio de este escenario, el gobierno tomó una decisión que terminó de encender la mecha: dio de baja el programa Volver al Trabajo, que asistía a casi 900 mil personas con un ingreso básico de 80.000 pesos.
La respuesta fue inmediata. Movimientos sociales salieron a las rutas en todo el país.
El cuadro es cada vez más claro: caída en las encuestas, internas feroces, crisis económica y conflictividad social en aumento.
Y un gobierno que, lejos de ordenar, parece correr detrás de los hechos.
Porque cuando un gobierno empieza a ver conspiraciones en lugar de asumir la realidad…
no es que lo estén volteando. Es que ya empezó a caerse solo.
Y en la Argentina, cuando el poder entra en pánico, la historia nunca termina bien para los que están arriba… pero siempre la paga el pueblo.
