3 diciembre, 2016

Por Alfredo Silletta//A 60 años de los fusilamientos

El 23 de setiembre de 1955 se iniciaba una de las etapas más difíciles y complejas del peronismo. Fueron 18 años de proscripciones, persecuciones, asesinatos de militantes, exilios y resistencia civil para retornar a la vida política y el poder en 1973.

El pueblo comenzó a organizar la resistencia, instrumentada a través de huelgas, sabotajes en empresas, algunos atentados con explosivos, pintadas y cánticos en eventos deportivos. Uno de los primeros documentos de Perón desde el exilio expresó lo siguiente:

“Los pueblos que no saben defender sus derechos merecen la esclavitud. Todos, en todo lugar, en todo momento deben hacer la guerra sin cuartel a la dictadura. Cada ciudadano, hombre o mujer, debe preguntarse cada día, que ha hecho contra la dictadura por la libertad del Pueblo.

Cientos de miles de ciudadanos muertos, perseguidos, encarcelados, torturados y escarnecidos, nos reclaman ese deber. El Pueblo, tiranizado por la dictadura, exige que luchemos por su salvación. La debilidad de una hora puede representar la esclavitud y explotación permanente”.

Para ello se debe:

“Luchar contra la dictadura mediante la resistencia civil para desgastarla, entre tanto se organizan nuestras fuerzas en la clandestinidad, para luego proceder a la paralización del país y a la toma del poder en cualquier forma, incluso provocando el caos.

Previendo todos los casos, por si lo anterior no pudiese realizarse, mantener las organizaciones de nuestra masa cada día con mas cohesión y perfección orgánica para que, mediante su persistente acción política, se pueda llegar al gobierno y desde allí accionar hacia nuestros verdaderos objetivos”.

El 9 de junio de 1956 un grupo de militares con apoyo de algunos dirigentes gremiales protagonizó un frágil levantamiento armado. El gobierno no dudó en reprimir la sublevación y ordenó fusilar a los jefes militares y a varios civiles. Fue una jornada triste en la historia del país y para muchos historiadores el acta fundacional de la violencia argentina de la última mitad de siglo XX. No solo fueron fusilados militares, también hombres indefensos, sin acusación ni juicio fueron asesinados en los basurales de José León Suárez en forma clandestina. El periodista Rodolfo Walsh escribió un emotivo libro sobre dicha situación.

La dictadura estaba sedienta de sangre y pese a que el Consejo de Guerra resolvió que no habrá pena de muerte, el general Aramburu ordenó 27 fusilamientos a militares que participaron en la rebelión. El general Juan José Valle, líder del motín le escribió una carta a su verdugo horas antes de morir:

“Dentro de pocas horas usted tendrá la satisfacción de haberme asesinado. Debo a mi Patria la declaración fidedigna de los acontecimientos. Declaro que un grupo de marinos y de militares, movidos por ustedes mismos, son los únicos responsables de lo acaecido.

Para liquidar opositores les pareció digno inducirnos al levantamiento y sacrificarnos luego fríamente. Nos faltó astucia o perversidad para adivinar la treta. Así se explica que nos esperaran en los cuarteles, apuntándonos con las ametralladoras, que avanzaran los tanques de ustedes aun antes de estallar el movimiento, que capitanearan tropas de represión algunos oficiales comprometidos en nuestra revolución. Con fusilarme a mí bastaba. Pero no, han querido ustedes, escarmentar al pueblo, cobrarse la impopularidad confesada por el mismo Rojas, vengarse de los sabotajes, cubrir el fracaso de las investigaciones, desvirtuadas al día siguiente en solicitadas de los diarios y desahogar una vez más su odio al pueblo. De aquí esta inconcebible y monstruosa ola de asesinatos.

Entre mi suerte y la de ustedes me quedo con la mía. Mi esposa y mi hija, a través de sus lágrimas verán en mí un idealista sacrificado por la causa del pueblo. Las mujeres de ustedes, hasta ellas, verán asomárseles por los ojos sus almas de asesinos. Y si les sonríen y los besan será para disimular el terror que les causan. Aunque vivan cien años sus victimas les seguirán a cualquier rincón del mundo donde pretendan esconderse. Vivirán ustedes, sus mujeres y sus hijos, bajo el terror constante de ser asesinados. Porque ningún derecho, ni natural ni divino, justificará jamás tantas ejecuciones”.

El odio hacia el peronismo no solo se daba en el Ejército y la Marina, los partidos políticos que integraban la Junta Consultiva apoyaron y felicitaron los fusilamientos. Una frase tristemente célebre de aquellas horas la dijo el dirigente socialista Américo Ghioldi: “Se acabó la leche de la clemencia”.

Enterado Perón de los dramáticos acontecimientos expresó:

“El peronismo se ha llenado de mártires y entre ellos no hay un solo hombre que, como nuestros enemigos, pueda ser tildado de asesino con fundamento, como podemos llamarlos a ellos con razón. La sangre generosa de estos compañeros caídos por la infamia “libertadora” será siempre el pedestal de Abel, que los seguirá hasta su tumba, llenándolos de remordimiento y de vergüenza”.

*Extraído del libro La Patria Sublevada. De Perón a Kirchner (1945-2010) Ediciones LEA

 

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