21 agosto, 2019

Por Dante Palma// Twitter también puede mentir

De los ataques cibernéticos contra Tinelli a la detención de dos jóvenes que, todo haría suponer, no tuvieron mejor idea que, con mucho tiempo libre, bromear acerca de la posibilidad de un atentado terrorista en nombre de Alá con frases escritas en árabe y con la gramática tosca del traductor de google. Efectivamente, estos últimos días estuvieron atravesados por el fenómeno de las redes sociales aunque no precisamente por la interpretación virginal que ve en ellas el sinónimo de democratización de la información y acceso libre al conocimiento. A decir verdad, a internet y a las redes sociales vistas como espacio de interacción horizontal, libre y desjerarquizado se le agrega ahora una noción emparentada que suele ser utilizada recurrentemente por comunicadores. Me refiero a la suposición de que lo que sucede en las redes sociales es representativo y es un termómetro de lo que sucede en la sociedad. Es más, incluso comunicadores del establishment, en su mayoría jóvenes, más por candidez que por maldad, reivindican las redes como una suerte de ágora moderna en la que cualquiera es capaz de instalar una agenda. Incluso hay quienes creen que desde esas redes es posible disputar con los medios tradicionales.

Si bien hay muchos ejemplos de una agenda impulsada desde las redes (algunos, incluso, virtuosos) y también hay ejemplos del modo en que las redes son capaces de desmontar una operación de prensa, lo cierto es que, en general, redes sociales como Twitter, no hacen más que amplificar la agenda impuesta por los medios tradicionales que, como muchas veces hemos citado aquí, y como han probado numerosos estudios, no son capaces de determinar exactamente cómo deben pensar las audiencias pero sí son capaces de imponer sobre qué deben hablar esas audiencias. Los ejemplos darían lugar a un libro entero pero para no salirnos de la coyuntura vayamos a lo ocurrido en los últimos días a partir de la entrevista que CFK otorgara a Roberto Navarro en el C5N. Promediando la charla, la expresidente afirma “Si además de lograr buenos salarios, un sistema jubilatorio excepcional, computadoras para los chicos, pagar la deuda que nos dejaron otros, lograr hacer obra pública por Uss 107.000.000 (…) [nos dicen que robamos todo], más que perseguirnos judicialmente deberían darnos el Premio Nobel de Economía”. Naturalmente, un diario como Clarín, que debe alimentar la furia de los lectores que supo construir, tituló la nota que daba cuenta de la entrevista del siguiente modo: “CFK: Deberían darnos el premio Nobel de Economía”.

Si bien ya había algunos trolls (esas cuentas creadas para difamar, injuriar e instalar agendas en las redes) que habían hecho el mismo recorte con afán descontextualizador en la red, lo cierto es que, a partir de esa nota, “las redes” comenzaron a hablar del tema. Sin embargo, hay que aportar algunos números pues en general a veces basta con que una misma palabra se repita mil veces para que se transforme en lo más mencionado. Entonces cabe preguntar: ¿mil menciones son representativas de una sociedad con 40 millones de habitantes?

A su vez, ¿cómo culmina el círculo vicioso de la operación? El diario Clarín publica, unas horas después, una nueva nota en la que afirma que las redes, es decir, supuestamente, la sociedad, está hablando de la barbaridad que habría dicho CFK. O sea, instalan sobre qué deben hablar las redes a partir de un recorte malicioso, luego esas mismas redes, ayudadas por trolls e idiotas útiles replican y, finalmente, el diario omite la controversia en torno al recorte malicioso, selecciona los comentarios acordes a su línea editorial y presenta las palabras de las redes como confirmación transformando al recorte malicioso en “lo verdadero”. Asimismo, párrafo aparte para lo que antes mencionábamos como “idiotas útiles”, quizás, con una carga demasiado agresiva porque en realidad no son otra cosa que signo de los tiempos. Efectivamente, el promedio de los jóvenes, no solo los de clase baja sino especialmente los de clase media y alta, se informan a través de las redes y de esa manera se les presenta con una misma jerarquía un video de un blooper de un esquiador, la foto del culo o de los abdominales del objeto de deseo correspondiente y los dólares que tiene Florencia Kirchner en una caja fuerte. Todo al mismo tiempo, en una conversación con un amigo digital o en un cruce al azar con lo que el amigo del amigo del amigo compartió en el muro de Facebook. Muchas veces en esta columna nos hemos referido a este fenómeno posmoderno de la ausencia de conexión entre las noticias, la deshistorización de las mismas que opera por la velocidad y la falta de sentido que impera en el poscapitalismo y que ha constituido lectores de títulos para los cuales cualquier análisis que exceda los 20 renglones supone un esfuerzo que no vale la pena llevar adelante. Pero la situación es dramática si tenemos en cuenta, como ya vienen observando distintos pensadores de la comunicación, que internet no es una actividad más como podía ser mirar la TV sino un hecho inescindible de nuestras vidas. Porque nuestra relación con la Radio y con la TV, por más importante y adictiva que sea, es una relación con un exterior: nos sentamos a ver el televisor o nos dedicamos a oír la radio pero con internet no hace falta “sentarse a” porque ya es parte de uno y las redes de amistades, el trabajo, la información y la conexión con el mundo exterior, pasa a través de esa extensión tecnológica de nuestra mano que es el celular.

Asimismo, ya que esta semana se volvió a hablar de terrorismo en Argentina, las redes son el vehículo a partir del cual éste se distribuye capilarmente y da lugar a la conformación de células terroristas o lobos solitarios influenciados por lo que leen en alguna página de internet. Esto es estrictamente cierto tanto como el hecho de que un enemigo invisible, ubicuo, individual y sin fronteras es el enemigo ideal para un sistema que, en nombre de la seguridad, avanza sobre los derechos individuales por los que tanto patalean los mismos que luego, asustados, son capaces de entregar su libertad a cambio de la seguridad física y de sus bienes materiales. Dicho en buen criollo, si cualquier pelotudo desde una computadora en Villa Urquiza puede hacer un atentado criminal, todos somos sospechosos y en tanto tal, dignos de ser vigilados. Es más, el hecho de que en Europa o en Estados Unidos, los que cometen los atentados no son señores barbudos y con turbantes sino ciudadanos que no tienen un rasgo físico distintivo que los diferencie, es funcional tanto a los extremistas como a los que con la excusa del extremismo desean militarizar la sociedad y nuestras vidas. Para el terrorismo, no hay mayor terror que el de vivir suponiendo que tu vecino, que es igual a vos, es capaz de asesinarte; y para los que en nombre de la seguridad irán por tu libertad, el hecho de que el asesino sea “como uno” permite justificar todo tipo de violación a los derechos básicos.No es interés de esta columna plantear un regreso hacia vaya a saber uno qué pasado idílico como una nostalgia de lo que nunca jamás sucedió. Tampoco se trata de mirarle con gesto adusto y decirle que cuide a su hijo porque las redes están llenas de gente dañina si bien es verdad que la misma capacidad asociativa para fines loables tiene también como contracara la facilidad con que se puede difamar, calumniar o arruinarle la vida a personas a través de la multiplicación casquivana y descompuesta de la información. En todo caso, por ahora, me alcanzaría con que de manera urgente comencemos a poner en tela de juicio algunas nociones básicas acerca de qué patrones de consumo tenemos, qué tipos de subjetividades estamos creando y cuál es la funcionalidad de las redes sociales. No para renunciar a la tecnología y a las posibilidades que ella nos brinda sino para advertirles, a muchos de los que ya se dieron cuenta que Clarín miente, que Twitter también puede mentir.

 

Publicado en http://elinfiernodedanteblog.blogspot.com.ar

 

 

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