Enzo Ferreira, coordinador de Radio Nacional Tucumán y referente de La Libertad Avanza, quedó en el centro de la polémica tras insultar en redes sociales a Mercedes Sosa, la mayor exponente del folklore argentino y orgullo de Tucumán.
A través de sus cuentas personales, el funcionario se refirió a la artista fallecida en 2009 con expresiones agraviantes como “gorda comunista” y llegó a afirmar que “fue un cáncer”. Lejos de pedir disculpas, Ferreira redobló la apuesta: justificó sus dichos como “humor negro” y una supuesta “descripción física e ideológica”.
El repudio no tardó en multiplicarse. Maby Sosa, periodista y sobrina de la cantante, calificó los ataques como un “acto de profunda cobardía”, al tratarse de insultos dirigidos a alguien que ya no puede defenderse. “Es patético, violento y estigmatizante”, sostuvo, y cuestionó el uso del cuerpo y de la enfermedad como herramientas de agresión.
Además, advirtió que lo ocurrido excede lo personal y se convierte en una afrenta cultural: “Es un ataque a Tucumán”. Y recordó que Mercedes Sosa fue —y sigue siendo— una de las voces más importantes del país a nivel internacional, siempre identificada con su tierra.
El episodio vuelve a poner en discusión los límites del discurso público y el rol de los funcionarios, especialmente cuando se trata de figuras que representan al Estado.
Mientras desde el gobierno libertario se habla de “batalla cultural”, algunos de sus propios cuadros parecen haber elegido el camino más bajo: el agravio fácil, la provocación y el desprecio por la cultura popular. Atacar a Mercedes Sosa no es solo una falta de respeto: es un síntoma de una época donde el odio intenta ocupar el lugar de la memoria.
