21 enero, 2019

Por Julio Fernández Baraibar // A Héctor, un patriota semita y criollo

Seguramente la estirpe tenía un humilde y aplicado carpintero,

allá, en la aldea fronteriza de Bar.

Quién sabe.

Quizás el carpintero era de antes que la itálica esposa de Segismundo

le pusiera ese nombre,

recordando la soleada Bari del taco de la bota.

Tierra de invasiones, de disputa,

de pobreza, de pogroms,

de violentas cabalgatas cosacas,

de cantarinas y feroces cimitarras osmanlíes.

¿Quién sabe cuantos ataúdes talló el lejano carpintero

que le dió el nombre a la estirpe?

Sería un rubio jázaro devoto del tetragrama del desierto,

esperanzado en el hijo de David que traería la paz,

de una vez por todas.

La cuestión es que,

arrastrados por odios y miserias seculares

se lanzaron a la tierra prometida,

lejos, muy lejos de los manantiales de miel y leche,

recalando en un lugar de nombre cabalístico,

el Once.

El niño se llamaba como el padre de las doce tribus,

Jacobo, y su nombre,

inseparable para mi generación de tu artesanal apellido,

intentó construir un reino de palabras, de negocios,

de ideas e intrigas,

que le dieron prestigio y una legión de enemigos,

merecidos e inmerecidos,

que, nuevamente, arrastraron a la estirpe

a un  vórtice de violencia, de odio y persecución.

El fue quizás el Príamo que pensó tu hombre,

Héctor,

nombre de héroe,

y quiso la historia, caprichosa y voluble,

que te enamoraras de Troya, tu patria,

y terminaras dando tu vida por defenderla y honrarla.

Héctor Timerman,

tuviste un destino de patriota

en un linaje cosmopolita, errante y desarraigado.

Hubo algo de José en tu destino,

algo de aquel hijo bienamado por el padre

al que sus hermanos envidian y traicionan,

dejándolo abandonado en un pozo,

para que un Putifar de opereta

castigue tu defensa de la Patria

ante la amenaza de saqueo de sucios mercaderes.

Héctor Timerman,

desde ese pasado de extrañamientos y desarraigos,

desde esa sensación de no pertenecer a ninguna parte,

supiste, por dignidad, por orgullo y amor a tu tierra,

alzarte a la altura de los más grandes.

El infame letrero de traidor a la patria

lograste compartirlo con San Martín, con Rosas y Perón.

Hiciste honor a tu condición de argentino

y los nostalgiosos de las cebollas de Egipto que usurpan

la representación de tu tribu

serán sepultados en la peor de las indignidades,

el desprecio y el olvido.

Hoy despedimos a un héroe argentino,

semita y criollo.

Que Yahvé presida tu encuentro con los mejores de tu progenie.

 

30 de diciembre de 2018

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