7 diciembre, 2019

Por Dante Palma //vEl ganador del debate presidencial es el periodismo

El debate, como la elección, todavía no sucedió, pero ya hay un ganador: el periodismo. Efectivamente se confirmaron los moderadores de los dos debates presidenciales que habrá antes del 27 de octubre y del tercero que habría en caso de resolverse la elección a través de un balotaje. Lo primero que surgió, y de hecho es bastante evidente,  es que todos los elegidos son periodistas y son periodistas que, salvo quizás algún caso puntual, pertenecen al establishment corporativo y a medios nacionales. ¿Cuántos votos sacaría Alberto Fernández entre los 12 periodistas seleccionados? Sí, adivinaste.

Pero ese no es el punto más relevante más allá de que hubiera sido deseable que, si es que los moderadores van a ser periodistas, se los hubiera elegido dentro de un espectro ideológico más plural y con un perfil más federal. Entonces vayamos a lo central: por qué deben moderar periodistas y por qué debe haber debate.

Empezando por este último aspecto, la idea de debatir goza de buena prensa y está muy bien que así sea pero el debate es algo más que enfrentar a un grupo de personas con opiniones diferentes. De hecho podría decirse que especialmente la televisión ha hecho del panelismo debatidor su principal usina de rating, sea en el formato de programa de espectáculo, político, deportivo o magazine. Siempre un montón de gente, presuntamente, debatiendo. Hablemos sin saber pero hablemos. Construyamos que sobre todas las cuestiones siempre hay dos posiciones de igual valor: tierra redonda vs. tierra plana; vacunas vs. antivacunas; 678 vs. Clarín. Todo es lo mismo y si es todo lo mismo y se pueden identificar los polos yo puedo hacerles creer que estoy en el medio porque todos son lo mismo menos yo.

Pero el debate supone una virtud en quienes se enfrentan: la escucha y el asumir la condición de falibilidad de sus argumentos. Es decir, para que el presunto debate no se transforme en un monólogo cronometrado donde cada uno dice lo suyo, es importante que quienes intervengan tengan la aptitud de abrirse a la escucha y sobre todo, reconozcan que, al fin de cuentas, aun las más íntimas convicciones son falibles y deberían ceder ante una buena argumentación. Pero nada de eso estará presente en el debate, en ninguno de los candidatos porque tampoco existe esa apertura en los televidentes. Es que nadie mira el debate para escuchar razones sino solo para poder presumir al otro día que ganó “el nuestro”. Y salvo algún caso excepcional como podría ser el famoso debate en el que Kennedy vapuleó a un Nixon desconocedor de las más mínimas estrategias comunicacionales, los candidatos van tan preparados para no salirse de su libreto que no habrá “ganadores objetivos” sino televidentes que interpretarán que el candidato que votaron estuvo más sólido que el adversario. Por otra parte, en caso de haber un ganador en el debate, ese triunfo no probaría necesariamente la solidez del modelo defendido sino simplemente que el ganador es un hábil discutidor. Saber debatir es un mérito importantísimo, como saber comunicar y llegar a la ciudadanía pero no garantiza saber gobernar y menos aún llevar adelante un modelo inclusivo.

En cuanto a por qué se impone que los moderadores deban ser periodistas y no cualquier otro ciudadano que pudiera ostentar otro título profesional o, simplemente, cualquier ciudadano de a pie, es lo que se viene discutiendo en los últimos años y se enmarca en esa disputa que incluía a un supuesto periodismo militante que se distinguiría de un periodismo profesional que sería neutral, independiente y objetivo. He escrito bastante al respecto así que deberé repetirme. Pero seré sintético: nadie en su sano juicio puede defender un periodismo militante entendido como un periodismo que acomoda la realidad a los intereses facciosos. Pero nadie tampoco puede defender el mito del periodismo neutral, objetivo e independiente, mito que es de creación relativamente reciente, allá por las últimas décadas del siglo XIX.

Y cuando se advierte que el periodismo no ocupa ese pretendido espacio de mediación con la sociedad civil, es que los periodistas se enojan porque ellos necesitan aparecer como el reflejo de las necesidades de la sociedad, ser los fiscales de la nación y los guardianes de la moral. Este enojo atraviesa a todos los periodistas, sean de derecha o de izquierda refugiados en el coreacentrismo, ese que crea los mencionados polos ficticios y presuntamente equivalentes para poder vendernos neutralidad y votar en blanco. Porque antes que de derecha o de izquierda los periodistas son periodistas. Esto significa que un periodista de derecha puede aceptar a uno de izquierda y viceversa pero lo que no pueden aceptar es que alguien diga que los periodistas no son el termómetro de la democracia ni de la república, que están lejos de ser un espejo de la realidad, y que más lejos aún están de ser los que atacan al poder real. De hecho, muchas veces son cómplices del mismo y en general, por más que aparezcan como modernos y aggiornados, siguen repitiendo como loros el verso decimonónico de que ser crítico del poder es tener que criticar al gobierno de turno como si los gobiernos de turno fueran el poder cuando el verdadero poder está en las corporaciones que contratan a esos mismos periodistas.

Al periodismo no le molesta que haya programas oficialistas porque el periodismo ofrece todo el tiempo programas oficialistas o críticos dependiendo de si el gobierno de turno está o no alineado con el poder real. Lo único que le molesta es que haya programas que muestren el hilo de la marioneta. Por eso el periodismo acepta perfectamente que se discuta la lista de los periodistas que estarán en el debate pero nunca aceptaría que se discuta por qué tienen que ser periodistas los que estén moderando, los que aparezcan como el justo punto medio de los intereses partidarios. Eso no se puede tocar. Y si lo tocás, ya te llegará la lección disciplinadora en forma de lista negra o de rumor de lepra contagiosa. Sí, lo siento. Es así. Incluso ese canal que te gusta y que tiene a los periodistas que hoy considerás héroes mañana virará si los intereses así lo determinan.

Alberto Fernández sabe que es una trampa, sabe que todos los candidatos, por ser el más votado, lo atacarán a él pero debe ir porque el costo que tendría su ausencia implicaría una cadena nacional privada de días enteros machacando la afrenta democrática que supondría decir “no” al espectáculo y poner en entredicho el lugar de mediación, ese espacio inmaculado e intocable de los periodistas que dicen estar en el medio de vaya a saber qué.

Por eso, cuando le preguntan a Alberto Fernández obsesivamente si va a volver ese programa llamado 678 en realidad lo único que le están preguntando es si va a permitir que se ponga en juego el papel de mediador inmaculado que pretende el periodismo. Eso es lo único que importa. Y con el debate, ese espacio de privilegio está garantizado. Por ello, el debate no lo ganará ninguno de los 6 participantes. El único que lo ha ganado y lo ha ganado de antemano, es el periodismo.

 

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