14 noviembre, 2019

El terror a Cristina: cuando ya la daban por terminada y querían verla presa, su revancha es la vuelta al poder

Primero fue el silencio como estrategia. Después, la presentación de un libro que sacudió no solo al mercado literario, sino al mundo político. Y ahora, ya como vicepresidenta electa, Cristina Kirchner no deja de provocar -sobre todo entre los grandes medios, el todavía oficialismo y sectores empresariales- el espanto que podría generar la vuelta de un fantasma, teniendo en cuenta que ya la habían jubilado tantas veces, o que dieron por muerto al kirchnerismo.

Por ejemplo, Jorge Lanata decía, allá por octubre de 2016 sobre CFK: “Ahora, usted sin nada es solo una pobre vieja enferma y sola peleando contra el olvido y arañando desesperadamente un lugar en la historia, que ojalá la juzgue como la mierda que fue”.

Por eso mismo, el retorno de Cristina al poder produce un sentimiento de odio, desprecio y pánico entre aquellos sectores que se quedaron con la sangre en el ojo, porque su único objetivo, a partir de diciembre de 2015, era verla tras las rejas.

En este contexto no resulta extraño entonces lo que en las últimas horas dijo el empresario británico Julian Cook, fundador de la línea aérea “low cost” Flybondi, al anunciar que dejaría la Argentina porque se siente “triste” por el resultado de las elecciones presidenciales, y sobre todo porque no puede creer que “Cristina volvió”.

Es que con un gobierno encabezado por Mauricio Macri, llegaron al imaginar que el éxito los acompañaría por muchos años más, y de ahí que, envalentonados como estaban los máximos referentes de Cambiemos, pronosticaban el fin del kirchnerismo, sumado al “no vuelven más”.

Evidentemente, quienes aseguraban que Cristina ya pertenecía al pasado y que su futuro inmediato una prisión, no tomaban en cuenta que la fortaleza de esa mujer era tan grande que fue capaz de sobreponerse una y otra vez a las gigantescas piedras que aparecían en su camino.

Y fue así que durante su presidencia tuvo que hacerle frente al brutal conflicto que desataron las entidades del campo, la pelea frontal con el holding de Héctor Magnetto, o la muerte del compañero de su vida, Néstor Kirchner. Cristina se quedó sola en El Calafate y en la política. Mantuvo las adhesiones, pero perdió a los interlocutores con los que aceptaba discutir.

Quizás interiormente subsista algún sentimiento de revancha por parte de la ex presidenta, cuando en algo más de un mes retorne al poder de la mano de Alberto Fernández.

Quienes están cerca de ella, aseguran que con la garantía de Axel Kicillof como gobernador bonaerense, las bancas propias en el Senado y Diputados, lo único que quiere es ahorrarse el mal trago de convalidar el retorno de los que se alimentaron de su poder y después la traicionaron.

Cristina está convencida de que ya ganó: superó lo que fue la derrota de 2015, y también la caída en 2017. Primero logró salir del aislamiento, después formateó la unidad del peronismo. Se protegió, ganó la iniciativa, armó la fórmula presidencial, y renunció a un tercer mandato como le pedían los sin votos. Y como si fuera poco, recuperó con un movimiento imprevisto los aliados que había perdido durante sus años en la Rosada.

Mientras tanto, puso a su hija Florencia a salvo de burda persecución de los tribunales federales, sorprendió a propios y extraños al publicar “Sinceramente”, un libro que se convirtió en best seller, y se corrió del centro sin resignar el poder.

En otras palabras, tanto por mérito propio como por fracasos ajenos, el kircherismo no sólo no murió sino que, en todo caso, su lugar fue ocupado por el cristinismo de la conciliación y la fórmula electoral de un peronismo de la unidad.

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