15 agosto, 2018

Por Pablo Ramos//Para no estar tan solo

Tal vez yo, que estuve con los trotskos del PO y fui parte del grupo de muchachos que fundaron el local de Avellaneda (allá por los últimos años de la dictadura), me haya vuelto peronista no sólo para seguir el mandato de mi padre y mi padrino, sino para sentir que ya no estaba más solo.

Y se trata un poco del famoso poema de Muhammad Ali, ¿recuerdan? Ese que compuso oralmente, frente al desafío de un estudiante blanco en una universidad blanca, luego de salir de la cárcel por negarse a ser carne de cañón en Vietnam. Salió sin nada (ni siquiera le habían dejaron la licencia para poder boxear) pero salió más entero de lo que había entrado. Y tengan en cuenta que había entrado bien entero. Lo que no te mata te fortalece, dicen las abuelas, y habrá de ser.

Entonces, para entender, y luego para dar a entender de dónde viene mi peronismo, les voy a contar dos historias. Una que tiene como protagonista a mi padre, y otra a mi querida hermanita, que murió el reciente diciembre del nefasto año pasado.

Campeón del amor

Mi padre tendría ocho o nueve años cuando, para la semana de reyes del año 50 o del 51, una caravana presidida por Eva Perón se detuvo en la esquina de Av. Mitre y Salta, justo debajo del viaducto de Sarandí. Cualquier persona que provenga de una familia de trabajadores, y recuerde sus sentimientos de niño, sabe cuál es el juguete más preciado y más difícil de meter en los zapatos de los reyes obreros, por más pastito y agua que se les ponga. Ese juguete es la bicicleta. Me contó mi padre que, abriéndose paso entre la multitud de piernas y los niños alzados que trataban de llegar al camión de bomberos acondicionado especialmente para Evita, repetía una frase como un rezo: “una bicicleta, señora, una bicicleta”. Al ver que se le hacía imposible llegar, y ante el miedo de que la caravana se pusiera en movimiento nuevamente, mi padre empezó a agitar las manos. Y ella, que había nacido para mirar lo que pocos quieren ver, lo señaló a él, a mi padre.

–Sentí, a mí me señaló, ¿entendés?

Claro que lo entendí. Como Caruso señaló a Fitzcarraldo, en la película Fitzcarraldo. Y aunque no se lo dije a mi papá, ahora se lo digo a ustedes: él habrá sentido lo mismo. Y fue entonces que bajó un muchacho (un ropero, dijo mi padre), uno de esos de la CGT que siempre la acompañaban a ella, lo alzó y lo llevó al encuentro del hada de los pobres.

–Una bicicleta, señora –dijo mi padre–. Para mí y para mis hermanos.

Ella lo miró con ternura. Y lo que me contó mi padre, que no puedo reproducir porque tal vez no sea lo suficientemente escritor para hacerlo, es la diferencia entre esa ternura y la lástima. La exacta diferencia existe entre sentir al otro ajeno o al otro propio. Y acá entra el poema: “Me: We” fue lo que dijo Muhammad Ali en esa universidad blanca del sur de los Estados Unidos. Pero Evita se había quedado sin bicicletas. Y se lo dijo al niño que era mi padre, a la vez que levantó en sus manos un par de patines nuevos.

–No me quedan más bicicletas, negrito –le dijo–. Salime campeón con esto.

Lo impresionante de la historia es que mi papá, que nunca había soñado en andar en patines, salió campeón en los torneos Evita de ese mismo año, seis meses después de esa caravana y de ese deseo casi cumplido. Y ganó la medalla que encontré este fin de año y que es la foto que aquí les mando. Tiempo después, unos años antes de que mi padre muriera, cuando me contó esta historia, le pregunté cómo es que en tan poco tiempo había aprendido a patinar y había salido campeón. Mi padre respondió algo que, creo yo, era la esencia de su peronismo.

–No sé. Me lo había pedido ella.

Los que están rotos

La historia de mi hermana tiene que ver con un día del niño y una fábrica de alfajores muy famosa de la ciudad de Avellaneda. El dueño de esa fábrica me lo contó hace unas pocas semanas (todavía me causa escozor escribir la frase “en el velatorio de ella”).

Resulta que mi hermana presidía un club llamado “Brisas del Plata”. El club que antes había presidido mi padre, en el cual nos criamos sanamente todos los pibes del viaducto. Un club que estuvo a punto de desaparecer en cada etapa neoliberal que atravesó el país y que, como tantos otros clubes de Avellaneda, fue recuperado por un gobierno peronista. Mi hermana era una persona muy importante para su comunidad, para su barrio, para los chicos de su barrio. Su barrio es mi barrio. Y resulta que todos los días del niño, todos los reyes y todos los 17 de Octubre se encargaba de organizar chocolates, meriendas, juegos, proyecciones de películas y todo tipo de actividad, para entretener a los chicos y darles un momento de felicidad, tratando de formar esa conciencia, esa idea casi nunca expresada en palabras, que es la esencia del ser peronista. La idea de que el yo tiene que convertirse en nosotros. Y para esos festejos Verónica preparaba todo, y lo hacía a plena voluntad de locomotora. Cortaba la calle sin pedir permiso en la municipalidad, alquilaba caminatas lunares o castillos inflables con plata de su propio sueldo, mangueaba leche, pan, dulce, juguetes de manera a veces prepotente a los comercios del barrio. La prepotencia de mi hermana era una prepotencia del amor. No apretaba a la gente, más vale, sino que los ponía con pocas palabras en una chicana moral, y la única manera de salir era donando algo. Y acá viene lo que me contó el dueño de la fábrica de alfajores, abajo, en las puertas del velatorio, en un momento en el cual yo no me animaba a entrar a ver todo eso que estaba en un cajón y que se me hacía imposible pensar que podía estar ahí adentro.

–Hay una cosa que aprendí de tu hermana. Te lo quería decir a vos, que sos escritor. La primera vez que ella vino a pedirme alfajores, para un día del niño, me acuerdo que la hice esperar bastante. No a propósito, sabés. Sino porque estaba enquilombado de cosas. Quilombo con el sindicato, ya sabés lo que es tener una empresa.

Yo lo sabía, había tenido varias empresas, pero no le dije nada.

–Cuando tu hermana me contó cuántos chicos eran, más de cien, a los que al menos le tenía que sumar un adulto que los acompañaba, le dije que no había problema, que había muchas cajas de alfajores rotos o mal envueltos. Que podía llevárselos todos. Ella se me quedó mirando y no dijo nada. Me miró con esa cara que miraba, ya sabés.

Yo sabía, seria le iba a decir, pero no le dije nada.

–¿Necesitás algo más? le dije. “Necesito los alfajores sanos” –dijo tu hermana–. “Rotos ya tengo a los pibes”. Y por supuesto que no solo se los di, sino que también senté un precedente para que viniera por alfajores todos los años.

Ya no va a venir más, pensé. Pero no le dije nada.

–Ya no va a venir más –dijo él–, y se fue.

Igualmente los pibes de mi barrio pueden quedarse tranquilos por dos cosas. Mi hermana dejó hijos y sobrinos que siguen el mismo camino. Me dejó también a mí, que trato de seguir ese camino. Y mucho más importante que a mí, a mi cuñado Juan José, el Pirri. Y si sueñan con una bicicleta, y no se la pueden comprar, le mandan una carta al intendente de Avellaneda y el sueño obrero se va a hacer realidad. Como allá, en el 50 o 51, un año antes de que muriera Evita, la primera mujer que nos mostró la diferencia entre decir Yo y sentir Nosotros.

 

Nota publicada en Página 12

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