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La Plata
21 abril, 2026
PAÍS

Milei fuera de sí: inflación al rojo y teorías de golpe para tapar el fracaso

El presidente Javier Milei mostró su peor versión: alterado, errático y buscando culpables donde no los hay. No podía digerir que la inflación medida por el INDEC —el mismo que su propio equipo económico reivindica— marcara un 3,4%. Un dato que, proyectado, lo deja al borde del 10% en apenas tres meses, cuando esa cifra había sido prometida para todo el año en el Presupuesto.

Antes de su exposición en AmCham, improvisó cambios de último momento. Ingresó acompañado por el jefe de Gabinete, Manuel Adorni, en medio de murmullos empresariales. En los pasillos ya circulaban comentarios incómodos: el contraste entre el ajuste feroz y ciertas conductas del poder empezaba a hacer ruido.

Fiel a su estilo, Milei optó por no hacerse cargo. En cambio, lanzó una acusación insólita: responsabilizó a un supuesto “intento de golpe de Estado” por parte del peronismo tras la derrota electoral en la provincia de Buenos Aires, donde Axel Kicillof se impuso con claridad.

“No fue gratis el intento de la política de generar un golpe de Estado…”, afirmó, mezclando sin demasiado rigor elecciones democráticas con desestabilización institucional. La confusión no fue menor: ¿ganar elecciones ahora es golpismo? ¿legislar desde el Congreso también?

En esa línea, cuestionó la aprobación de unas 40 leyes que —según él— buscaban romper el equilibrio fiscal. Entre ellas, normas vinculadas al financiamiento universitario, la discapacidad o el Hospital Garrahan. Es decir, políticas públicas básicas que el propio gobierno luego incumplió.

El argumento se volvió aún más endeble cuando intentó explicar la inflación. Sostuvo que “la política monetaria no cambió”, por lo que no se trataría de inflación sino de “un salto de precios”. Una distinción semántica que no cambia la realidad: los precios suben y el bolsillo no alcanza.

También apeló a factores externos: la educación, la guerra, el transporte y la carne. Una enumeración que, lejos de aclarar, evidenció la falta de un diagnóstico sólido.

En otro tramo, reivindicó la “moral” de su gestión: “Mentir está mal, estafar está mal”, dijo, asegurando que su gobierno no se apartará de los valores judeocristianos. Sin embargo, frente a él, más de un empresario recordaba en voz baja episodios incómodos: el escándalo de las criptomonedas, las denuncias en el área de discapacidad y el ya famoso “3%” que salpica al entorno más cercano del poder.

Sobre el final, redobló la apuesta: prometió más ajuste, más motosierra y pidió paciencia. Aseguró que trabajan 16 horas por día. Pero el problema no es la cantidad de horas, sino los resultados.

Cuando la inflación desmiente el relato, el poder entra en pánico. Y cuando no hay respuestas, aparecen los fantasmas: golpes imaginarios, enemigos difusos y excusas cada vez más débiles. Milei ya no pelea contra “la casta”: pelea contra la realidad. Y, por ahora, la realidad le está ganando.

 

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