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26 abril, 2026
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Del Muro de los Lamentos a Malvinas: el manotazo desesperado de un gobierno en crisis

Dicen que el presidente Javier Milei preguntó en el Muro de los Lamentos cómo seguir. La respuesta, claro, nunca la sabremos, pero los hechos parecen gritarla: más relato para tapar una realidad que se desmorona.

La parálisis del gobierno ya no se puede disimular. La economía no arranca, las fábricas cierran, los salarios se pulverizan y los alimentos y servicios se disparan sin freno. A eso se suma un jefe de Gabinete que evita dar explicaciones sobre los negociados y una interna feroz entre Karina Milei y Santiago Caputo que exhibe un poder desordenado, improvisado y cada vez más encerrado en sí mismo. Aquella promesa de la “mejor economía del mundo” quedó reducida a un slogan vacío.

El problema ya no es solo social. También es político. El gobierno dejó de ser una esperanza incluso para buena parte de quienes lo votaron. Y lo más inquietante para la Casa Rosada: el llamado “Círculo Rojo” empezó a mirar alternativas. El encuentro entre Mauricio Macri y Paolo Rocca fue más que una foto; fue una señal. En los pasillos del poder económico ya se escucha sin filtros: hace falta alguien “racional”. En ese radar aparecen nombres como Marcos Galperin, Jorge Brito, Patricia Bullrich y el propio Macri. Un dato que golpea más que cualquier encuesta.

Mientras tanto, el gobierno transita su propio infierno —sin dólares, sin rumbo y sin resultados— y sin el salvavidas externo que alguna vez insinuaron Donald Trump o figuras de su entorno económico. En ese contexto aparece el “nuevo relato”.

Un correo filtrado del Pentágono a Reuters abrió una puerta inesperada: la posibilidad de que Estados Unidos revise su postura sobre las Islas Malvinas en el marco de tensiones globales. El documento, atribuido al asesor Elbridge Colby, menciona incluso la opción de reconsiderar apoyos diplomáticos a territorios como las Malvinas. No es una decisión, ni una política concreta, pero fue suficiente para que el gobierno argentino montara una ofensiva discursiva.

De repente, una administración que nunca tuvo la soberanía como prioridad comenzó a hablar de “hermanas perdidas”. Milei y su canciller salieron a afirmar que las Malvinas “fueron, son y serán argentinas”. Un giro tan brusco como oportunista.

Porque conviene decirlo sin rodeos: no hay política soberana real detrás de esas palabras. Mientras declama patriotismo, el gobierno avanza en acuerdos que habilitarían mayor presencia militar extranjera en el sur del país, incluyendo la posibilidad de una base naval integrada en Tierra del Fuego. Es decir, discurso nacionalista hacia afuera, concesiones estratégicas hacia adentro.

La jugada es transparente: instalar Malvinas para correr el eje de una gestión económica que hace agua por todos lados. Un clásico recurso cuando faltan resultados. Pero el contexto ya no es el mismo. La sociedad está golpeada, cansada y menos permeable a las maniobras discursivas.

El gobierno cree que puede tapar el ajuste, el fracaso económico y el desgaste político envolviéndose en la bandera. Pero cuando el relato choca contra la heladera vacía, no hay Malvinas que alcance: lo que se cae no es el discurso, es el propio poder.

 

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