A San Bernardo lo fundaron nueve amigos que se juntaron a cenar en 1942 y decidieron crear un balneario desde cero. Juan Carlos Chiozza convenció a sus hermanos y a un puñado de conocidos de comprar 191 hectáreas de médanos en el Partido de General Lavalle, frente al mar, en un terreno que formaba parte de la estancia ganadera San Bernardo, propiedad de la familia Duhau. Así nació la Compañía Inmobiliaria del Este Argentino (CIDEA), la sociedad que le dio forma a lo que hoy es la ciudad más edificada del Partido de La Costa.
Si buscás micros a San Bernardo, vas a llegar a una ciudad que tiene un skyline de edificios en altura que sorprende para un lugar con menos de diez mil habitantes permanentes. Pero antes de los edificios había arena, mucha arena.
Los fundadores tuvieron que fijar los médanos plantando tamariscos, pinos y eucaliptos, nivelar el terreno y pavimentar sobre arena y concreto. Según registros locales, San Bernardo fue una de las primeras ciudades de América en lograrlo, entre 1946 y 1948, cuando todavía no había árboles en las calles.
La primera casa la construyó Francisco Monaldi en enero de 1946: un chalet que bautizó “Ranchito Pompeyano”. Para atraer comerciantes, los fundadores construyeron la Vereda Alta, un centro comercial elevado sobre el nivel de la calle, pensado para prevenir posibles crecidas del mar.
La estrategia para llenarla fue ingeniosa: cinco años sin cobrar alquiler a los primeros que se animaran a instalar un negocio. Esa vereda elevada sigue siendo el corazón comercial de la ciudad y una rareza arquitectónica en la costa argentina.
El loteo original tiene su propia lógica: las cuadras paralelas al mar miden 120 metros y las perpendiculares 80. Las calles que corren junto a la costa se llaman avenidas y las que van hacia el mar, calles numeradas. El trazado original contemplaba 19 manzanas de frente marítimo por 7 de fondo, hasta la actual Avenida Tucumán.
A partir de los años 60, un boom de construcción vertical le cambió el perfil a la ciudad y le dio ese aspecto de mini Punta del Este que contrasta con la tranquilidad de sus calles arboladas.
Lo que no aparece en las guías turísticas convencionales es que San Bernardo tiene un Observatorio de la Costa, sobre la Avenida Chiozza, desde donde se pueden ver planetas del sistema solar, galaxias y constelaciones, además de un sensor que mide el deterioro de la capa de ozono. También tiene un Museo de la Fundación, con fotos y objetos de los pioneros, en la calle San Juan 2441.
Cada diciembre, la Plaza de la Familia se transforma para la Fiesta Nacional del Sol y la Familia, el evento que abre oficialmente la temporada con bendición de aguas, desfiles de instituciones y espectáculos al aire libre. Y durante todo el verano, las playas de San Bernardo alternan entre aguas templadas y pardas cuando sopla el norte, y más frías pero azules cuando llega la sudestada. Los pescadores, que llegan antes del amanecer, lo saben mejor que nadie.
San Bernardo creció mucho desde aquella cena de 1942. Pero la lógica de los fundadores —nueve amigos que pusieron plata, trabajo y confianza en un terreno que nadie quería— sigue siendo la mejor historia que tiene para contar.
