
América Latina vive una verdadera revolución conservadora. La ultraderecha logró captar a una parte importante de la sociedad y construir un nuevo sentido común político, aprovechando especialmente el impacto de las nuevas tecnologías, los teléfonos celulares y las redes sociales.
Cada vez más, el individuo aparece aislado frente a una pantalla, convertido en un sujeto que se piensa como único y desconectado de los demás. En ese proceso se fue debilitando aquel sujeto social que vivía en comunidad: el club de barrio, el sindicato, la escuela, la plaza, el vecino que conocía al vecino y la solidaridad cotidiana.
Aquella comunidad donde un chico podía jugar a la pelota en el barrio y, si sus padres estaban trabajando, algún vecino podía cuidarlo, prácticamente desapareció. No es un dato menor. La fragmentación social también modificó la manera en que las personas se informan, se relacionan y construyen sus ideas políticas.
Los que peinamos canas hace mucho tiempo que no escuchamos hablar de una revolución. Durante décadas, desde la izquierda y desde los movimientos nacionales y populares, existió un sujeto político que imaginaba un proyecto capaz de transformar las estructuras de la sociedad para que las mayorías pudieran vivir mejor, con más derechos y garantías.
Ese sujeto colectivo hoy está debilitado.
Y la ultraderecha entendió antes que muchos de sus adversarios que una sociedad fragmentada, individualizada y atravesada por las redes sociales podía convertirse en terreno fértil para un discurso basado en el odio, el individualismo y la idea de que cada uno debe salvarse por su cuenta.
El problema del progresismo
Lamentablemente, buena parte del progresismo, demasiado aferrado a los límites institucionales de los procesos democráticos, ha mostrado dificultades para enfrentar, una vez que llega al gobierno mediante las urnas, a los grandes capitales nacionales y extranjeros.
Esos intereses cuentan, además, con aliados poderosos en sectores del sistema mediático y judicial.
Lula no pudo avanzar en todos los cambios que prometía. Petro enfrentó enormes dificultades. En la Argentina, Alberto Fernández y Cristina tampoco lograron concretar una transformación estructural capaz de modificar la relación de fuerzas.
Una excepción fue Andrés Manuel López Obrador en México, que impulsó reformas judiciales y una fuerte política de distribución de la riqueza.
El problema no es solamente ganar elecciones. El verdadero desafío aparece al día siguiente: qué se hace con el poder cuando finalmente se lo consigue.
Porque si un gobierno popular llega al Estado pero no se anima a tocar los intereses de quienes concentran la riqueza y el poder, termina administrando una realidad que tarde o temprano vuelve a favorecer a los sectores dominantes.
¿Qué le espera al peronismo en 2027?
El peronismo tiene por delante una enorme responsabilidad. En primer lugar deberá resolver su interna y, fundamentalmente, elegir un candidato que no tenga miedo de enfrentar a los grandes intereses del establishment económico y judicial.
Ya no alcanza con candidatos que busquen refugiarse en la llamada “avenida del centro”. La Argentina que viene necesita definiciones.
El próximo presidente deberá resolver la entrega de empresas y recursos a través del RIGI, la situación de los jubilados y los asalariados, recuperar derechos laborales, defender la salud y la educación públicas, enfrentar el drama de los alquileres y dar respuestas a millones de argentinos endeudados.
El peronismo debe volver a pensar en Perón.
En 1946 no le tembló el pulso. Impulsó el Estatuto del Peón, creó tribunales laborales para defender a los trabajadores, estableció el aguinaldo y las vacaciones pagas y expandió la salud y la educación pública. No dudo en el juicio político a la Corte Suprema y en una reforma constitucional.
El peronismo de aquellos años entendía que gobernar no significaba simplemente administrar lo existente. Significaba transformar la realidad.
Por eso el desafío de 2027 no consiste solamente en ganar una elección. El dirigente peronista que pretenda conducir los destinos de la Argentina deberá estar dispuesto a tomar decisiones profundas para sacar al país de la crisis y enfrentar intereses muy poderosos.
Para transformar esta dura realidad deberá presentar un programa claro, contundente y comprensible para la mayoría.
Entre sus principales propuestas deberían estar:
- Derogar los decretos de necesidad y urgencia del Gobierno libertario que vulneren derechos y atribuciones del Congreso.
- Recuperar salarios y jubilaciones mediante aumentos de emergencia y paritarias libres.
- Derogar la reforma laboral impulsada por el actual Gobierno.
- Replantear la relación con el FMI, renegociar la deuda externa y avanzar hacia una política exterior soberana, incluyendo el fortalecimiento de los vínculos con los BRICS.
- Modificar la composición de la Corte Suprema y terminar con un poder judicial concentrado y alejado de las necesidades de la sociedad.
- Construir un sistema tributario en el que quienes tienen mayor capacidad contributiva aporten más al financiamiento del Estado.
- Consolidar el control estratégico de YPF y de los recursos energéticos, diferenciando, cuando corresponda, los precios internos de los combustibles y el gas respecto de los valores de exportación.
- Impulsar una empresa nacional de minería que permita que una parte sustancial de la renta de los recursos naturales quede en manos de los argentinos.
- Reactivar la obra pública como motor del empleo y el desarrollo.
- Defender la salud, la ciencia y la educación pública como pilares de la movilidad social.
No alcanza con esperar el desgaste de Milei
El peronismo tiene por delante una enorme responsabilidad. No alcanza con señalar los errores de Javier Milei. Tampoco alcanza con esperar que el desgaste del Gobierno haga todo el trabajo electoral.
La política no se gana solamente denunciando al adversario. Se gana ofreciendo una alternativa.
Y esa alternativa tiene que ser suficientemente clara para que cualquier trabajador, jubilado, joven, empresario pequeño o comerciante pueda entender qué propone el peronismo para su vida cotidiana.
Para volver a ser mayoría hay que presentar un programa diferente, capaz de terminar con el ajuste brutal y reconstruir una sociedad donde el Estado vuelva a garantizar derechos.
En los años sesenta y setenta era común escuchar aquella frase atribuida a Eva Perón: “El peronismo será revolucionario o no será nada”.
Más allá de las discusiones históricas sobre la frase, el concepto conserva una enorme actualidad. Frente a una ultraderecha que propone retroceder en derechos, destruir las herramientas de protección social y convertir al mercado en ordenador absoluto de la vida colectiva, el peronismo no puede responder con tibieza.
Necesita volver a construir un proyecto de transformación.
No será fácil. Los sectores que defienden el poder económico tienen enormes recursos, medios de comunicación, influencia política y capacidad de presión.
Pero justamente por eso el desafío es mayor.
La ultraderecha entendió algo que buena parte del campo popular todavía discute: la política no se transforma con discursos moderados ni administrando el poder de los que siempre mandaron.
Si el peronismo quiere volver a ser mayoría, tendrá que dejar de mirar solamente las encuestas, abandonar la comodidad de la “avenida del medio” y animarse a discutir el poder de verdad.
Porque enfrente no hay solamente un gobierno. Hay un proyecto de sociedad.
Y para derrotarlo no alcanza con esperar que Milei fracase. Hay que ofrecer una revolución democrática, económica y social que vuelva a darle un horizonte a las mayorías.
Si el peronismo no se anima a construirla, otros ocuparán ese lugar. Y la ultraderecha seguirá avanzando sobre una sociedad cada vez más fragmentada, individualizada y resignada.
