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22 octubre, 2026
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Sobran las internas y faltan un líder y un proyecto de liberación: el peronismo se juega su futuro entre Kicillof y Massa

Por Alfredo Silletta

La Argentina de Milei atraviesa una crisis profunda. Cada día está más endeudada, con miles de fábricas cerradas, jubilaciones y salarios pulverizados, millones de familias que no llegan a fin de mes, tarifas y transportes dolarizados, obra pública paralizada y un Estado que se retira de la educación y la salud públicas. Frente a este escenario, el peronismo no puede limitarse a ser una oposición testimonial. Necesita construir las bases de un proyecto de transformación, con un liderazgo capaz de comprender la profundidad de la crisis y la dimensión de los cambios que reclama la Argentina.

El país necesita un dirigente que se anime a conducir, que tenga decisión política y que no tiemble ante los poderes económicos. Perón supo hacerlo en la Argentina de 1945; Mao Tse-Tung, en una China de enormes dimensiones; Fidel Castro, en la Cuba revolucionaria; Lula, en Brasil, y Andrés Manuel López Obrador, en México. También hubo liderazgos decisivos en otras tradiciones políticas: Churchill frente al nazismo y Roosevelt ante la crisis de 1929, cuando el New Deal incorporó herramientas inspiradas en las ideas de Keynes. Las circunstancias fueron diferentes, pero todos comprendieron que hay momentos históricos en los que no alcanza con administrar lo existente: hay que tomar decisiones y transformar la realidad.

El peronismo tiene por delante una discusión que no puede seguir postergando: cómo elegir a su próximo candidato y, sobre todo, para qué quiere volver a gobernar.

Mao Tse-Tung sostenía que “los problemas de carácter ideológico y los problemas de controversia en el seno del pueblo pueden resolverse únicamente por el método democrático, por medio de la discusión, la crítica, la persuasión y educación, y no por métodos coactivos o represivos”. La cita viene a cuento porque el peronismo necesita resolver sus diferencias mediante una competencia democrática, abierta y transparente, en lugar de repetir el mecanismo de las decisiones tomadas entre cuatro paredes.

Las PASO aparecen, en ese escenario, como el mejor instrumento para dirimir la disputa. Los dirigentes deben mostrar sus cartas, presentar sus propuestas y someterse a la decisión de los afiliados y de la sociedad. No se trata solamente de resolver una interna: se trata de terminar con la lógica de las candidaturas definidas de antemano, sin debate ni participación popular.

Cristina Fernández de Kirchner, quien durante años fue la principal referencia del peronismo y hoy cumple una condena injusta, parece decidida a impulsar nuevamente una candidatura de centro. En su trayectoria reciente aparecen los nombres de Daniel Scioli, Alberto Fernández y Sergio Massa. La hipótesis es que vuelva a apostar por una figura capaz de reunir apoyos más allá del núcleo duro kirchnerista, aunque esa estrategia abre interrogantes sobre el rumbo político y económico que debería adoptar un futuro gobierno peronista.

La expresidenta sostiene su reclamo contra la condena y busca llevar su situación al plano internacional. En el terreno político, la discusión sobre su futuro judicial también se cruza con el debate acerca de qué margen de acción tendría un próximo gobierno popular frente a los tribunales. En ese contexto, el nombre de Sergio Massa vuelve a aparecer como una alternativa. Cristina recibe habitualmente al dirigente de Tigre y, según las versiones que circulan, evaluaría una fórmula que podría incluir al santiagueño Gerardo Zamora o al sanjuanino Sergio Uñac. La apuesta sería competir en unas PASO con el respaldo del kirchnerismo más fiel.

Del otro lado aparece Axel Kicillof. El gobernador bonaerense se ha consolidado como una de las principales figuras del peronismo y, según distintas mediciones, se encuentra entre los dirigentes con mayor potencial electoral para enfrentar a Javier Milei. Todavía no formalizó una candidatura presidencial, pero viene recorriendo distintas provincias y construyendo una proyección nacional. Su planteo es que el candidato debe surgir de una interna en la que los peronistas puedan votar y decidir, y no de un acuerdo cerrado entre dirigentes.

La disputa entre Kicillof y Massa, sin embargo, no debería reducirse a una pelea de nombres, estructuras o lealtades. La pregunta central es qué proyecto representa cada uno y qué respuestas ofrecerá frente a una sociedad golpeada por el ajuste. Porque el peronismo puede pasar meses discutiendo candidaturas y terminar perdiendo de vista lo esencial: millones de argentinos necesitan saber qué va a cambiar en sus vidas si vuelve a gobernar.

Quien gane la interna tendrá una responsabilidad enorme. La Argentina que vendrá después de Milei necesitará un liderazgo con capacidad para enfrentar a la Embajada de Estados Unidos, al establishment económico y financiero, a los grandes grupos empresarios, a los medios hegemónicos y a un Poder Judicial cuestionado por amplios sectores de la sociedad. No será una tarea sencilla. Ningún gobierno podrá reconstruir el país si confunde gobernabilidad con resignación ni si acepta que los grandes intereses económicos decidan qué se puede y qué no se puede hacer.

El próximo presidente deberá representar a los trabajadores, los jubilados, la clase media, los pequeños empresarios, los estudiantes y todos aquellos sectores que hoy sienten que el Estado dejó de protegerlos. Kicillof, que según trascendió habría recibido el respaldo de Juan Grabois, tiene por delante el desafío de ponerse al frente de esas demandas y participar activamente de las luchas sociales que se avecinan. No alcanza con medir bien en las encuestas: hay que construir fuerza política, organización y un programa capaz de entusiasmar a quienes hoy desconfían tanto del Gobierno como de la oposición.

La historia demuestra que los grandes movimientos populares no se construyeron solamente alrededor de una candidatura. Perón, Mao, Fidel Castro, Josip Broz Tito y Gamal Abdel Nasser, con trayectorias y contextos muy diferentes, comprendieron que los momentos de crisis exigen decisiones de fondo. Para América Latina, aquella consigna que atravesó buena parte de las luchas de los años sesenta conserva una vigencia incómoda: liberación o colonialismo.

Perón entendió en la Argentina de 1945 que gobernar significaba modificar las relaciones de poder. Impulsó el Estatuto del Peón, fortaleció los tribunales laborales, estableció el aguinaldo y las vacaciones pagas y expandió la salud y la educación públicas. También promovió una reforma constitucional y avanzó contra una Corte Suprema con la que estaba enfrentado. Más allá de las discusiones históricas sobre aquella experiencia, el peronismo de esos años no concebía la política como una simple administración de lo existente: pretendía transformar las condiciones de vida de las mayorías.

Ese es el debate que el peronismo debe recuperar. Hay que revisar y derogar las leyes más regresivas del gobierno de Milei, replantear el Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI) y negociar con las empresas extranjeras desde una posición que defienda los intereses nacionales. El petróleo de Vaca Muerta y los minerales de la cordillera son recursos estratégicos de la Argentina: no hay razón para resignar soberanía ni capacidad de negociación en nombre de promesas de inversiones que no garantizan, por sí solas, desarrollo para el conjunto del país.

También será indispensable ponerle un freno al Fondo Monetario Internacional y discutir una salida que no vuelva a descargar el costo de la deuda sobre los trabajadores, los jubilados y los sectores populares. Néstor Kirchner lo expresó con una frase que sigue resonando: “Los muertos no pueden pagar”. Los argentinos no tienen por qué cargar eternamente con las consecuencias de los negociados y las decisiones del macrismo y el mileísmo.

La sociedad está desilusionada con el Gobierno y también con buena parte de la oposición. Por eso, el candidato peronista deberá hablar de los problemas concretos de la gente: cómo recuperar los salarios y las jubilaciones, cómo aliviar el endeudamiento de las familias, qué hacer con los alquileres, cómo reactivar la obra pública para generar empleo y desarrollo, cómo defender la industria nacional y cómo garantizar una salud, una educación y una ciencia públicas de calidad. También tendrá que explicar qué reformas judiciales propone para terminar con los privilegios, la impunidad y la falta de confianza en la Justicia.

No alcanza con prometer que todo volverá a ser como antes. El país que viene necesitará una alternativa seria, profunda y valiente, que defienda al Estado, el trabajo, la producción nacional y los derechos sociales, y que se anime a discutir con los sectores que se beneficiaron con el saqueo y la concentración de la riqueza. Un proyecto que vuelva a hablarles a quienes trabajan y producen, que recupere la esperanza y que no quede atrapado en las disputas interminables de la dirigencia.

El peronismo puede elegir a Kicillof, a Massa o a quien finalmente gane las PASO. Pero si el resultado es apenas un cambio de nombres, habrá perdido la oportunidad de reconstruir una alternativa nacional y popular. La Argentina no necesita un administrador prolijo del desastre de Milei: necesita un liderazgo con coraje, un programa de liberación y la decisión de devolverle el futuro a las mayorías. Porque las internas se resuelven con votos; la crisis de la Argentina, con política, organización y un proyecto que se anime a cambiarlo todo.

 

 

 

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