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17 julio, 2026
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Messi habló de los que no llegan a fin de mes y Milei perdió el control y estalló a los gritos

Durante meses, el Gobierno y sus voceros en los medios hegemónicos intentaron instalar la idea de que el kirchnerismo “odiaba” a la Selección Argentina y, especialmente, a Lionel Messi. Era un relato tan absurdo como peligroso que, afortunadamente, nunca logró imponerse en la sociedad.

Pero un partido frente a Inglaterra cambió el escenario. El sentimiento popular volvió a unir tres símbolos que ningún gobierno puede apropiarse ni borrar: Malvinas, Diego Maradona y Lionel Messi.

Mientras el país se emocionaba con el triunfo argentino, el Gobierno volvía a quedar del lado equivocado de la historia. Días antes, la ministra Alejandra Monteoliva había revelado que se había coordinado con el FBI para impedir que los hinchas exhibieran banderas con la consigna “Las Malvinas son argentinas” por considerar que se trataba de “contenido político”. Una explicación insólita para un país cuya Constitución Nacional sostiene el reclamo de soberanía sobre las islas.

El partido también reavivó otro debate incómodo para la Casa Rosada: la admiración pública que Javier Milei ha manifestado en reiteradas oportunidades por Margaret Thatcher, la primera ministra británica durante la Guerra de Malvinas y responsable política del hundimiento del ARA General Belgrano, donde murieron 323 argentinos.

La victoria por 2 a 1 frente a Inglaterra terminó con una imagen que recorrió el mundo: los jugadores levantando una bandera con la leyenda “Las Malvinas son argentinas”. Un gesto que emocionó a millones de argentinos y volvió a poner en primer plano un reclamo histórico de soberanía.

La reacción presidencial no tardó en llegar. Visiblemente molesto, Milei descalificó sin nombrarlos a los jugadores al afirmar que no había que caer en “slogans berretas, populistas y nacionalistas rancios”. También los calificó como personas “intrascendentes”. Sin embargo, mientras el Presidente intentaba minimizar el episodio, el mundo hablaba nuevamente de Malvinas y del reclamo argentino.

Pero el enojo presidencial no se explicaba solamente por Malvinas. También impactaron las palabras de Lionel Messi, quien describió con absoluta naturalidad la realidad cotidiana de millones de argentinos:

“Los Mundiales son especiales y nos olvidamos de todo lo mal que nos toca pasar: hay gente que la pasa mal, que no tiene trabajo o no llega a fin de mes, que la vive peleando.”

No fue un discurso político. Fue una descripción de la realidad. Y, justamente por eso, pareció incomodar al Gobierno. Porque cuando el mejor futbolista del mundo habla de quienes no llegan a fin de mes o perdieron su trabajo, resulta mucho más difícil sostener el relato de una Argentina que supuestamente ya salió adelante.

Según trascendió, Milei pasó gran parte del día descargando su bronca contra Messi, la Selección y hasta Claudio “Chiqui” Tapia, a quien responsabilizaba por su cercanía con el peronismo.

Como si fuera poco, el malhumor aumentó cuando fracasó en el Senado el intento de avanzar con la modificación de la ley sobre la compra de tierras por parte de extranjeros.

Horas más tarde, durante una exposición en la Bolsa de Comercio, el Presidente volvió a perder los estribos. Ante una frase de un empresario de más de 80 años, comenzó a insultarlo, lo trató de “kuka”, le sugirió que se fuera a vivir a Cuba y respondió a los gritos frente a cientos de asistentes. Incluso desde Presidencia intentaron que el hombre fuera retirado del salón, algo que las autoridades de la institución rechazaron porque se trataba de un antiguo socio que no había faltado el respeto a nadie.

Luego del episodio, el ingeniero Castellanos resumió el malestar que sienten muchos argentinos: cuestionó el aumento de la pobreza, el cierre de fábricas, la pérdida de puestos de trabajo y acusó al Gobierno de mentir de manera sistemática.

Un Presidente que reacciona con insultos cuando escucha una opinión distinta, que se irrita cuando Messi describe la realidad social y que se enfurece cuando la Selección reivindica a Malvinas exhibe algo más profundo que un mal momento: demuestra una preocupante incapacidad para aceptar aquello que millones de argentinos viven todos los días.

Gobernar no consiste en gritar más fuerte que los demás ni en insultar a quien piensa distinto. Cuando un Presidente pierde la calma frente a una bandera, una crítica o una simple descripción de la realidad, el problema ya no es la oposición, Messi ni Malvinas. El verdadero problema es un poder que parece haber confundido el ejercicio del gobierno con una pelea permanente contra todo aquel que se atreva a recordarle que la Argentina real está muy lejos del país que intenta vender desde un atril.

 

 

 

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