Un presidente cada vez más alejado de la realidad volvió a realizar anoche, junto a su entrevistador Luis Majul, una serie de afirmaciones que generan sorpresa. Javier Milei aseguró que su gobierno debió enfrentar siete intentos de golpe de Estado y que tuvo que reforzar la seguridad de la residencia de Olivos porque, según dijo, tiene “algunos enemigos pesados en el mundo” y también en la Argentina, aunque los locales serían, en sus palabras, “de vigesimoquinto orden”.
Pero la afirmación más llamativa llegó cuando habló de supuestos terroristas deportados por su gobierno. Milei sostuvo que durante el año pasado fueron deportadas unas 10.000 personas y que en lo que va de este año ya suman otras 20.000. Según afirmó, se trata de “gente que se infiltra de otros países para tratar de dinamitar el modelo argentino”.
La afirmación fue presentada sin mayores precisiones sobre quiénes serían esas personas, de qué países provendrían o cuáles serían las pruebas que permitirían calificarlas como terroristas.
El Presidente también volvió a cuestionar a los economistas que señalan los problemas de la economía y habló de “deshonestidad intelectual”. Según Milei, algunos remarcan los datos negativos por “el odio que le tienen a este gobierno”.
Al referirse al Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE), explicó que se trata de una serie con elevada volatilidad y sostuvo que su gobierno presta especial atención al indicador tendencia-ciclo porque, según argumentó, la economía está atravesando “muchos cambios estructurales”.
A partir de esa interpretación, Milei afirmó que actualmente la Argentina se encuentra en niveles máximos de consumo, exportaciones y PBI y proyectó que su gestión conseguirá “cuatro años seguidos de crecimiento”.
Sin embargo, cuando fue consultado por el aumento de la desocupación, que alcanzó el 7,9% en el segundo trimestre, el Presidente relativizó el dato y sostuvo que las cifras “no son sustancialmente distintas a las de 2023”. También señaló que el promedio histórico del país ronda el 9,8% y concluyó: “No tenemos un problema”.
En la misma línea, aseguró que “los salarios reales son más altos”, que existe “más bienestar” y que es “falso que el consumo no crece”.
Sobre la situación de la industria nacional, Milei justificó el avance de las importaciones y el cambio en los hábitos de consumo afirmando que “el consumidor paga por los bienes más baratos y gasta el dinero en otra cosa”. Según explicó, ahora los argentinos compran “en Temu o en Shein”.
Cuando llegó el momento de hablar del aumento del riesgo país, el Presidente volvió a responsabilizar a la oposición y presentó la situación como una oportunidad para profundizar su modelo.
“Esta es una oportunidad hermosa para la Argentina”, afirmó, y sostuvo que los argentinos deberán decidir entre “el modelo del futuro” y “el modelo de la decadencia de los últimos 100 años”.
En otro tramo de su discurso, aseguró que el 70% de los argentinos no quiere volver a ese pasado y calificó de “gente que vivió de la teta del Estado” o de personas “profundamente envidiosas y resentidas” a quienes, según su interpretación, sostienen posiciones contrarias a su gobierno.
El Presidente también encontró un responsable en el gobernador bonaerense Axel Kicillof, a quien cuestionó por su viaje a Nueva York y calificó de “energúmeno” que, según dijo, es observado “con desprecio por los datos” por los inversores.
Entre afirmaciones sobre supuestos terroristas infiltrados, enemigos que amenazan al Gobierno, una economía que según su relato estaría en niveles máximos y una desocupación que, al mismo tiempo, alcanza el 7,9%, el discurso presidencial vuelve a chocar con una realidad que millones de argentinos viven todos los días.
La pregunta queda flotando: ¿alguien los vio?
Porque mientras Milei habla de terroristas, golpes de Estado, enemigos y una economía en pleno auge, los datos que reconoce su propio discurso muestran otra escena. Y cuando la realidad empieza a incomodar, siempre parece haber un enemigo nuevo al que culpar.
Ese es, quizás, el verdadero problema: un Gobierno que parece cada vez más ocupado en explicar su propio relato que en responder por lo que ocurre en la Argentina.
