Charly García nos canta: «En Buenos Aires se ve que ya no hay tiempo de más». Pero también nos recuerda que «la alegría no es solo brasileña». Y esta vez, la frase tiene una fuerza especial: la victoria de Luiz Inácio Lula da Silva frente a Flávio Bolsonaro representa mucho más que un resultado electoral. Es un triunfo de la democracia, de la soberanía y de millones de brasileños que decidieron defender sus derechos frente al avance de la ultraderecha.
La alegría es también de los pueblos latinoamericanos que luchan por la libertad, por vivir con dignidad, por la justicia social y por no convertirse en el patio trasero de los Estados Unidos.
En una remontada histórica, Lula consiguió revertir el resultado de la primera vuelta y derrotó al candidato de la ultraderecha brasileña, respaldado políticamente por Donald Trump y por los sectores más conservadores del poder económico. El presidente obtuvo el 51,79 % de los votos válidos, frente al 48,21 % de Flávio Bolsonaro, una diferencia de más de 4,4 millones de sufragios.
Con 64,2 millones de votos, Lula alcanzó una de las mayores votaciones de la historia brasileña y consiguió un nuevo mandato presidencial. Además, protagonizó un hecho inédito desde el regreso de la democracia: por primera vez, un candidato que había terminado segundo en la primera vuelta logró imponerse en el balotaje.
No fue una elección más. Fue una disputa entre dos proyectos de país y dos maneras de entender la democracia, la economía y el papel de Brasil en el mundo.
De la pobreza al Palacio del Planalto
La historia de Lula es, en sí misma, una parte de la historia social de Brasil.
Nacido en una familia pobre del nordeste brasileño, en Pernambuco, conoció desde chico las privaciones y las dificultades que padecen millones de trabajadores. La vida lo llevó a San Pablo, donde se convirtió en tornero metalúrgico, se acercó al movimiento obrero y comenzó una trayectoria sindical que lo transformaría en uno de los principales dirigentes populares de América Latina.
Desde las luchas de los trabajadores hasta la Presidencia, Lula construyó un liderazgo que sobrevivió a derrotas electorales, persecuciones judiciales, campañas de desprestigio y una feroz polarización política.
Ahora, frente a una ultraderecha que parecía tener la victoria al alcance de la mano, volvió a demostrar que las elecciones no se ganan solamente con poder económico, campañas digitales o respaldos internacionales. También se ganan cuando millones de personas sienten que tienen algo que defender.
La remontada fue posible gracias a una movilización popular que superó las previsiones de muchos analistas. El propio Lula lo explicó después de votar en São Bernardo do Campo, el municipio del Gran San Pablo donde forjó su identidad sindical durante la lucha contra la dictadura.
«Nadie organiza las marchas; la gente salía a la calle. El pueblo salió a defender al pueblo, no a Lula», sostuvo.
La frase resume una de las claves de la elección. Más allá de la figura del presidente, una parte importante de la sociedad brasileña comprendió que estaba en juego mucho más que la continuidad de un gobierno: se discutía el futuro de la democracia y de los derechos conquistados.
La batalla contra el poder económico y la injerencia extranjera
La victoria de Lula también fue un revés para los sectores que apostaban por un triunfo de Flávio Bolsonaro. La campaña estuvo atravesada por la intervención de actores internacionales, las disputas en las redes sociales y la influencia de los grandes intereses económicos.
El presidente brasileño denunció durante la jornada electoral dificultades en el transporte público de algunas regiones periféricas. Según sus declaraciones, intendentes vinculados al bolsonarismo no habrían facilitado los colectivos necesarios para trasladar a los sectores más pobres hasta los centros de votación.
La controversia llegó a la Justicia Electoral y el Partido de los Trabajadores pidió extender el horario de votación para garantizar el derecho al sufragio. Finalmente, la elección terminó con una participación superior al 80 % del electorado habilitado.
La disputa también volvió a poner sobre la mesa el poder de las grandes plataformas digitales y la circulación de información falsa durante las campañas electorales.
Lula cuestionó la injerencia extranjera a través de las redes sociales y planteó la necesidad de establecer reglas para las grandes compañías tecnológicas. No se trata de una discusión menor: las plataformas se han convertido en actores centrales de la política contemporánea, con capacidad para influir en el debate público y en la circulación de información.
Tras conocerse los resultados, el mandatario fue contundente al señalar que Brasil no aceptará una relación de subordinación con ninguna potencia.
«Este país no acepta ser el patio del fondo de nadie», afirmó.
La frase tiene una dimensión que va mucho más allá de la política brasileña. En una América Latina atravesada por presiones externas, disputas por sus recursos naturales y debates sobre su autonomía económica, la defensa de la soberanía vuelve a ocupar un lugar central.
«Fue una derrota para la mentira»
En su discurso tras conocerse los resultados, Lula reivindicó el valor del voto y la participación ciudadana.
«Las personas fueron a votar porque logramos convencerlas de que el voto era muy importante para fortalecer la democracia en Brasil», expresó.
También cuestionó las mentiras que marcaron la campaña y apuntó contra su adversario.
«Fue una derrota para el negacionismo, una derrota para la mentira. Jamás imaginé que alguien pudiera mentir tanto, con tanta desfachatez, como si no tuviera ni una pizca de humanidad», sostuvo.
El presidente reelecto reconoció, además, que el resultado deja enseñanzas y obliga a revisar la manera de gobernar. «Estas elecciones me enseñaron muchas lecciones. Vamos a cambiar la manera de gobernar este país», aseguró.
Su mensaje combinó la celebración de la victoria con una advertencia: el triunfo electoral no resuelve automáticamente los problemas de una sociedad profundamente dividida. La reconstrucción de los vínculos sociales, la defensa de los derechos y la recuperación de la confianza ciudadana serán parte de los desafíos de su nuevo mandato.
Lula también agradeció especialmente a los jóvenes que se movilizaron para defender la democracia y a quienes participaron de la campaña a través de las plataformas digitales.
La elección dejó una señal política importante: la ultraderecha puede contar con recursos económicos, estructuras de comunicación y respaldos internacionales, pero nada de eso garantiza una victoria cuando una mayoría social decide defender otro horizonte de país.
Argentina: entre los saludos y el silencio de Milei
La victoria de Lula tuvo repercusiones inmediatas en la Argentina. Mientras el presidente Javier Milei no se sumó a las felicitaciones al mandatario brasileño, dirigentes de distintos espacios de la oposición destacaron el resultado electoral.
La expresidenta Cristina Fernández de Kirchner fue una de las primeras en expresar su alegría por el triunfo del dirigente del Partido de los Trabajadores.
«FELICITACIONES… primero al pueblo brasileño que hoy protagonizó un auténtico 17 de Octubre electoral y después… a usted, compañero presidente Lula, que en su séptima elección presidencial supo despertar en sus compatriotas sentimiento y sentido para ganar esta batalla», expresó.
La referencia al 17 de Octubre, fecha emblemática del peronismo, no pasó inadvertida. Cristina vinculó la movilización popular brasileña con una de las jornadas fundamentales de la historia política argentina: aquella en la que los trabajadores irrumpieron en la escena nacional para defender a Juan Domingo Perón.
También el gobernador bonaerense Axel Kicillof celebró el resultado y destacó el mensaje que deja la elección.
«Una noche histórica, un futuro mejor. Lula ganó las elecciones, dejando una lección: nunca hay que rendirse. No hay injerencia extranjera ni campaña de odio que puedan derrotar a un pueblo que defiende su soberanía y su dignidad. Felicitaciones, Lula. Gracias, Brasil. ¡Hay otro camino!», escribió.
A los saludos se sumaron Sergio Massa, Jorge Taiana, Myriam Bregman y otros dirigentes políticos argentinos.
La reacción de Milei, en cambio, volvió a dejar expuestas las diferencias políticas e ideológicas con el gobierno brasileño. En un escenario regional en el que la ultraderecha busca consolidar su influencia, la continuidad de Lula representa un contrapeso político de peso para los proyectos que promueven el ajuste, la desregulación y una mayor subordinación a los intereses de Washington.
Para la Argentina, la elección brasileña tiene una importancia estratégica. Brasil es el principal socio comercial del país y una pieza fundamental para cualquier proyecto de integración regional. Las diferencias entre los gobiernos pueden dificultar esa relación, pero la realidad económica y social de ambos países obliga a mirar más allá de las disputas personales.
La alegría no es solo brasileña
La victoria de Lula no significa que la ultraderecha haya desaparecido ni que los problemas de Brasil estén resueltos. Su adversario consiguió casi la mitad de los votos válidos y el país continúa atravesado por una profunda polarización. El desafío será gobernar para las mayorías, reconstruir consensos y responder a las demandas sociales que siguen pendientes.
Pero el resultado deja una enseñanza poderosa para toda América Latina: ningún proyecto político tiene asegurada la victoria para siempre y ningún pueblo está condenado a resignarse.
Cuando la política vuelve a hablar de derechos, dignidad, trabajo y soberanía, existe la posibilidad de construir una alternativa al odio y al individualismo. Cuando la militancia se organiza y las mayorías encuentran un horizonte común, las campañas del miedo pueden encontrar sus límites.
Por eso, la victoria de Lula también interpela a la Argentina. Frente al ajuste, la pérdida de derechos y la destrucción de las capacidades del Estado, la oposición necesita construir una propuesta que no se limite a denunciar lo que está mal, sino que vuelva a despertar esperanza y entusiasmo en las mayorías populares.
Charly García tenía razón: la alegría no es solo brasileña. Es de todos los pueblos que se niegan a entregar su futuro, que defienden su soberanía y que siguen creyendo que una sociedad más justa es posible.
Que tomen nota los profetas del ajuste, los vendedores de odio y los que creen que el destino de nuestros países se decide en Washington o en las oficinas de los grandes grupos económicos. Brasil acaba de demostrar que la historia no está escrita de antemano.
Hay otro camino. Y cuando los pueblos se ponen de pie, la alegría puede cruzar todas las fronteras.
