19 junio, 2019

Por Julio Fernández Baraibar // Ahora la culpa de todo la tiene Formosa

En el Clarín del 3 de abril de este año, en su sección Debates, salió publicada una nota firmada por Carlos Gervasoni, quien se presenta como politólogo y profesor-investigador de la Universidad Torcuato Di Tella. También agrega, aprovechando la oportunidad publicitaria que acaba de salir su libro Hybrid regimes within Democracies en la Cambridge University Press. Ignoramos con qué nombre se comercializa en castellano. La nota en cuestión lleva el título de Raíces provinciales del subdesarrollo (https://www.clarin.com/opinion/raices-provinciales- subdesarrollo_0_tI9V8Ys9V.html).

Para empezar y que quede claro desde el comienzo, el artículo del profesor Gervasoni es una retahila de lugares comunes liberales, mantras republicanos, sonsonetes antifederales y ditirambos a la alternancia con que semanalmente desborda las pantallas de los televisores la señora Elisa Carrió.

Como suele ocurrir con este tipo de académicos liberales, la nota comienza con un elogio a la política de Uruguay y Chile, a la que describe como más limpia que la de la Argentina. Inmediatamente afirma que “la Argentina del pasado, por ejemplo la de Frondizi e Illia, tenía muchos problemas, pero tampoco acusaba el actual nivel de deterioro institucional”.

Detengámonos un instante en estas dos afirmaciones. Ni Uruguay ni Chile, dos países que vivieron, en los años setenta dictaduras similares a la sufrida en nuestro país, han logrado juzgar y condenar a los militares y civiles que consumaron las brutales violaciones a los Derechos Humanos como lo hizo la aparentemente deteriorada calidad política de la Argentina. Pero este no es un dato que el profesor Gervasoni considere relevante.

Por otra parte, elogiar la Argentina de la época de Arturo Frondizi o de Arturo Illia, en comparación con la actual, significa que, para el profesor, la proscripción del movimiento político mayoritario, el Plan Conintes, la militarización de los ferroviarios, la amenaza permanente del gorilismo castrense, la anulación de elecciones, la colaboración con la dictadura brasileña para impedir el regreso de Perón, los golpes de Estado militares, la situación de permanente persecución al peronismo, entre otros aspectos que caracterizaron la política de aquellos años, fueron “muchos problemas” como dice el autor, sin que ellos menoscabasen la corrección institucional argentina.

El profesor-investigador estima, al pasar, que esta “medianía” no comenzó con el bombardeo a Plaza de Mayo, con el golpe de Estado de 1955, con los fusilamientos de 1956, con la permanente violación a los derechos y garantías constitucionales, con el exilio y la proscripción de Juan Domingo Perón. No, comenzó en “la violenta década del 70”, recortando así, a voluntad, el continuo histórico argentino en el cual esas tormentas fueron la consecuencia de aquellas tempestades.

Considera que “hubo en el actual período democrático dos largos episodios de agudo declive en nuestra calidad moral e institucional, el menemismo y el kirchnerismo, ambos caracterizados por tendencias hegemónicas, corrupción generalizada y una marcada politización de la justicia federal”. Esta afirmación apodíctica le permite ignorar los acuerdos entre Alfonsín y la cúpula militar procesista, que desencadenó los hechos de Semana Santa de 1987, el intento de poner a disposición del Poder Ejecutivo a un grupo de ciudadanos sin estado de sitio, las provocaciones al movimiento obrero, el apañamiento al ministro de la Corte Suprema Augusto Belluscio, sospechoso de haber arrojado por el balcón de un hotel en París a su amante Mirta Schwartzman, el papel de los servicios de inteligencia en la infiltración en marchas populares, como los sucesos de Modart o, por fin, la extraña y nunca aclarada participación de sectores del gobierno y el estado en el intento de toma del cuartel militar en La Tablada. Para no mencionar que olvida el uso de la Banelco, por parte del republicano Fernando de la Rúa, para intentar obtener una mayoría legislativa para sancionar una reforma laboral y el consecuente desaguisado con los fondos de la entonces SIDE, a cargo del banquero Fernando de Santibañes. Es decir, también acá el profesor Gervasoni determina a su voluntad y arbitrio cuales gobiernos considera institucionalmente correctos y cuales no.

Según este políglota politólogo , “una interpretación atribuye los excesos de Menem y el matrimonio Kirchner a su común pertenencia al Partido Justicialista, históricamente movimientista, personalista y antiliberal”. Al parecer, el argumento formaría parte de su propia convicción al respecto, dado que ni se preocupa por contradecirlo o criticarlo. No obstante, como entiende que es de un rampante gorilismo que, posiblemente tampoco sea tan bien visto en los ambientes académicos a esta altura del siglo XXI, a continuación hace conocer su principal aporte al enigma. Dice Gervasoni:

“Sin embargo, es probable que haya operado un factor común menos obvio: antes de ser presidentes, Carlos Menem y Néstor Kirchner fueron gobernadores de las muy poco democráticas provincias de La Rioja y Santa Cruz, respectivamente”. Sigamos el razonamiento de este sommelier de democracias en que se ha convertido el profesor Gervasoni.

“Ejercieron allí el poder casi sin límites, rodeados de jueces adictos y medios complacientes. Kirchner desarrolló en sus tres períodos de gobierno (1991-2003) equipos y esquemas que luego llevó a la Casa Rosada: ya contaba en aquellos años con la asistencia de Lázaro Báez, Julio De Vido y Ricardo Echegaray, entre otros, y ya le había vendido el 51% del Banco de Santa Cruz a la familia Eskenazi, a la que años más tarde alentaría a comprar, de forma muy turbia, el 25% de YPF”.

Como se ve, toda esta tremebunda parrafada no explica ni prueba nada. Néstor Kirchner fue gobernador por tres veces consecutivas, como resultado del voto popular y fue una muy buena gestión de las finanzas públicas santacruceñas lo que permitió su reelección. Pero acá aparece el argumento estilo Lilita Carrió, mirando de soslayo a la cámara: mencionar tres personas a las que el sistema judicial, mediático y de espionaje montado por el gobierno macrista ha intentado convertir en enemigos públicos número 1, a través de operaciones que día a día se evidencian como amañadas, con episodios de extorsión, chantaje, amenazas y corrupción judicial. La ominosa sombra de “la causa de las fotocopias” se proyecta sobre el razonamiento del investigador Gervasoni y convierte su intento académico en complicidad intelectual con los prevaricadores judiciales.

Pero el profesor aún no ha desplegado la totalidad de su teoría. Aquí viene:

“Ocurre que, a grandes rasgos, hay dos tipos de provincias desde el punto de vista electoral. En algunas, como Buenos Aires, Córdoba, Mendoza o Tierra del Fuego, la democracia funciona como se supone: hay intensa competencia electoral, los oficialismos a veces ganan elecciones (a menudo por márgenes estrechos y sin lograr mayoría legislativa), y otras las pierden”. (…) “En otras provincias, en cambio, el oficialismo triunfa indefectiblemente, generalmente con mayorías abrumadoras en votos y/o bancas. Así ocurre en Formosa, La Rioja, San Luis, Santa Cruz y Santiago del Estero”.

Y aquí está la madre del borrego, el vellocino de oro, la piedra filosofal del liberalismo semicolonial: la alternancia. La obsesión de la alternancia en el poder, la idea de que, en una verdadera democracia, dos o tres grandes partidos ocupan sucesivamente la Casa Rosada ha sido la idea misma del paraíso para el liberalismo argentino, representación en la cual el infierno es la posibilidad de reelección indefinida. Y acá Gervasoni va al meollo de la cuestión y tomando el toro por las astas declara:

“Tomemos el claro ejemplo formoseño. El PJ ganó todas las elecciones desde 1983. Gildo Insfrán fue elegido gobernador con el 59% de los votos en 1995, y desde entonces obtuvo cinco reelecciones consecutivas, todas con más del 70% de los votos. El casi cuarto de siglo que lleva en el poder es récord en la Argentina contemporánea”.

Al profesor Gervasoni ni se le pasa por la cabeza que el pueblo formoseño es el que ha permitido, con su voto, ese récord. Le basta con decir “cuarto de siglo” para que todo intento de explicar que eso es lo que los votantes formoseños han querido y defienden sea arrastrado por la imagen de un déspota asiático que impone su presencia omnímoda y arbitraria.

Y para que la imagen adquiera carnadura real, el politólogo y sommelier de democracias agrega:

“Solo 12 de los actuales jefes de estado de los casi 200 países del mundo han tenido mandatos más largos. Se trata en todos los casos de dictadores, por ejemplo los de Camerún, Chad, Congo, Kazajistán y Sudán. Los líderes democráticos que recordamos como políticamente longevos – Adenauer, Kohl, Roosevelt, Thatcher– gobernaron entre 11 y 16 años. Luego de 12 años en el cargo, la actual canciller alemana Angela Merkel logró ser reelegida en 2017 con apenas el 33% de los votos (y el 35% de las bancas)”.

Epa, profesor, no galope que hay aujeros.

Estamos hablando de un gobernador provincial, no de un jefe de estado. El gobernador de Iowa, Terry Brandstrand, ha gobernado su estado durante 22 años, y no son poco frecuentes los casos de gobernadores yanquis que lo han sido durante largos períodos. Con el mismo criterio científico que esgrime el profesor Gervasoni podríamos deducir que tanto Gildo Insfrán como Terry Brandstrand han gobernado tantos años debido a sus antecedentes noruegos.

Por otra parte, Tage Erlander, el creador de la Suecia moderna, fue primer ministro de su país por 23 años, sucediendo a Per Albin Hansson, que lo había sido por diez años. El Partido Republicano de los EE.UU. gobernó su país durante 48 años, de los cuales 25 años, entre 1860 y 1895, fueron consecutivos.

Podríamos, además, agregar que fueron justamente esos largos períodos de tiempo, esos largos mandatos populares, los que permitieron desarrollar y consolidar la gigantesca estructura industrial de los EE.UU. que hoy conocemos, en un país que salía de una devastadora guerra civil, o sentar las bases del despliegue industrial sueco y su economía de bienestar que, hoy, es vista con admiración por quienes permanentemente buscan modelos en el exterior de nuestra propia patria.

Por último, el profesor e investigador Carlos Gervasoni, aprovechando para hacer publicidad de su libro, sostiene sin falsa modestia: “En un reciente libro sobre democracia y autoritarismo provincial muestro que el factor que más consistentemente explica la falta de competencia democrática (y las frecuentes prácticas autoritarias) en varias provincias es la centralidad económica del Estado: la mayor parte de los trabajadores son empleados públicos, y una parte importantísima de los ingresos de las empresas y medios de comunicación locales proviene del presupuesto provincial”.

El profesor, como se ve, no intenta mostrar, como aconsejaría la modestia, sino que muestra algo que es común a la mayoría de las provincias argentina, incluídas aquellas donde la alternancia se le presenta como el desideratum democrático: el peso que el presupuesto provincial tiene en la actividad económica de la provincia. Ese fenómeno, derivado básicamente del atraso de la estructura productiva argentina, determinada por Buenos Aires, Santa Fe y Córdoba, de la incapacidad que han tenido todas las administraciones liberales desde 1955 en adelante, para poner en marcha un modelo económico que respete, fomente y desarrolle el federalismo de nuestra constitución. Ni Formosa, ni ninguna de las provincia que a los ojos del profesor porteño son fuente de degradación institucional, son responsables de la debilidad de su sector privado. Por el contrario, ha sido el estado provincial, en el caso de Formosa, por lo menos, que conocemos mejor, el principal factor de desarrollo económico del sector privado. Ha sido el Modelo Formoseño, impulsado desde la gobernación, lo que ha permitido unir los distintos circuitos productivos de la provincia, vincular al conjunto de la provincia con sus vecinos, con los puertos e, incluso entre los pueblos y ciudades de su propio interior. Ha sido, como ha ocurrido siempre, el estado el que ha promovido y facilitado la actividad privada, lejos de la distopía liberal de una iniciativa privada ahogada por la presencia del estado en manos de un autócrata perpetuado en el poder.

En realidad, señor profesor investigador Gervasoni, en estos más de treinta años de democracia, han sido los gobernantes oriundos de la ciudad de Buenos Aires y de la Provincia de Buenos Aires, como Alfonsín, De la Rúa y Macri, los que han eternizado el atraso y la falta de desarrollo de las provincias del interior. Y en el caso de Formosa, que ud. toma como ejemplo, hubo ministros que llegaron al límite de declararla “inviable”.

Y ha sido la voluntad de esa gente y de sus gobernantes electos por ellos mismos los que han hecho lo posible por sacarlas del atraso económico y, en muchos casos, del olvido de Buenos Aires.

Y la prejuiciosa y centralista visión porteña del profesor Gervasoni termina por hacerle escribir:

“Se trata entonces de distritos que viven mayormente de rentas (originadas en nuestro federalismo fiscal, y a veces también la explotación de hidrocarburos, como es el caso de Santa Cruz).

Al igual que ocurre en los países rentísticos (por ejemplo los emiratos petroleros del Golfo Pérsico), la democracia no prospera porque, allí donde prácticamente todos los actores relevantes dependen económicamente del Estado pocos quieren ser opositores.

Quien ha vivido de rentas -de la renta agraria- ha sido históricamente la oligarquía pampeana que tiene en la provincia de Buenos Aires sus propiedades y en la Ciudad de Buenos Aires sus viviendas. Quien ha tenido una conducta rentística ha sido ese sector social y el sistema financiero exportador-importador a él asociado. Las provincias como Formosa -a la que Buenos Aires obligó durante años a ser “no man’s land”, “tierra de nadie”, en la estúpida y aldeana idea de una invasión brasileña- tuvieron que luchar a brazo partido, sin recursos, sin asistencia y siendo despreciados, para ser reconocidos como provincia, para poder gobernarse por sí mismos, para conseguir educación, salud y bienestar. Como un emirato árabe petrolero se comportó históricamente la oligarquía porteña, dilapidando el recurso de la fertilidad pampeana. En Formosa, cuesta trabajo, sudor y dolor de cintura sacarle su riqueza a la tierra. Si algo no conoce el formoseño es el parasitismo rentístico del que habla el profesor porteño.
La democracia de nuestras provincias, el reconocimiento muchas veces plebiscitario de sus dirigentes no es otra cosa que resultado de la dedicación, la entrega y el cariño por el lugar en que han nacido y por sus coprovincianos. Que no venga el profesor Gervasoni a buscar las causas de la crisis argentina en los lejanos lugares que han resistido y encontrado respuestas a esa crisis

 

 

 

 

 

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