
Lo que Javier Milei no termina de entender es que una eventual visita del Papa León XIV a la Argentina no será una postal favorable para su gobierno, sino más bien un reflejo incómodo de la crisis social que atraviesa el país.
Luego de que el gobierno uruguayo confirmara que el pontífice visitará ese país en la primera quincena de noviembre, desde la Casa Rosada se apuraron a instalar la idea de una escala en Argentina. En ese marco, el propio Milei y su canciller dejaron trascender la posibilidad en redes sociales, mientras enviaban a la ministra Sandra Pettovello al Vaticano para intentar cerrar la visita.
El Presidente parece convencido de que, entre el Mundial y la llegada del Papa, los argentinos olvidarán la profundidad del deterioro económico: salarios pulverizados, jubilaciones de miseria, fábricas que cierran, tarifas de transporte cada vez más caras y una inflación que sigue golpeando con fuerza, especialmente en los alimentos. Pero esa lectura es, como mínimo, errada.
Porque si el Papa pisa suelo argentino, la voz que llegará al Vaticano no será la del gobierno libertario, sino la de los “hijos de Francisco”: una generación de obispos nombrados en los últimos años, profundamente ligados al trabajo territorial, a las villas y a los sectores más castigados.
El legado pastoral de Francisco no es un discurso abstracto, sino una práctica concreta que hoy se expresa en figuras como Marcelo Colombo, presidente de la Conferencia Episcopal Argentina, quien advirtió sobre el empobrecimiento acelerado de la clase media, que pasó de ayudar a necesitar asistencia básica para sobrevivir. También alertó sobre el crecimiento de la población en situación de calle y el impacto del retiro del Estado en áreas sensibles.
En la misma línea se ubica Jorge García Cuerva, arzobispo de Buenos Aires, heredero directo del perfil pastoral impulsado por Francisco. Cercano a los curas villeros y con fuerte presencia en los territorios más vulnerables, será quien encabece el Tedeum y se espera que su mensaje sea contundente. Días atrás fue claro al señalar que cuando el Estado se retira de los sectores más débiles, el daño es deliberado.
Otro exponente de ese mismo enfoque es Gustavo Carrara, arzobispo de La Plata, identificado con la pastoral villera y el trabajo social en los barrios populares con muy buen vinculo con Axel Kicillof. A ellos se suman Ángel Sixto Rossi, jesuita cercano a Bergoglio, y Víctor Manuel “Tucho” Fernández, uno de los teólogos de mayor confianza del Papa.
Todos ellos conforman una red eclesial que no sólo interpreta la realidad desde abajo, sino que además tiene llegada directa al Vaticano. Es esa mirada —la de los descartados, los empobrecidos y los invisibilizados— la que terminará marcando la agenda.
Milei podrá intentar convertir la visita papal en una foto de campaña, pero el riesgo es otro: que León XIV escuche lo que el Gobierno no quiere oír. Porque cuando hablen los obispos de Francisco, no habrá marketing que tape la realidad de un país que se cae a pedazos.
