Luego de permanecer diez días “encerrado” en la Residencia de Olivos, sin mantener contacto con ministros ni funcionarios, el presidente Javier Milei reapareció públicamente con la misma receta de los últimos tiempos: insultos, descalificaciones y ataques contra quienes se atreven a pensar diferente.
Esta vez, sin embargo, cruzó nuevos límites. El Presidente llegó incluso a cuestionar a las mujeres argentinas que defendieron el derecho al aborto legal y gratuito, acusándolas de tener “pasión por asesinar niños en el vientre”. Una declaración que volvió a poner en evidencia el nivel de agresividad con el que Milei se expresa cuando enfrenta posiciones que no coinciden con las suyas.
Pero no terminó allí.
Durante ocho horas, el Presidente volvió a concentrar buena parte de su energía en atacar al periodismo, al que llegó a calificar con expresiones como “mierdas humanas”. Y, como si no fuera suficiente, respaldó el planteo del ministro de Economía, Luis Caputo, en favor de avanzar con una legislación que podría limitar la libertad de prensa y condicionar a los medios que cuestionen al Gobierno.
En la última semana, la escalada de publicaciones y declaraciones agresivas volvió a ocupar buena parte de la agenda presidencial: insultos, acusaciones sin pruebas y ataques contra adversarios políticos, periodistas y ciudadanos que expresan posiciones diferentes. Una dinámica que parece haberse convertido en una herramienta habitual de comunicación del oficialismo.
Mientras Milei está fuera de sí contra quienes lo contradicen, hay otros temas sobre los que el Presidente y su Gobierno eligen mantener un llamativo silencio.
Uno de ellos ocurre en Ushuaia.
Un buque petrolero de bandera británica, el VS Promise, amarró en el puerto de la capital de Tierra del Fuego luego de realizar operaciones de carga en la terminal de Río Cullen, en el norte de la provincia. Se trata de una embarcación de 228 metros de eslora y con capacidad para transportar más de 500.000 barriles de petróleo.
La situación fue considerada “inadmisible” por el Gobierno de Tierra del Fuego, que cuestionó la presencia de una embarcación británica en el puerto de Ushuaia en un contexto particularmente sensible por la cuestión de soberanía sobre las Islas Malvinas y los territorios del Atlántico Sur.
El contraste resulta difícil de ignorar.
Para insultar a periodistas, dirigentes políticos, opositores y ciudadanos que piensan distinto, Milei encuentra tiempo y energía de sobra. Pero frente a la presencia de un buque de bandera británica en Ushuaia, el silencio oficial resulta ensordecedor.
Además, el puerto de Ushuaia se encuentra intervenido por el Gobierno nacional desde enero, por lo que la administración provincial de Gustavo Melella tiene limitadas sus posibilidades de intervención sobre la operatoria portuaria.
El episodio vuelve a abrir un debate que el Gobierno parece decidido a evitar: qué política de soberanía pretende llevar adelante frente a los intereses británicos en el Atlántico Sur y frente a la explotación de recursos naturales en aguas argentinas.
Mientras tanto, en el Congreso
En paralelo, el oficialismo intentará avanzar hoy en la Cámara de Diputados con una serie de iniciativas que forman parte de su agenda económica. Entre ellas aparecen la reforma de la Carta Orgánica del Banco Central, la actualización del régimen de Inocencia Fiscal y la adhesión de la Argentina al Tratado de Cooperación en materia de Patentes (PCT).
Para conseguir los votos necesarios, el oficialismo incorporó además una serie de proyectos de alcance provincial que funcionan como concesiones para obtener el acompañamiento de distintos sectores. Entre ellos aparecen la reducción del IVA para la fécula de mandioca, un beneficio que impactaría especialmente en Misiones; la declaración de Tucumán como Capital Nacional del Ecoturismo y la designación de Santa Cruz como Capital Nacional de la Natación en Aguas Frías.
El peronismo, por su parte, intentará llevar al recinto otros problemas que golpean directamente a la sociedad, entre ellos el creciente endeudamiento de las familias y la necesidad de mejorar las pensiones por discapacidad.
Como esos proyectos no fueron aprobados en las comisiones —donde el oficialismo mantiene el control—, deberán ser discutidos en el recinto, aunque el escenario de votación aparece complicado por la falta de los votos necesarios.
Más allá de las disputas parlamentarias, uno de los puntos que genera mayor preocupación es la reforma del régimen del Banco Central. La discusión no es menor: definir quién determina la tasa de interés, cómo se regula el crédito, de qué manera se administran las reservas y cuál será el régimen cambiario implica, en los hechos, decidir quiénes se benefician y quiénes pagan los costos de la política económica.
Y allí aparece nuevamente el verdadero problema.
Mientras el Presidente se encierra, reaparece y descarga su furia contra todo aquel que lo contradiga, el Gobierno avanza con reformas que pueden tener consecuencias profundas sobre la economía argentina. La discusión ya no debería reducirse a los insultos de Milei ni a sus permanentes peleas en las redes sociales. Lo que está en juego es mucho más grande: el salario, el crédito, las reservas, los recursos naturales y la soberanía.
Porque un Presidente puede gritar, insultar y descalificar a todos los que quiera. Lo que no puede hacer es utilizar ese ruido permanente para esconder las decisiones que afectan el futuro de millones de argentinos.
Milei puede estar fuera de sí. Pero la Argentina no puede darse el lujo de quedar a merced de sus desbordes. Mientras él pelea contra todos, alguien debería estar defendiendo al país.
