Se cumple hoy un nuevo aniversario de la denominada “Noche de los Lápices”, uno de los episodios más brutales de la represión ejercida por la última dictadura cívico-militar sobre los jóvenes. Hace exactamente 50 años, durante septiembre de 1976, un grupo de estudiantes secundarios de La Plata, varios de ellos militantes de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES), fueron secuestrado por integrantes del Ejército Argentino y de la Policía Bonaerense.
El episodio quedó grabado en la memoria colectiva como un símbolo de la persecución, el secuestro, la tortura y la desaparición forzada de jóvenes que militaban y participaban políticamente. En 1998, la provincia de Buenos Aires promulgó la Ley 10.671, mediante la cual se estableció que cada 16 de septiembre se conmemore el “Día de los Derechos del Estudiante Secundario”.
Pero este aniversario no será solamente una jornada de recuerdo.
Hoy, miércoles 16 de septiembre de 2026, exactamente medio siglo después de aquellos secuestros, los estudiantes secundarios vuelven a marchar en La Plata, en la Ciudad de Buenos Aires y en otras ciudades del país. Una nueva generación decidió que aquella historia no debe quedar encerrada en los libros ni convertirse en una fecha vacía del calendario escolar.
En La Plata, ciudad donde ocurrieron aquellos hechos, se espera una importante movilización que tendrá, como sucede todos los años, la participación del gobernador Axel Kicillof.
Un recuerdo que sigue vivo
Corría 1976. Hacía pocos meses, el 24 de marzo, las Fuerzas Armadas habían derrocado al gobierno constitucional de María Estela Martínez de Perón e iniciado una dictadura que puso en marcha un sistema represivo basado en el terrorismo de Estado, la persecución política, la tortura y las desapariciones forzadas.
En ese contexto, miles de jóvenes fueron perseguidos por su militancia política, sindical, estudiantil y social. Los estudiantes secundarios tampoco quedaron al margen de esa maquinaria represiva.
La llamada Noche de los Lápices comenzó el 16 de septiembre, pero los secuestros continuaron durante las noches siguientes. Un grupo de jóvenes estudiantes platenses vinculados a la UES y a la Juventud Guevarista fue secuestrado, trasladado a centros clandestinos de detención y sometido a torturas y vejaciones.
Francisco López Muntaner, María Claudia Falcone, Claudio de Acha, Horacio Ángel Ungaro, Daniel Alberto Racero y María Clara Ciocchini permanecen entre las víctimas de aquellos hechos. Pablo Díaz, Patricia Miranda, Gustavo Calotti y Emilce Moler sobrevivieron luego de permanecer secuestrados y sufrir torturas, antes de ser puestos a disposición del Poder Ejecutivo Nacional y trasladados a cárceles comunes.
Los jóvenes fueron llevados a distintos centros clandestinos de detención, entre ellos el Pozo de Arana, el Pozo de Banfield y el Pozo de Quilmes, además de dependencias policiales de La Plata y Valentín Alsina y el Polígono de Tiro de la Jefatura de la Policía de la Provincia de Buenos Aires.
La historia de aquellos estudiantes se convirtió con el paso de los años en uno de los símbolos más fuertes de la represión contra la juventud durante la dictadura.
La Justicia también reconstruyó aquella historia
Décadas después de los hechos, los tribunales comenzaron a reconstruir judicialmente el circuito represivo del que fueron víctimas los estudiantes.
En 2012, la causa conocida como Circuito Camps condenó a 23 represores, 15 de ellos a prisión perpetua, entre ellos Miguel Osvaldo Etchecolatz. Los hechos vinculados con los jóvenes de la Noche de los Lápices quedaron incluidos dentro de un universo mucho más amplio de víctimas del terrorismo de Estado.
La investigación judicial continuó posteriormente y tuvo una instancia especialmente relevante en el denominado “Juicio Brigadas”, una megacausa iniciada el 27 de octubre de 2020 que investigó el funcionamiento represivo de los centros clandestinos Pozo de Banfield, Pozo de Quilmes —incluido el Hospital de Quilmes, utilizado como maternidad clandestina—, El Infierno de Lanús, el Destacamento del Ejército 101 de La Plata y las áreas 112 de Lanús y San Justo.
La causa llegó al juicio oral con 18 imputados y permitió investigar los casos de 605 víctimas: 373 sobrevivientes, 189 personas que continúan desaparecidas y 31 asesinadas cuyos cuerpos fueron hallados posteriormente. Según los datos del proceso, la mitad de las víctimas tenía entre 18 y 29 años y el 8 por ciento eran niños.
La Justicia permitió así avanzar sobre una trama represiva mucho más amplia, reconstruyendo nombres, historias, centros clandestinos y responsabilidades.
Cincuenta años después
Ayer, martes, en el Patio Julieta Lanteri de la Universidad Nacional de La Plata, el rector Fernando Tauber encabezó la entrega del Doctorado Honoris Causa a Pablo Díaz, Emilce Moler y Gustavo Calotti y, de manera póstuma, a María Claudia Falcone, Francisco López Muntaner, Claudio de Acha, Horacio Ángel Ungaro, Daniel Alberto Racero, María Clara Ciocchini y Víctor Treviño.
El homenaje volvió a poner en primer plano a aquellos estudiantes que fueron arrancados de sus casas cuando todavía tenían toda una vida por delante.
Hoy, medio siglo después, sus nombres vuelven a las calles.
Los estudiantes secundarios marcharán nuevamente por La Plata y por otras ciudades del país. No lo harán solamente para recordar a quienes fueron víctimas de la dictadura, sino también para reivindicar el derecho de los jóvenes a estudiar, organizarse, participar, expresarse y construir su propio futuro.
Porque la memoria no es solamente mirar hacia atrás. También es una forma de defender el presente y discutir qué sociedad se quiere construir.
Que los lápices sigan escribiendo
Cincuenta años después, aquellos estudiantes ya no pueden marchar. Pero marchan otros.
Son los jóvenes de hoy quienes toman sus banderas, sus historias y sus nombres para decir que aquella tragedia no puede repetirse y que ningún proyecto de país puede construirse sobre el miedo, la persecución o el silencio.
La Noche de los Lápices dejó una enseñanza que atraviesa generaciones: cuando una sociedad pretende callar a sus jóvenes, la memoria termina convirtiéndose en resistencia.
Por eso hoy vuelven a marchar. Porque los lápices que quisieron quebrar hace 50 años siguen escribiendo. Y mientras haya estudiantes en las calles reclamando por sus derechos, organizándose y soñando con un futuro diferente, la memoria seguirá viva.
