Desde el psicoanálisis, Freud y posteriormente Lacan estudiaron la paranoia como una modalidad de funcionamiento psíquico en la que aquello que el sujeto no puede reconocer como propio puede ser proyectado hacia el exterior. El discurso persecutorio puede adquirir una lógica interna y sostenerse con una fuerte convicción, aunque eso no significa que corresponda analizar la psiquis de una persona desde una nota periodística.
No es tarea de este portal analizar la salud mental de nadie y mucho menos la del presidente Javier Milei. Lo que sí preocupa son determinados episodios ocurridos en los últimos días en la Residencia de Olivos y las decisiones adoptadas por el Gobierno, junto con las versiones que comenzaron a circular alrededor de la situación.
Según trascendió, el Presidente habría reaccionado con furia ante sospechas de un posible envenenamiento de uno de sus perros, que se encontraba descompuesto. También se informó que habría decidido echar al chef después de que, en dos oportunidades, le llevara un bife que no estaba preparado en el punto que él pretendía.
La palabra que aparece en distintos relatos es furia: gritos, enojo y una reacción que vuelve a colocar el foco sobre el clima que rodea al Presidente. Todo esto ocurre después de un período de diez días durante el cual Milei permaneció prácticamente encerrado y aislado, sin que se conocieran demasiados detalles sobre su actividad.
Mientras tanto, la reestructuración de la Quinta de Olivos ya tiene consecuencias concretas. Según la información difundida, fueron despedidos 12 trabajadores civiles que cumplían tareas en la residencia —entre ellos mozos, jardineros, cocineros y personal de limpieza— y cerca de un centenar de empleados fueron enviados a sus casas a la espera de ser trasladados a otros destinos.
El Gobierno justificó la decisión mediante un comunicado oficial en el que anunció que todas las tareas de la Quinta de Olivos quedarán centralizadas bajo la órbita de la Casa Militar. La explicación oficial habla de una supuesta “escalada de la inseguridad a nivel global” y de la visita del papa León XIV, prevista para noviembre, que demandaría un importante movimiento de personal externo para realizar obras y acondicionar los lugares donde se desarrollarán las actividades.
Sin embargo, la explicación oficial deja muchos interrogantes. El Papa cuenta con su propia custodia y, según la información de la Iglesia, no tiene previsto alojarse en la Residencia de Olivos. Su agenda contempla actividades públicas y visitas que lo llevarán a encontrarse con sectores sociales y trabajadores, además de lugares como el Cotolengo Don Orione y una cárcel.
El contraste político y social resulta evidente: mientras en Olivos se refuerzan los controles y se produce un profundo recambio del personal civil, afuera de la residencia crecen los problemas concretos que afectan a millones de argentinos.
En ese sentido, el último informe del INDEC sobre el mercado de trabajo mostró que la desocupación llegó al 7,9% durante el segundo trimestre del año, 0,3 puntos porcentuales por encima del mismo período del año anterior. El dato vuelve a poner en discusión los efectos de una política económica que tiene entre sus consecuencias despidos, cierre de fábricas y pérdida del poder adquisitivo.
La cifra representa un fuerte aumento respecto del piso alcanzado durante 2025. En los principales conglomerados urbanos, más de 200.000 personas habrían pasado a encontrarse en situación de desocupación en menos de un año, una cifra que treparía a unos 326.000 si se proyecta al conjunto de la población.
Y mientras los números de la economía golpean a los trabajadores, jubilados y sectores medios, el Presidente vuelve a concentrar buena parte de su energía en atacar a quienes difunden esos datos.
En las últimas horas, Milei volvió a utilizar sus redes sociales para insultar a periodistas. En uno de sus mensajes escribió: “Periodistas de mierdas, después se quejan cuando les digo que son mierdas humanas que se la pasan mintiendo. Son basuras repugnantes”.
La escena termina siendo difícil de ignorar. Afuera de Olivos, los datos oficiales hablan de desempleo creciente, salarios que pierden poder de compra, fábricas que cierran y familias a las que cada vez les cuesta más llegar a fin de mes. Adentro, en cambio, aparecen decisiones tomadas al calor de sospechas, enojo, gritos y una creciente desconfianza hacia quienes simplemente cumplen con la tarea de informar.
El problema no es solamente el malhumor presidencial ni sus habituales insultos en las redes sociales. El verdadero problema es cuando el poder empieza a encerrarse sobre sí mismo, a expulsar a quienes incomodan y a convertir toda crítica en una conspiración. Porque mientras el Presidente pelea contra periodistas, fantasmas y supuestas amenazas, la realidad sigue golpeando la puerta: desempleo, salarios deteriorados y una economía que no parece reconocer el relato triunfalista de la Casa Rosada.
