
El presidente Javier Milei atraviesa uno de los momentos más delicados de su gestión. Más del 60 por ciento de los argentinos rechaza sus políticas y su imagen positiva perdió más de 20 puntos en el último año. Sin embargo, hay un dato que debería encender todas las alarmas dentro del peronismo: lo que pierde Milei no se transforma automáticamente en votos para la oposición.
El problema no es menor. Mientras el Gobierno acumula desgaste por el deterioro de los salarios, las jubilaciones, el aumento permanente de las tarifas y el costo de los alimentos, millones de argentinos están cada vez más endeudados porque no llegan a fin de mes. A eso se suma una política económica que favorece a los sectores de mayores ingresos y deja a una parte importante de la sociedad soportando el peso del ajuste.
Milei hoy se mueve en una franja de entre 30 y 35 puntos de imagen positiva. Pero ese retroceso no encuentra todavía una alternativa opositora capaz de capitalizarlo plenamente. Axel Kicillof aparece como el dirigente peronista mejor posicionado, con mediciones que lo ubican entre los 33 y 38 puntos, aunque lleva aproximadamente un año sin lograr un crecimiento significativo.
Cristina Kirchner conserva un piso histórico cercano a los 30 puntos, mientras que Sergio Massa se mantiene entre los 10 y 15 puntos y carga con una imagen negativa elevada.
La pregunta, entonces, resulta inevitable: ¿qué está pasando con el movimiento fundado por Juan Domingo Perón?
Los candidatos del peronismo
Hoy el peronismo tiene tres nombres que concentran la discusión nacional: Axel Kicillof, Cristina Kirchner y Sergio Massa. El resto de los dirigentes todavía aparece lejos de los niveles de conocimiento, intención de voto o competitividad necesarios para disputar una elección presidencial.
Axel Kicillof
El gobernador bonaerense decidió hace más de un año avanzar en la construcción del Movimiento Derecho al Futuro. Desde entonces recorrió distintos puntos de la provincia de Buenos Aires y también comenzó a ampliar su presencia hacia otras provincias, como Córdoba, La Pampa, Corrientes, Chaco y Misiones.
Su decisión política es clara: 2026 debe ser un año de reconstrucción y las candidaturas se discutirán en 2027.
Kicillof intenta confrontar con las políticas libertarias sin convertir esa disputa en una pelea permanente con otros sectores del peronismo. Su apuesta es construir de abajo hacia arriba, consolidando territorio y organización.
Los números, por ahora, lo ubican como el principal candidato del espacio. En una medición de Alaska y Trespuntozero, Kicillof alcanza el 40 por ciento frente al 39 por ciento de Milei, aunque el Presidente mantiene un nivel de rechazo del 59 por ciento.
La paradoja vuelve a aparecer: Milei tiene un techo cada vez más visible, pero el peronismo todavía no consigue transformar ese rechazo en una mayoría política consolidada.
Cristina Kirchner
Cristina Kirchner continúa siendo una figura central dentro del peronismo, aunque su situación judicial y la imposibilidad de competir electoralmente condicionan cualquier estrategia futura.
La ex presidenta ha intentado llevar su situación al plano internacional y busca mantener abierta la posibilidad de participar políticamente. Una de las hipótesis que circula es la de competir en una interna para luego, ante una eventual imposibilidad de asumir, dejar en carrera a quien la acompañe en la fórmula.
El antecedente histórico que aparece en esta discusión es el de 1962, cuando Juan Domingo Perón al ver que había muchos candidatos se propuso para encabezar la fórmula junto a Adnres Framini de vice, sabiendo que está proscripto. A último momento, cuando se bajaron todos los candidatos renuncio y quedo Framini. El peronismo ganó aquella elección, pero las Fuerzas Armadas impidieron que Framini asumiera.
Sin embargo, las diferencias con aquella experiencia histórica son enormes. Cristina no es Perón y la Argentina de hoy no es la Argentina de 1962. La historia puede ofrecer enseñanzas, pero difícilmente pueda repetirse como una receta.
Como escribió Marx, la historia puede repetirse, primero como tragedia y después como farsa. El desafío del peronismo es evitar ambas.
Sergio Massa
Sergio Massa mantiene su aspiración de volver a competir por la Presidencia. Su argumento parte de un dato concreto: en 2023 ganó en primera vuelta y luego perdió frente a Milei en el balotaje.
Massa pretende contar con el respaldo de Cristina Kirchner y disputar con Kicillof una eventual interna peronista. Su interpretación es que el acompañamiento de la ex presidenta podría permitirle volver a ser competitivo.
Por ahora, los números no parecen acompañarlo.
Según una medición reciente de Roberto Bacman, Kicillof alcanza el 29,4 por ciento y Massa el 11,5 por ciento. Pero el dato más significativo aparece cuando el peronismo logra presentarse unido: en ese escenario alcanza el 41,5 por ciento frente al 34,4 por ciento de Milei.
La conclusión es evidente: dividido, el peronismo pierde potencia; unido, vuelve a ser competitivo.
Milei cae, pero el peronismo no crece
Este es, quizás, el principal problema que debería discutir hoy el peronismo.
No alcanza con esperar que Milei se desgaste. Tampoco alcanza con denunciar cada nuevo error del Gobierno. Mucho menos alcanza con confiar exclusivamente en el rechazo social al ajuste.
Si el Gobierno pierde apoyo y la oposición no crece, existe un vacío político. Y ese vacío puede ser ocupado por cualquier fuerza que consiga interpretar mejor las nuevas demandas de la sociedad.
El peronismo no debería tener miedo de defender claramente al Estado, de recuperar la idea de comunidad y de presentar propuestas concretas. Tampoco debería aceptar que el equilibrio fiscal sea presentado como el único objetivo posible de una política económica.
Juan Domingo Perón supo interpretar los cambios de época. Durante su exilio dialogó con dirigentes de distintas corrientes del nacionalismo popular y de la izquierda, entre ellos Mao Tse Tung, Fidel Castro, Josip Broz Tito y Gamal Abdel Nasser.
En sus escritos de aquellos años sostuvo que dentro del peronismo podían convivir distintas posiciones, pero mantuvo una definición estratégica: el peronismo debía ser un movimiento de liberación nacional.
La discusión, entonces, no era solamente económica. Era —y sigue siendo— una discusión sobre soberanía, independencia y proyecto de país.
Volver a enamorar con un proyecto
El peronismo no puede quedarse paralizado frente a la idea de que el mundo gira inevitablemente hacia la derecha. Tampoco puede aceptar que la política se reduzca a administrar el equilibrio fiscal mientras millones de personas no llegan a fin de mes.
Hay experiencias internacionales que muestran que todavía existe espacio para propuestas capaces de conectar con los problemas concretos de la sociedad. El fenómeno de Zohran Mamdani en Nueva York, por ejemplo, puso en primer plano cuestiones como el precio de los alquileres, el acceso a la vivienda, el transporte público, el cuidado infantil y el costo de los alimentos.
La lección no es copiar programas extranjeros. La lección es mucho más sencilla: cuando una fuerza política ofrece respuestas concretas a problemas concretos, puede volver a disputar el sentido común de una sociedad.
El peronismo necesita hacer exactamente eso.
Para volver a enamorar a los argentinos tiene que mirar hacia adelante y construir propuestas claras, contundentes y capaces de romper con la resignación. No debería tenerle miedo a Clarín, a La Nación ni a ningún otro medio de comunicación. Tampoco debería aceptar que sean otros los que definan qué puede y qué no puede discutir.
Hay cuestiones que deberían formar parte de un nuevo programa: limitar el uso abusivo de los decretos de necesidad y urgencia; recuperar el poder adquisitivo de las jubilaciones mínimas; garantizar paritarias libres; priorizar la educación y la salud pública; replantear la relación con el FMI; renegociar la deuda externa; profundizar la integración latinoamericana; avanzar en una reforma tributaria donde quienes tienen mayor capacidad contributiva aporten más; y encontrar una respuesta concreta para los millones de argentinos que están endeudados.
No se trata de volver al pasado. Se trata de recuperar una idea de futuro.
Porque si el 60 por ciento de la sociedad rechaza las políticas de Milei y el peronismo todavía no consigue transformarse en una alternativa clara de poder, el problema ya no es solamente Milei.
El problema es que todavía no apareció una propuesta capaz de ocupar el lugar que el Gobierno está dejando vacío.
Milei puede seguir cayendo. Sus números pueden continuar deteriorándose. El ajuste puede seguir provocando malestar y la realidad puede seguir desmintiendo el relato libertario.
Pero ninguna de esas cosas garantiza por sí sola el regreso del peronismo.
La política no se gana esperando que el adversario pierda. Se gana cuando alguien consigue ofrecerle a una sociedad una esperanza concreta, un rumbo y un proyecto de país.
Perón entendió que el peronismo no había nacido para administrar la dependencia, sino para discutirla. Tal vez la tarea urgente de esta generación sea volver a poner esa palabra sobre la mesa: liberación.
Porque si Milei se está quedando sin respuestas y el peronismo sigue mirando desde la tribuna, alguien más terminará ocupando el lugar que hoy está vacante. Y entonces la historia no será responsabilidad de Milei: será también responsabilidad de quienes tuvieron la oportunidad de construir una alternativa y no se animaron.
