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5 octubre, 2026
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El fantasma de la ultraderecha recorre América Latina: una ola que avanza sobre los derechos y los recursos de los pueblos

Por Alfredo Silletta

En su famoso Manifiesto Comunista, Karl Marx escribió una frase que quedó para siempre en la historia: “Un fantasma recorre Europa”. Hoy, casi dos siglos después, aquella expresión podría reformularse para describir lo que sucede en América Latina: un fantasma de la ultraderecha recorre el continente, desde Estados Unidos hasta Tierra del Fuego, avanzando sobre derechos conquistados, debilitando a los Estados y convirtiendo a nuestras sociedades en lugares más injustos, más desiguales y, sobre todo, más crueles con los que menos tienen.

El resultado de las últimas elecciones en Brasil volvió a encender las alarmas. El presidente Luiz Inácio Lula da Silva no logró imponerse en primera vuelta y deberá disputar el balotaje del 25 de octubre. El resultado fue inesperado incluso para el propio mandatario, que había reconocido que estaba convencido de que podía ganar en la primera vuelta. Sin embargo, también dejó en claro que la pelea todavía está abierta y que comienza una nueva etapa de campaña.

Lula llega a esta instancia con algunos indicadores económicos que, en principio, deberían jugar a su favor. Brasil consiguió controlar la inflación, mantener un crecimiento sostenido del PBI, exhibir un riesgo país relativamente bajo y atraer importantes inversiones. Incluso las reservas del Banco Central mostraban una situación sólida. Pero existe una vieja lección política que los gobiernos populares no deberían olvidar: los buenos números macroeconómicos no alcanzan cuando no se transforman en una mejora concreta en la vida cotidiana.

Los salarios magros, la inseguridad y las dificultades para llegar a fin de mes fueron erosionando la confianza de sectores populares que esperaban respuestas más rápidas y concretas. El endeudamiento de las familias para poder alimentarse y la sensación de que la recuperación económica no llegaba a todos fueron construyendo un clima de frustración. Allí aparece uno de los principales desafíos para Lula: volver a hablarle a quienes sienten que la política dejó de ocuparse de sus problemas cotidianos.

Y ese fenómeno no es exclusivamente brasileño.

Trump y la derecha consolidan posiciones

Donald Trump aparece como uno de los grandes ganadores políticos de esta nueva etapa latinoamericana. La derecha y la ultraderecha consiguieron imponerse en buena parte de las últimas elecciones realizadas en la región y construyeron una red política que trasciende las fronteras nacionales.

El trumpismo intervino abiertamente o expresó su respaldo a dirigentes como Daniel Noboa en Ecuador, José Antonio Kast en Chile, Nasry Asfura en Honduras, Rodrigo Paz en Bolivia, Keiko Fujimori en Perú y Abelardo de la Espriella en Colombia. En Brasil, el respaldo también alcanzó al espacio de Flávio Bolsonaro. En la Argentina, durante las elecciones intermedias, el gobierno de Trump también había jugado abiertamente a favor de Javier Milei.

No se trata, entonces, de una sucesión de fenómenos aislados. Existe una estrategia continental de las derechas, con dirigentes que comparten discursos, enemigos, métodos de comunicación y una misma concepción sobre el Estado y la economía.

La receta suele repetirse: menos Estado, menos derechos laborales, menos impuestos para los sectores concentrados, privatizaciones, desregulación, ajuste del gasto público y una fuerte apelación al miedo, la inseguridad y la confrontación cultural.

El problema es que detrás de la retórica de la libertad muchas veces aparece una libertad bastante particular: libertad para que los grandes grupos económicos hagan negocios, mientras los trabajadores pierden derechos y los sectores populares quedan cada vez más desprotegidos.

América Latina vuelve a convertirse así en un territorio en disputa. Sus recursos naturales, sus minerales estratégicos, su energía, sus alimentos y sus enormes reservas de agua despiertan el interés de las grandes potencias. Y la historia latinoamericana demuestra que cuando los pueblos pierden capacidad de decisión sobre sus recursos, la soberanía termina pagando la cuenta.

El desafío de los gobiernos populares

Pero sería demasiado sencillo responsabilizar exclusivamente a las derechas por este avance.

Los gobiernos populares también tienen una responsabilidad. Cuando quienes gobiernan en nombre de los sectores populares no logran mejorar de manera concreta sus condiciones de vida, dejan un vacío que rápidamente ocupa la derecha. Y ese vacío no se llena con discursos, estadísticas ni explicaciones sobre la herencia recibida.

La política necesita volver a hablar de salarios, vivienda, trabajo, educación, salud, seguridad y futuro. Necesita recuperar la capacidad de ofrecer una esperanza concreta a quienes sienten que nadie los escucha.

Porque una parte de los sectores populares que terminan votando a la derecha no necesariamente se convirtió en defensora de los intereses de los grandes grupos económicos. Muchas veces simplemente está cansada, decepcionada y buscando una salida.

Ese es el enorme desafío que tienen Lula y los gobiernos populares de la región: volver a interpelar a los que quedaron afuera, a los que no llegan a fin de mes, a los trabajadores precarizados, a los jóvenes sin expectativas y a esos descartados de los que tantas veces habló el papa Francisco.

La disputa, en definitiva, no es solamente electoral. Es una batalla por el modelo de sociedad que tendrá América Latina en los próximos años.

La derecha y la ultraderecha entendieron algo antes que muchos sectores progresistas: el descontento también puede convertirse en una herramienta de poder. Por eso avanzan con discursos simples, enemigos claros y promesas de soluciones rápidas, mientras detrás de escena se discute quién se queda con la riqueza y los recursos de nuestros países.

El fantasma que recorre América Latina no es invencible. Pero tampoco se lo derrota mirando encuestas, celebrando viejas conquistas o explicando por qué la gente debería estar conforme.

Si los gobiernos populares no consiguen volver a darle esperanza y respuestas concretas a los de abajo, la derecha seguirá vendiendo como “libertad” lo que en realidad termina siendo una nueva forma de sometimiento. Y cuando los pueblos descubran que detrás de la motosierra, el odio y el discurso de la libertad solo estaban los mismos de siempre quedándose con todo, puede ser demasiado tarde.

 

 

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