El presidente Javier Milei volvió a ofrecer una imagen que generó polémica tanto dentro como fuera del país. Se convirtió en el primer mandatario argentino en asistir a la celebración del Día de la Independencia de Estados Unidos organizada por la embajada norteamericana en Buenos Aires.
Acompañado por gran parte de su gabinete, Milei no sólo participó del evento protocolar: bailó al ritmo de Y.M.C.A., de Village People, posó sonriente para las fotografías y celebró junto a funcionarios estadounidenses, mientras millones de argentinos atraviesan una situación económica cada vez más difícil.
Durante la ceremonia también recibió un nuevo respaldo explícito del gobierno de Donald Trump, que llamó a profundizar “ahora” la alianza bilateral entre ambos países.
La escena dejó una imagen que para muchos simboliza el rumbo de la política exterior del Gobierno: un Presidente más preocupado por exhibir su cercanía con Washington que por defender los intereses nacionales en un contexto de caída del consumo, cierre de empresas, aumento del desempleo y pérdida del poder adquisitivo de salarios y jubilaciones.
Las imágenes de Milei abrazado al embajador estadounidense Peter Lamelas y bailando en la celebración recorrieron rápidamente las redes sociales y despertaron fuertes críticas. Para sus detractores, no se trató de un simple gesto diplomático, sino de una demostración de subordinación política y simbólica que contrasta con la tradición histórica de la Argentina de sostener una política exterior basada en la defensa de su soberanía.
Mientras la industria nacional se apaga, el empleo se deteriora y millones de argentinos hacen esfuerzos para llegar a fin de mes, el Presidente eligió celebrar y bailar en la embajada de una potencia extranjera. La diplomacia puede exigir buenas relaciones internacionales, pero otra cosa muy distinta es confundirlas con una exhibición de admiración que, para muchos argentinos, resulta tan innecesaria como humillante para la investidura presidencial.
