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11 septiembre, 2026
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Armas para Milei, hambre para los trabajadores: el Gobierno celebra la inflación mientras ajusta salarios y jubilaciones

Mientras el Gobierno celebra el dato de inflación de agosto, la realidad cotidiana de millones de argentinos cuenta otra historia: salarios que pierden poder adquisitivo, jubilaciones que no alcanzan y un consumo cada vez más paralizado.

Mientras el presidente Javier Milei destina millones de dólares a la compra de equipamiento militar —primero los aviones caza F-16 y ahora más de US$140 millones para adquirir cuatro helicópteros UH-60L Black Hawk reacondicionados—, los jubilados continúan sobreviviendo con un bono de apenas $70.000 y los trabajadores enfrentan ingresos que siguen corriendo por detrás de los precios.

El propio Presidente había asegurado que la inflación de agosto sería del 0%. Una vez más, la realidad volvió a desmentir el relato oficial. La inflación del mes se ubicó en 1,7%, mientras que la variación interanual alcanzó el 33,5% y el acumulado en lo que va del año llegó al 21,3%.

El dato general, sin embargo, esconde aumentos mucho más fuertes en algunos de los gastos que resultan imprescindibles para cualquier familia.

La división que más aumentó durante agosto fue Vivienda, agua, electricidad, gas y otros combustibles, con una suba del 2,8%. Educación registró el segundo mayor incremento, con 2,5%, mientras que Salud y Bienes y servicios varios avanzaron 2,4%. Comunicación aumentó 2,3%, mientras que Bebidas alcohólicas y tabaco tuvo una suba del 2,1%.

En tanto, Alimentos y bebidas no alcohólicas registró un aumento del 1,7%, igual al nivel general, pero fue el rubro que mayor incidencia tuvo en la variación mensual en las distintas regiones del país. El incremento estuvo impulsado principalmente por verduras, tubérculos y legumbres, frutas, pan y cereales.

Entre los pocos rubros que mostraron una baja se encontraron Prendas de vestir y calzado, que retrocedió 0,6%, mientras que Recreación y cultura no presentó variación durante el mes.

Pero hay un dato todavía más contundente para medir el impacto sobre los hogares. La Canasta Básica Total (CBT), que determina la línea de pobreza, se aceleró un 2,6%. De esta manera, una familia tipo necesitó más de $1.600.000mensuales para no ser considerada pobre.

Por su parte, la Canasta Básica Alimentaria (CBA), utilizada para establecer el umbral de indigencia, también aumentó 2,6%. Así, una familia necesitó ingresos mínimos de $726.469 para no caer por debajo de esa línea.

Los números que el relato no puede esconder

Pese a que el Gobierno vuelve a autoelogiarse por el número de inflación de agosto, la realidad es muy distinta. Una inflación que se desacelera sobre la base de una economía en recesión, con el consumo paralizado y familias que no llegan a fin de mes, difícilmente pueda presentarse como un éxito social.

El problema no es solamente cuánto aumenta cada mes el índice de precios. El problema es con qué ingresos deben enfrentar esos precios los argentinos.

Si los salarios están pulverizados, las jubilaciones pierden capacidad de compra y las familias recortan alimentos, medicamentos, educación, ropa y hasta actividades recreativas, el 1,7% deja de ser una cifra tranquilizadora y se convierte en la fotografía de una economía que se enfría a fuerza de ajuste.

Porque bajar la inflación no significa necesariamente mejorar la vida de la gente. También puede ocurrir porque la gente dejó de comprar.

Y ahí aparece la verdadera pregunta que el Gobierno intenta evitar: ¿de qué sirve celebrar una inflación del 1,7% si cada vez son más las familias que tienen que elegir qué pagar, qué comprar y qué dejar para después?

El relato puede festejar el número. Pero cuando los salarios no alcanzan, las jubilaciones están congeladas y el consumo se desploma, la supuesta estabilidad tiene un nombre mucho menos amable: ajuste

 

 

 

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