
Mientras avanzan gobiernos de derecha en América Latina —tras el triunfo de Laura Fernández en Costa Rica— el presidente estadounidense Donald Trump acelera su ofensiva contra Cuba y vuelve a encender las alarmas en toda la región. Con el viejo libreto del enemigo externo, la Casa Blanca declaró a la isla como una “amenaza inusual y extraordinaria para la seguridad y la política exterior de Estados Unidos” y anunció que aumentará la presión económica hasta asfixiarla.
La advertencia no es menor: Trump amenazó con imponer sanciones y aranceles a los países que vendan petróleo a Cuba, en una escalada que recuerda los peores momentos de la Guerra Fría. Se trata de la mayor amenaza contra la isla desde el intento de invasión en Playa Girón en 1961 y la crisis de los misiles de 1962, cuando el mundo estuvo al borde de una guerra nuclear.
El petróleo como arma
Luego del secuestro del presidente Nicolás Maduro, el gobierno estadounidense prohibió que Venezuela continúe vendiendo petróleo a Cuba. La isla necesita alrededor de 110.000 barriles diarios para sostener su funcionamiento básico. De esa cifra, unos 40.000 se obtienen de yacimientos propios en la costa norte, mientras que los restantes deben importarse. La falta de divisas y el bloqueo financiero hacen que ese volumen nunca se complete, provocando apagones, escasez de combustible y parálisis productiva.
Hasta hace poco, Venezuela aportaba entre el 30% y el 35% del petróleo que necesita Cuba. Tras la ofensiva contra Caracas, esos envíos se interrumpieron y no hay perspectivas de que se reanuden en el corto plazo.
México es otro proveedor clave, pero Washington ya dejó trascender que presionará al gobierno de Claudia Sheinbaum para que no venda petróleo a la isla. Desde México advirtieron que una medida de ese tipo podría “desencadenar una crisis humanitaria de gran alcance”, afectando directamente a hospitales, la alimentación y los servicios básicos del pueblo cubano.
Cuba advierte: no es solo economía, es guerra integral
El presidente cubano Miguel Díaz-Canel fue contundente durante una reunión del Partido Comunista de Cuba. Señaló que la agresión contra Venezuela estuvo precedida por una intensa campaña económica, política y mediática, junto con el mayor despliegue militar estadounidense en el Caribe en más de 20 años.
“Son los mismos pretextos que ya están construyendo contra nosotros para justificar una agresión a Cuba”, afirmó Díaz-Canel, y agregó que lo que enfrenta la isla no es solo un bloqueo económico sino una guerra ideológica, cultural y comunicacional.
El mensaje es claro: Cuba no es un caso aislado. Es el primer objetivo de una estrategia que apunta a disciplinar a toda América Latina.
Gobiernos sumisos y memoria histórica
Salvo excepciones como México, Brasil y Colombia, buena parte de los gobiernos de derecha de la región apoyan sin disimulo la política de Trump y parecen cómodos en su rol de “patio trasero” del imperio. Celebran la subordinación, entregan recursos y callan frente al atropello.
Vale recordar, frente a este escenario, una decisión histórica del general Juan Domingo Perón. Al regresar al gobierno, ordenó reanudar las relaciones diplomáticas con Cuba y, a fines de 1973, rompió de hecho el bloqueo norteamericano mediante un acuerdo de cooperación económica y comercial.
Argentina le otorgó a Cuba un crédito inicial de 200 millones de dólares —ampliable hasta 1.200 millones— que permitió la exportación de camiones, tractores, ómnibus y automóviles de producción nacional. Solo FIAT Concord vendió a la isla 5.000 camiones pesados, 1.000 tractores y 6.000 automóviles por un valor de 120 millones de dólares.
En febrero de 1974, Perón le escribió una extensa carta a Fidel Castro reflexionando sobre el destino de América Latina. Fidel respondió destacando el gesto soberano del gobierno argentino: “No hay mejor respuesta latinoamericana para este bloqueo que los acuerdos de la República Argentina con Cuba”.
América Latina, una nación inconclusa
Hoy muchos se preguntan cómo es posible que un nuevo fascismo avance, controle territorios y se quede con los recursos de la región. Tal vez la respuesta esté en las palabras del historiador Jorge Abelardo Ramos, quien en Historia de la Nación Latinoamericana advertía que el subdesarrollo no es solo económico, sino profundamente histórico.
América Latina no es pobre porque esté dividida: está dividida y por eso es pobre. El subdesarrollo es hijo de la fragmentación. Resolver la cuestión nacional latinoamericana es la tarea pendiente.
“Fuimos argentinos porque fracasamos en ser americanos”, escribió Ramos. En esa frase se condensa todo nuestro drama y también la clave de la revolución que todavía está por venir.
La noche vuelve a avanzar sobre América Latina. Trump ataca a Cuba, amenaza a sus aliados y prueba hasta dónde puede llegar sin resistencia. Pero la historia enseña que ningún imperio es eterno. Como escribió Marx en El 18 Brumario, el topo de la historia cava en silencio: puede desaparecer por momentos, pero nunca retrocede. Siempre avanza. Y cuando vuelva a salir a la superficie, no será para pedir permiso, sino para cambiarlo todo.
