Javier Milei volvió a mostrar en público el costado más agresivo de su discurso. En el cierre del Council of the Americas, el Presidente cargó contra empresarios, trabajadores, dirigentes opositores y mujeres, reivindicó la lógica del mercado aun cuando implique la desaparición de empresas y volvió a utilizar una retórica cargada de insultos contra quienes cuestionan su gestión.
Lejos de ofrecer respuestas frente a una economía que golpea a los sectores productivos y deteriora el poder adquisitivo de los trabajadores, Milei eligió redoblar la apuesta ideológica.
En uno de los momentos más polémicos de su discurso, sostuvo que las empresas consideradas “prebendarias” deben desaparecer:
“Si queremos ser grandes, hay que ponerse los pantalones largos y… ¡los hijos de puta prebendarios tienen que quebrar!”.
El problema es que, detrás de una empresa que cierra, no desaparece solamente un número en una estadística. Desaparecen puestos de trabajo, proveedores, familias que dependen de esos ingresos y, muchas veces, años de esfuerzo productivo.
Pero para el Presidente, el cierre de empresas forma parte de una supuesta reasignación natural de recursos.
“Desaparecen empresas, pero aparecen otras”
Milei intentó relativizar el impacto del cierre de empresas al asegurar que los recursos simplemente se reasignan y que eso demostraría que el desempleo no se disparó.
“Es cierto que desaparecen empresas. Pero desaparecen empresas de una sola persona. Y aparecen empresas que contratan de repente 10 personas”, afirmó.
El Presidente también sostuvo que mirar solamente las empresas que cierran sería “muy deshonesto” y señaló que, si realmente cerraran muchas empresas sin que aparecieran nuevas, el desempleo debería estar “volando”.
Según la cifra que mencionó en su discurso, la desocupación se ubicaría en el 7,8%.
El razonamiento presidencial deja afuera una cuestión elemental: no todos los trabajadores que pierden un empleo consiguen inmediatamente otro, y no todas las empresas que desaparecen son reemplazadas por nuevas compañías capaces de absorber a sus trabajadores.
Mientras Milei habla de “reasignación de recursos”, miles de familias viven esa supuesta reasignación como pérdida de ingresos, incertidumbre y dificultad para sostener el consumo.
Y cuando alguien cuestiona ese diagnóstico, aparece el insulto de siempre: “los kukas”, el “pasado”, Cuba y cualquier otro enemigo discursivo que sirva para evitar discutir los problemas concretos.
El ataque a las mujeres
Pero el discurso presidencial no terminó en empresarios y opositores.
Milei volvió a cargar contra las mujeres y vinculó la caída de la natalidad con la legalización del aborto y con el movimiento de los pañuelos verdes.
“Estamos pagando muy caro la locura de los pañuelitos verdes”, afirmó el Presidente, para luego referirse a la interrupción voluntaria del embarazo con una expresión extremadamente ofensiva y responsabilizarla por problemas vinculados con el crecimiento poblacional y el sistema previsional.
Una vez más, una discusión compleja como la baja de la natalidad terminó reducida a una batalla ideológica.
La Argentina enfrenta desde hace años un descenso de los nacimientos y una transformación demográfica que involucra factores económicos, sociales, laborales y culturales. Pero en lugar de discutir políticas para que quienes quieran tener hijos puedan hacerlo sin caer en la pobreza, Milei eligió responsabilizar nuevamente a las mujeres que defendieron el derecho a decidir.
Es difícil no advertir la contradicción: un Gobierno que reduce ingresos, encarece alimentos, vivienda, transporte y servicios y al mismo tiempo pretende explicar la baja de la natalidad culpando a quienes llevan adelante sus propios proyectos de vida.
La defensa de Cerimedo y el mundo de las fake news
Como si el discurso no hubiera sido suficientemente agresivo, Milei también volvió a intervenir indirectamente en la polémica que rodea a Fernando Cerimedo, su exasesor y fundador de La Derecha Diario, actualmente detenido en Bolivia en el marco de una investigación por el ataque sufrido por su expareja.
En lugar de mantener prudencia frente a una investigación judicial en curso, el Presidente retuiteó publicaciones de usuarios que ponen en duda la versión de la mujer y cuestionan la existencia de sicarios.
Uno de los posteos compartidos sostenía, de manera burlona, que las heridas no podían corresponder a un ataque de sicarios. También fueron amplificados mensajes de la diputada Lilia Lemoine y del comunicador libertario Fran Fijap que cuestionaban la denuncia y hablaban de una supuesta “opereta boliviana”.
El punto político no es menor.
Mientras la Justicia boliviana investiga lo ocurrido, desde el núcleo más cercano al Presidente se instala públicamente una narrativa destinada a poner bajo sospecha a la víctima.
Y eso ocurre alrededor de un dirigente que no es un desconocido para Milei: Cerimedo fue parte del entramado comunicacional que acompañó el ascenso del libertario y se convirtió en uno de los principales operadores digitales de la nueva derecha.
Un Presidente cada vez más encerrado
El discurso de Milei vuelve a mostrar un problema que ya no parece circunstancial: cada vez que la realidad económica contradice su relato, el Presidente profundiza la confrontación.
Si cierran empresas, son empresas que debían quebrar.
Si los salarios pierden poder adquisitivo, el problema es de quienes cuestionan el modelo.
Si aumenta el desempleo o la precarización, se discute la estadística.
Si cae la natalidad, la responsabilidad recae sobre las mujeres.
Y si un dirigente cercano queda involucrado en una investigación gravísima, aparecen las redes libertarias intentando desacreditar a la denunciante.
Todo parece reducirse a una misma lógica: el Gobierno nunca tiene la culpa; siempre hay un enemigo al que responsabilizar.
Mientras tanto, el país real sigue esperando respuestas.
Las pymes necesitan producir, los trabajadores necesitan recuperar salarios, los jóvenes necesitan empleo, las familias necesitan llegar a fin de mes y las provincias necesitan recursos para sostener servicios esenciales.
Pero el Presidente parece cada vez más cómodo en el terreno de la pelea permanente.
Y quizá allí esté el dato más preocupante: cuando un Gobierno empieza a celebrar que las empresas quiebren, a naturalizar que los salarios pierdan y a responder con insultos cada vez que alguien cuestiona su modelo, ya no está solamente defendiendo una política económica. Está defendiendo una forma de entender el país.
Un país donde los que pierden tienen que aguantar, los que protestan son enemigos y los que cierran son simplemente parte de la “reasignación”.
El problema para Milei es que la Argentina no es una planilla de Excel ni un laboratorio ideológico: son millones de personas. Y tarde o temprano, incluso el Presidente más sacado tiene que enfrentarse con una verdad que ningún insulto puede tapar: cuando la gente pierde el trabajo, el salario y la esperanza, el relato empieza a quebrarse mucho antes que cualquier empresa.
